Opinión El Mercurio, 15/1/2010

Un país diverso

David Gallagher |

En las sociedades que se desarrollan y modernizan, se dan dos grandes procesos.

Primero, los ciudadanos se van individualizando. Empiezan a pensar por su propia cuenta, dejando de depender tanto de las consignas de una secta o tribu. Se les abre la mente, y se abocan a analizar los hechos más en sus méritos que en función de prejuicios.

No es que estos nuevos ciudadanos individualizados sean egoístas, misántropos, solipsistas. Son tan solidarios o gregarios como los de antes, pero les gusta ser ellos mismos quienes escogen los grupos con que han de asociarse.

Esos grupos son incontables. No sólo ya la iglesia o el partido o el sindicato, sino la asociación que se dedica al motocross, o a la protección del bosque, o a la cueca brava, o a los niños con SIDA, o al cultivo de rosas. Lo probable es que este nuevo ciudadano pertenezca a varias asociaciones de este tipo, pero se siente con el derecho de no pertenecer a ninguna. En general, no se le puede presionar muy fácilmente. Le gusta ser él quien toma sus decisiones, y si se asesora, es con sus cercanos: con su familia, sus amigos, sus colegas.

El corolario de este proceso de individualización es aquel en que se van superando las divisiones más acendradas que había en la sociedad. En un país de individuos, de familias, de grupos de amigos y de asociaciones heterogéneas y libres, es inconcebible que la mitad de la gente se afilie para demonizar a la otra mitad. Si hay batallas entre supuestos buenos y malos, son entre élites que aspiran a posiciones de mando, o son muy locales, en torno a intereses precisos. Porque para una mayoría de ciudadanos, no es verosímil una guerra nacional contra lo que, en la práctica, es una compleja dispersión de personas y grupos, cada uno pensando el mundo a su pinta.

Muchos intelectuales despotrican contra esto que llaman “atomización”, porque ellos tienden a ser paternalistas. Si saben tanto, ¿no es que están llamados a pautear a la gente, a enseñarle cómo vivir? ¡Qué rabia una sociedad que se ha vuelto resistente a la manipulación, en que ya no es fácil librar una lucha de clases, o construir utopías colectivas! Felizmente hay intelectuales más humildes que piensan que la sociedad más deseable no es la que impone metas colectivas, sino aquella en que cada individuo o grupo tiene la libertad y la oportunidad para perseguir sus metas propias.

Si hay un país que se ha modernizado en este sentido es Chile. La gente se ha vuelto más libre, más crítica y contestataria, menos maleable, más celosa de sus espacios privados, más metida en sus propios proyectos, más consciente de sus derechos y más orgullosa del aporte que es capaz de hacerle a la sociedad, porque si bien necesita a veces recibir, también se siente con capacidad de dar.

Éste es el país que ha surgido al alero de la Concertación, y del cual la Concertación merece sentirse muy orgullosa. Sin embargo —cosa fantástica—, muchos de sus líderes no lo entienden. No entienden que los chilenos decidan las cosas cada vez más en sus méritos, y que reaccionen con escepticismo, para no decir estupor, cuando les postulan un país dividido entre buenos y malos, cuando les hablan con tanto odio de “ellos”, y cuando insinúan —y eso sí que da susto— que sólo algunos tienen la autoridad moral para gobernarnos, como si para éstos el poder fuera un derecho natural.

Si gana Piñera este domingo, será porque pudo forjar una coalición de mirada amplia que, a pesar de que también alberga a talibanes, interpreta mejor a este país de ciudadanos autónomos y diversos en que nos hemos convertido; a este país que quiere cambio porque cambió.

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