Opinión El Mercurio, 31 de marzo de 2017

Presidencia y patrimonio

David Gallagher |

Más que empresario, Piñera es un inversionista que ha juntado una valiosa cartera de activos. No controla empresas importantes. A diferencia de Donald Trump

Sebastián Piñera ha aclarado que va a ceder la administración de sus activos a terceros si llega a La Moneda. Es recomendable que explique pronto cómo lo va a hacer. El objetivo sería el de dejar inermes a sus críticos. No es que no lo vayan a seguir denostando en relación al tema. Pero una vez que esté él bien blindado, los votantes se darán cuenta de la mala fe de quienes lo acusan.

Nadie que siguió de cerca la presidencia de Piñera duda de la incansable dedicación con que abordó sus tareas, sin atisbo alguno de conflicto de interés. El problema es más bien el de la mujer del César. Para estar blindado contra las críticas, Piñera tiene que demostrar que no hay posibilidad alguna de que en el cuatrienio, se ocupe de sus inversiones. Las medidas extremas que debe tomar son el resultado de la enconada mala fe de adversarios que se aprovechan del hecho de que una mayoría de chilenos no entiende de negocios. Así como pocos saben cómo exactamente hace un cirujano para ejecutar una operación de corazón abierto, una mayoría de chilenos no entiende qué es hacer una OPA, estar corto, sacar un hedge o comprar una opción, y hay políticos y periodistas que, por ignorancia propia o -más probable- porque se hacen los ignorantes, azuzan a la gente a creer que cualquiera de estas prácticas es maligna. Haga lo que haga Piñera, estos políticos y periodistas van a seguir encontrando hechos supuestamente escandalosos en sus negocios pasados. Pero si él se ha protegido adecuadamente, las acusaciones terminarán desacreditando a sus autores, como ha ocurrido esta semana cuando ministros han tratado, vergonzosamente, de tildar a Piñera de pinochetista. Con el tiempo, Piñera será visto como víctima del pánico de la Nueva Mayoría de perder el poder. E irá adquiriendo la autoridad moral para convertir su experiencia empresarial en la tremenda virtud que es.

Vale la pena detenerse en esa experiencia. Más que empresario, Piñera es un inversionista que ha juntado una valiosa cartera de activos. No controla empresas importantes. A diferencia de Donald Trump, no es dueño de torres emblemáticas, clubes, canchas de golf, y no ha creado una marca comercial, que en el caso de Trump, es nada menos que su propio nombre, de manera que la misma presidencia es fuente permanente de publicidad para sus empresas. Nada de esto ocurre con Piñera. En 2009 era distinto. Él tenía control, o mucha influencia, en LAN, Chilevisión, la Clínica Las Condes y Blanco y Negro. Pero esas posiciones las vendió hace tiempo. En su cartera actual, cada inversión es, por lo visto, una parte pequeña del total. Por eso, que Piñera sea más inversionista que empresario disminuye mucho el riesgo de conflictos de interés.

Su condición de inversionista diversificado es relevante por otra razón: es muy difícil ganar dinero así. Por algo una buena parte de los fondos de inversión que hay en el mundo ofrecen rentabilidades modestas. Por algo los que prometen ganancias suculentas son muy riesgosos, cuando no sospechosos. Ganar dinero como inversionista requiere capacidades muy difíciles de reunir. Ser inmensamente estudioso. Atar cabos que a primera vista tienen poca relación. Contar con una gran capacidad analítica y una mente capaz de barajar muchos escenarios alternativos a la vez. Atreverse a tomar decisiones difíciles. Todas estas capacidades le vienen bien a un presidente de un país.

Felizmente en el caso de Piñera, no nos tenemos que guiar solamente por ellas. Están los casi 30 años que le conocemos como político. Está su exitoso cuatrienio como presidente. Está su profunda vocación de servicio público: ¿qué otro político tiene costos de oportunidad tan altos?

Están, sobre todo, sus ideas.

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