Opinión El Mercurio , viernes 3 de febrero de 2006.

Religión y política

David Gallagher |

En mi última columna hice un homenaje a la campaña de Sebastián Piñera. Sin embargo, objeté su énfasis en el humanismo cristiano, por pensar que Dios no debería ser factor de división política en una sociedad sana.

Piñera no explicó qué entendía por humanismo cristiano, por lo cual invocarlo no era funcional a una descripción de un futuro gobierno. Por tanto, al repetir la frase, parecía querer decir simplemente que él era cristiano, a diferencia de su adversaria, y que eso mismo lo hacía merecedor de votos. Es con esa postura que yo discrepé.

Los cristianos y no cristianos están, creo yo, repartidos entre la Concertación y la Alianza en las mismas proporciones que en la población en general, por lo cual levantar el cristianismo como eje de campaña me parece ineficaz: puede agregar votos, pero también restarlos, y el saldo es dudoso. Más aún, no corresponde invocar a Dios como factor de división política.

El cristianismo nos enseña a no hacer alarde de nuestra fe, no descalificar a quienes no la comparten, y no invocar a Dios para obtener ventajas sobre los demás, como si Dios fuera un instrumento de poder terrenal. Como dice la revista “Mensaje” en su editorial sobre la campaña, “usar la fe con fines electorales es recurrir indebidamente a Dios, usar de alguna manera su ‘santo nombre en vano’.”

El cristiano que en política busca convencer a sus conciudadanos a que adopten sus valores tiene que demostrar que éstos valen por sus propios méritos, y no sólo porque son cristianos. De otra forma no podría nunca convencer al agnóstico o al judío sin antes convertirlo al cristianismo. El que trata de imponer valores por el mero hecho de ser cristiano arriesga no sólo fracasar en su objetivo, sino además provocar una innecesaria resistencia al mismo cristianismo: aquella porfiada resistencia que desata cualquier intento de imponerle una religión a quien no la profesa.

Para entender por qué la invocación de una religión en política puede producir rechazo, necesitamos ponernos en la posición del otro: ¿votaríamos por un candidato que pregona el “humanismo musulmán”? Es que una cosa es aceptar valores en sus méritos, otra aceptar todo el aparataje de una religión, con sus liturgias, sus jerarquías, sus sacramentos. Por algo han sido catastróficas tantas experiencias recientes de invocar a Dios como factor de división política: pienso en Irlanda, en el Líbano, en los Balcanes, en Jomeini, en Bin Laden. Fue en un contexto de guerras y de represiones religiosas igualmente trágicas que John Locke escribió, en 1686, su “Carta sobre la tolerancia”, para convencernos de que conviene que en materias religiosas, el Estado sea neutro.

Lo anterior no significa que las religiones no tengan mucho que aportar a la política. En las sociedades libres es especialmente importante que los ciudadanos sean morales, porque al serlo ejercen mejor las responsabilidades que les depara la libertad. Por su lado, el gobernante gobierna mejor cuando conoce sus limitaciones, cuando sabe que él no es Dios. Desgraciadamente hay demasiados gobernantes que se creen omnipotentes justo por creerse agentes de Dios.

Los jóvenes hoy día exigen que los políticos sean morales. Muchos de ellos no se satisfacen con el mundo material y buscan la trascendencia. Frente a ellos, la izquierda ha tenido más éxito que la derecha, porque es más identificada con la democracia, los derechos humanos y la solidaridad. Para competir con ella, la derecha tiene que mostrar que ella también tiene una profunda visión moral, y que ésta vale por sí misma.