Opinión La Segunda Jueves 24 de noviembre de 2022

Deriva educativa

Aldo Mascareño |

Cada momento actual de inacción con desertores, inasistentes, con quienes regresan a medias y con quienes vuelven a un entorno escolar deprimido, incrementa la desigualdad, la desconfianza y la fragmentación social futura.

Son pocas las ocasiones en que los actores de un sistema observan claramente y al unísono señales de alarma temprana de un colapso futuro. Para esto se requiere de una capacidad reflexiva mayor. Es preciso elevarse sobre la coyuntura y proyectar un presente futuro que resulta de las evidencias de la acción o inacción en el presente.

Esto es lo que ha acontecido con la educación en las últimas semanas. Una avalancha de intervenciones en la esfera pública, incluidos los estudiantes, ha coincidido en que es precisa una intervención profunda en el sistema educativo, con recursos, robustez y sin distracciones, para reducir la diferencia entre el futuro crítico y un futuro aceptable, principalmente para las y los niños directamente afectados por excesivos cierres de escuelas.

La pregunta es cómo la acción ministerial y el gobierno se ajustarán a esta tarea en extremo compleja. Pues no solo hay que recuperar el tiempo en que la escuela estuvo cerrada; también es necesario reconstruir la experiencia de la interacción escolar, que es tan formativa como el aprendizaje en el aula.
Medidas como la extensión de jornadas o la ampliación del año escolar (como otros países ya lo hacen) son vitales, pero también lo es un ajuste de enfoques pedagógicos que se haga cargo del vacío de sociabilidad que dejó la pandemia, entre otros.

Para los estudiantes la escuela es una experiencia única de aprendizaje de conocimientos y métodos. Y es única porque en ella tiene lugar por primera vez la relación regular con desconocidos y con una institución de reglas universales que promueve su igualdad como personas y su diferencia en base a rendimientos. Los estudiantes aprenden a ser iguales en la diferencia, a ser distintos de lo que son y de lo que serían por sí mismos. Cuando se alejan de la escuela renuncian al derecho a su propio futuro: pierden capacidad cognitiva para discriminar entre verdad y falsedad, capacidad emocional para distinguir entre disentir y cancelar al otro, y capacidad práctica para encauzar la decepción por vías no violentas. 

Cada momento actual de inacción con desertores, inasistentes, con quienes regresan a medias y con quienes vuelven a un entorno escolar deprimido, incrementa la desigualdad, la desconfianza y la fragmentación social futura. El sistema queda entregado a sí mismo, en una deriva educativa de la que no podrá salir por sí solo, porque ya aprendió a subsistir solo manteniendo su propia precariedad.

Los responsables deben interrumpir esa deriva alterando sus planes cuando toda la evidencia anuncia un colapso futuro. Ante una bifurcación tan clara, las señales de alerta temprana no se pueden ignorar. Menos en un gobierno que ha puesto en la niñez uno de sus focos principales y en el Estado social de derecho su horizonte de acción.

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