Opinión El Mercurio, 30/7/2010

Los huérfanos del presente

David Gallagher |

A veces no nos damos cuenta, pero en todos nuestros quehaceres, recurrimos a la sabiduría de nuestros antepasados: al vasto conocimiento que ellos fueron acumulando, tras secuencias infinitas de prueba y error, a través de los siglos. De ellos nos vienen las leyes y las costumbres que nos permiten convivir en paz y en orden. De ellos el lenguaje, gracias al cual nos comunicamos. De ellos la cultura.

Desde luego, ideamos normas nuevas, y desechamos otras. Agregamos expresiones a nuestro vocabulario, y otras entran en desuso. Y a nuestro inventario cultural, llegan obras inéditas: nuevos poemas, nuevos bailes, nuevas canciones. Pero siempre a partir de lo heredado. ¿Imagínense lo que sería vivir en una sociedad en que algún dictador voluntarista nos obligara a abandonar nuestras leyes, nuestras costumbres, y nuestro lenguaje, para partir de cero? El caos que sobrevendría solo se podría evitar bajo un régimen de inimaginable terror, en el que solo la voluntad del dictador tuviera cabida.

El fecundo legado de nuestros antepasados incluye la arquitectura. Por eso las sociedades se protegen de la codicia del constructor: con ordenanzas, con planes reguladores, y a veces con acción ciudadana. Es que nuestros edificios heredados, sobre todo los de valor patrimonial, tienen una poderosa carga emocional. Nos permiten sentirnos acompañados por el pasado, sentirnos parte del largo y rico engranaje histórico.

No es casual que tantos países cuyo patrimonio fue destruido en guerras lo hayan reconstruido tal cual. Hasta países comunistas, que podrían haber querido superar el pasado para que floreciera sin contrapeso el Hombre Nuevo. Después de vencer a los nazis, los soviéticos, bajo Stalin, restauraron piedra por piedra cada uno de los palacios de los tsares que rodeaban la ciudad de Leningrado. Emprendieron esa heroica labor por las mismas razones que llevaron a los nazis a destruirlos: en las construcciones patrimoniales de un país está su identidad, y cuando desaparecen, lo que queda es hueco y frágil, vulnerable a que cualquiera le ponga su impronta. Eso lo entendió con humildad Stalin.

¿Qué pasa cuando el patrimonio se derrumba, no en una guerra, sino en un terremoto, como en Chile? Es cierto que no tenemos ese imperativo profundo de mostrarle a un enemigo que no se la pudo con nuestra identidad. Pero ¿acaso no queremos mostrarle lo mismo a la naturaleza? Dejar que la naturaleza la borre es peor, porque los enemigos son ocasionales y la naturaleza inamovible: nuestra identidad está, por lo demás, en la forma en que la hemos podido moldear.

No es que haya que reconstruir todo igual, como Stalin. Hay otros modelos. Hay esos collages que combinan lo nuevo con lo antiguo, como el Reichstag de Norman Foster en Berlín. Hay exteriores antiguos que albergan interiores modernísimos: se ven en cualquier pueblito de la Normandía. Pero ¡qué importante la humildad ante lo antiguo! ¡Qué importante quererlo y cuidarlo, sobre todo en nuestros pueblos chicos! Como decía hace poco Jorge Swinburn, si en un pueblo terremoteado “se hacen reinterpretaciones o nuevas formas…, van a quedar esas obras como lunares enquistados”. Lo que corresponde en esos casos, dice él, es que entre los arquitectos haya “una gran humildad para hacer arquitectura anónima”.

Debido a que hemos tenido tantos terremotos en Chile, nuestro patrimonio arquitectónico es escasísimo. Justo por eso cabe hacer un esfuerzo gigantesco para restaurarlo, esta vez, claro, en forma antisísmica. Si no lo hacemos, quedaremos como los desraizados, los precarios huérfanos del presente.

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