Opinión El Mercurio, 24 de febrero de 2012

Pasando febrero

David Gallagher |

En Chile en febrero, como en Europa en agosto, nos detenemos, con el pretexto de que hace mucho calor para trabajar. Partimos de vacaciones, para descansar, para tratarnos bien, para olvidarnos de los deberes. Pero no los olvidamos del todo. Querámoslo o no, nos pillamos sopesando el año recién transcurrido, y tratando de imaginarnos el que viene, el que comienza en ese mes de marzo que se aproxima a toda velocidad. El año pasado lo vemos claro, pero el que viene es un enigma. Como en la frase de Kierkegaard, "la vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia delante".

Mejor que sea un enigma el futuro, a veces. Lo pensaba durante unas vacaciones en las Baleares este agosto. Con aparente inconsciencia, la gente se aferraba a las rutinas veraniegas. Nadaba, se echaba al sol, surfeaba. Era como si se empeñara en convencerse de que septiembre no les iba a deparar nada malo. Pero ese agosto, España avanzaba inexorablemente hacia una crisis cada vez más profunda, una en que casi la mitad de los jóvenes ya no iba a saber de qué vivir. ¿Cuántos de esos jóvenes, de apariencia feliz, ya habían perdido su trabajo? Me lo preguntaba en un chiringuito en la playa de Fomentera, donde al ritmo de la mezcla " house " del DJ local, centenares de jóvenes bebían y bailaban en la arena, con el pretexto de hacerle un homenaje al atardecer, o al " sunset " como se dice ahora. Me lo preguntaba, y el sol poniente en toda su belleza daba como un golpe de dolor, porque parecía advertir que los atardeceres de verano que quedaban eran pocos, y porque duele la belleza de una vacación si va a desembocar en algo malo. Como en ese agosto europeo de 1939, en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, pensé. O como en esa novela de Nevil Shute, de 1957, en que en las playas de Australia, esperan las nubes radioactivas que han de llegar del hemisferio norte, tras un devastador holocausto nuclear. ¿Qué será peor, intuir algo de la tragedia que viene, como puede haber ocurrido con los jóvenes en Fomentera, o con los europeos en 1939? ¿Saber que viene, como en la novela de Shute? ¿O no tener idea, como en Asia en 2004, cuando un repentino tsunami mató a más de 200 mil personas, nada menos que el día después de Navidad? ¿No tener idea, como en ese aciago febrero nuestro, ese terrible 27-F de hace dos años? Creo que prefiero no saber, lo que no significa no estar preparado para lo peor, munido, por si acaso, de una bien organizada Onemi interior.

En Chile felizmente parece que esta vez nos espera un año razonable. Es lo que creemos este febrero al acercarnos al fin del mes. Los chinos seguirán trabajando para nosotros, consumiendo ávidamente nuestro cobre, manteniendo alto su precio, y produciendo la ropa y los artefactos baratos que compramos en las tiendas. Es lo que creemos, y no tiene por qué no ser así. En política las cosas son más inciertas. Febrero es un mes amorfo, uno en que las estructuras políticas se disuelven, por lo que es difícil imaginarse cómo viene el año en ese aspecto. Pero si el año nos va a tocar malo, por lo menos tenemos la suerte de no saberlo todavía.

Por cierto, en el agosto europeo y en el febrero chileno no todo es vacaciones. Yo escribo estas líneas en Chépica, donde la Sarita, mi mujer, cosecha sus peras: una agricultora más que en esta época se juega el año, sin ni siquiera saber a qué dólar o a qué precio le van a comprar sus productos. Eso lo decidirán las manos invisibles del Norte, cuando la fruta desembarque en sus puertos. Conmueve la energía con que trabajan en el campo a pesar de esa incertidumbre. La energía y la delicadeza, porque cada pera es bajada del árbol, y acomodada en el capacho, con cariño, para evitarle heridas que la perjudiquen en su viaje.

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