Opinión El Mercurio, 27 de julio de 2012

Las instituciones inclusivas

David Gallagher |

Hace unas semanas, escribí sobre "Why Nations Fail" ("Por qué fracasan las naciones"), el libro en que Daron Acemoglu y James A. Robinson elaboran una teoría sobre por qué algunos países son ricos, y otros no. Critiqué la insistencia de los autores en atribuir el éxito de un país a una sola causa, y su uso selectivo de datos históricos para "comprobar" su teoría. Pero eso no significaba que me parezca mala la teoría en sí. Cabe detenerse más en ella.

Acemoglu y Robinson siguen una corriente académica actual, de concebir a las instituciones como claves para el éxito de un país. Pero no les basta que haya instituciones sólidas que les den permanencia a las reglas del juego: lo clave es que éstas sean "inclusivas" y no "extractivas", para que esas reglas sean las adecuadas. Hay países cuyas instituciones los tienen sumidos en la pobreza, porque en vez de promover la competencia, y la creación de riqueza nueva, están diseñadas por las élites para aprovechar la riqueza existente, y extraerles una renta a los demás. En esos países la política es un juego de suma cero, donde los contrincantes juegan al todo o nada, para alcanzar el botín que el poder les brinda. En un ambiente de permanente conflicto, nefasto para la inversión y el emprendimiento, un grupo desplaza a otro, muchas veces con violencia, muchas veces en nombre de la "ciudadanía" o del "pueblo", pero nada cambia, porque sobreviven las instituciones "extractivas" de siempre. En cambio, en un país "inclusivo", las instituciones están hechas para que todos puedan competir en la creación de riqueza. No hay instituciones "extractivas" diseñadas para aplastar a competidores. Las élites, por temerosas que sean de la "creación destructiva" que aportan los emprendedores nuevos, no tienen el poder para frenarlos. El que haya adquirido alguna ascendencia tiene que competir día a día para no perderla, y la competencia que se da es profunda, porque florecen todos los talentos disponibles en la población. Hay en el país una verdadera igualdad de oportunidades, que tiene la doble virtud de reducir los conflictos sociales, y de conseguir que se multipliquen los emprendedores e innovadores con capacidad para llegar al mercado. Para Acemoglu y Robinson, el emprendimiento y la innovación, y por tanto la verdadera creación de riqueza, sólo se dan en países inclusivos.

Ellos por cierto ven a toda América Latina como una zona de instituciones extractivas, con las que las élites aplastan a los demás. Robinson ya había analizado en el pasado el poco cambio que ha habido incluso en países donde se ha dado una "revolución", debido a que los "revolucionarios", sean zapatistas o castristas o chavistas, simplemente se apoderaron de las instituciones extractivas. Los autores, en general, son despectivos respecto de América Latina, si bien ven algunas luces de esperanza en Brasil y en Chile, en unas escuetas menciones que hacen de esos dos países.

Si se detuvieran más en Chile, aprobarían su economía de mercado, porque la competencia es una condición sine qua non de la inclusión. Pero criticarían nuestra excesiva desigualdad y nuestro poco inclusivo sistema educacional, que hacen que la competencia se dé en una cancha desnivelada. Son demasiado pocos los talentos que logran florecer en Chile, y las élites por tanto han enfrentado poca competencia, fuera de la que ha venido de los inmigrantes. Me imagino que Acemoglu y Robinson se detendrían también en la escasa competitividad de nuestro sistema político: si hay institución "extractiva", o exclusiva, es el sistema binominal, cuyo grado de excentricidad uno llega a entender a cabalidad sólo cuando uno trata de explicarlo a un extranjero.

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