Opinión El Mercurio , viernes 15 de agosto de 2008.

Un exiliado del Maule

David Gallagher |

Me he dado un enorme gusto: he leído "El jugador de rugby", la última novela de Óscar Bustamante.

Como yo, aunque por menos tiempo, Bustamante estuvo de interno en un colegio benedictino inglés, situado, como el mío, en pleno campo. La novela relata la experiencia de Antonio, un chileno de 16 años, en Glee Hill, un colegio cuyo propósito, según su director, es el de "preparar individuos que lleven la espada de Cristo donde vayan". Con menos o más optimismo, el director del mío decía que su propósito era el de prepararnos para la muerte.

"El jugador de rugby" relata también la infancia de Antonio en una casona de la calle República y un fundo en el Maule, enfocándose sobre todo en el año en que cumplió 14. La novela describe entonces la difícil aventura de transitar de los 14 a los 16, y en el camino perder la inocencia. Perderla es descubrir que los padres no se merecen el pedestal en que los teníamos. Es descubrir que el orden social en que nos criamos es hipócrita, como cuando le explican a Antonio por qué echan a una empleada que quedó embarazada: "Tu abuela no quiere tener frente a sus ojos, día a día, la evidencia de un acto que nos deja a todos al descubierto. No quiere sufrir". Perder la inocencia es descubrir que, para los niños de un país lejano, ser chileno puede parecer raro y risible. Y es descubrir el acoso sexual. Father Levin, el entrenador del equipo de rugby, asedia a Antonio con agarrones perturbadores, incluso en la confesión. Felizmente para el joven rugbista, hay una niña que va a misa en la abadía los domingos, y él se enamora de ella, si bien no sabe si sus miradas son para él o para Harrison, su rival. "Es que sus ojos bailaron y la sonrisa se esparció por el prado, como si la hubiese lanzado al aire igual que una pelota en el 'line out', para el que fuese capaz de atraparla".

Antonio no logra entender a los ingleses. Sus amigos son afuerinos como él. Uno porque es gordo, otro porque es pedante, otro porque es polaco. Pero son buenos amigos, y Bustamante los convierte en personajes memorables. Vinski, el polaco, le recomienda a Antonio leer a Conrad, para entender los demonios que afloran con la pérdida de la inocencia. En cambio, Harrison, un inglés con una misteriosa ascendencia sobre los demás, se cierne sobre Antonio como una permanente amenaza: mucho del suspenso de la novela se debe a que Antonio nos hace sentir que le va a hacer algo terrible. Pero al final, él se da cuenta de que Harrison es un individuo, como él. Un aspecto de la pérdida de la inocencia, el más positivo, es, claro, descubrir que el mundo no es tan reducible a estereotipos. Antonio entiende, además, que si se hubiera tomado menos en serio, lo habría pasado mejor. En fin, otra lección, humillante, del adolescente, es que cabe aprender de la experiencia.

Esta gran novela chilena evoca con maestría un Londres todavía melancólico, de hacia 1954, en que siguen baldíos los sitios bombardeados en la guerra. Antonio se imagina las familias que los habitaban y piensa en la aciaga precisión que tiene el azar. Al terminar la novela, pensé en lo difícil que es escribir en Chile. Cuando sale una novela en Londres, hay unas 30 reseñas serias, escritas por críticos inteligentes, que responden a la obra como individuos, por lo que el conjunto de críticas es muy heterogéneo. En Chile, una obra como ésta, tan buena como muchas de las mejores novelas inglesas actuales, cae en las garras de un puñado de novelistas frustrados, empeñados, o en lucirse con escuálidas ironías, o en simplemente evitar, con terca hostilidad, que algún chileno se luzca.

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