Opinión El Mercurio, 29 de noviembre de 2013

Una semana en Madrid

David Gallagher |

He tenido la suerte de pasar una semana en Madrid. Suerte por muchas razones. Porque he podido descansar del populismo electoral. Porque Madrid es la capital más agradable del mundo, y su gente, culta, cálida y generosa. Porque en esta época la luz de Madrid es nítida, y la acompaña un frío asoleado que te llena de energía. Porque pude ir al campo, a aquellos campos de Castilla que son tan accesibles desde esta ciudad de dimensiones tan humanas. Campos amplios, de horizontes lejanos, marcados por la sierra de Guadarrama, que en noviembre ya acumula nieve. Campos secos, austeros, poco poblados, en que se yergue la encina, cuyas bellotas alimentan los cerdos que comemos en forma de jamón ibérico.

Es la misma encina que celebraba Antonio Machado en su poesía, la misma literalmente, porque puede llegar a tener cientos de años. Un árbol que conmueve, porque pese al frío preserva porfiado sus hojas en el invierno. Un árbol humilde, según Machado. “Brotas derecha o torcida,/ con esa humildad que cede/ solo a la ley de la vida,/ que es vivir como se puede”, le dice admirado, y después: “Y tú, encinar madrileño,/ bajo Guadarrama frío,/ tan hermoso, tan sombrío,/ con tu adustez castellana corrigiendo/ la vanidad y el atuendo”.

Es cierto que en los últimos años las adustas encinas no se la pudieron con la vanidad y el atuendo que invadieron a la otrora austera Castilla. Hubo una fiesta de exceso de gasto del Estado y de los privados, y los españoles, como si salieran de una larga borrachera, han tenido después años muy duros, años de privación y sacrificio. Pero están mejor de lo que yo pensaba, a pesar del enorme desempleo. En parte, porque un cuarto de la economía es informal: hay mucha actividad que no se registra. Pero también porque las medidas de austeridad empiezan a dar sus frutos. Vienen llegando inversionistas, muchos de ellos latinoamericanos, en busca de gangas; y el PIB vuelve a crecer.

Los españoles se merecen este cambio para mejor. Es su premio por los severos recortes que impuso un gobierno de derecha que no temió ser impopular, y que condujeron a que España se vea tanto mejor ahora que Francia, donde un gobierno socialista no se ha atrevido a decirle a la gente la verdad, prefiriendo seducirla con la retórica de los derechos, con la consecuencia de que Francia está a la deriva.

En fin, España se recupera, y en Madrid, la semana pasada, la recuperación no solo vestía colores de otoño; lucía tintes peruanos. En el teatro Matadero, se inauguraba una versión de “Kathie y el hipopótamo”, de Mario Vargas Llosa, con una brillante actuación de Ana Belén, que para expresar la nostalgia que siente Kathie por París desde su casa en San Isidro, prorrumpía de vez en cuando en canciones de Edith Piaf. Dos días después, en el Auditorio Nacional, el tenor peruano Juan Diego Flores daba un memorable recital en homenaje a Vargas Llosa.

El recital era parte de un ciclo de conciertos de Juventudes Musicales. Es una admirable institución madrileña que ya no recibe ayuda estatal, debido a la crisis. Tampoco le es fácil conseguir aportes privados. Pero sus notables conciertos siguen floreciendo año tras año gracias a la irresistible combinación de simpatía y tesón que despliega su organizadora. Se llama María Isabel Falabella, y es nacida en Chile.

Se equivocan aquellos que piensan que España —o Europa— están en una decadencia terminal. ¡Han estado mucho peor muchas veces, y siempre vuelven! Pero nunca les ha venido mal contar de vez en cuando con un soplo inspirador del Nuevo Mundo, sea de inversionistas, de emprendedoras culturales, o de creadores y artistas. Es lo que pensaba mientras oía a Flores pasearse como si nada por los vertiginosos sobreagudos de Donizetti.

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