Opinión El Mercurio, 20/11/2011

Desigualdad de oportunidades y de ingreso

Vittorio Corbo |

En los últimos treinta años, Chile ha aumentado considerablemente su nivel de ingreso per capita y mejorado la calidad de vida de su población. Como resultado, Chile es el país de la región que más ha progresado en mejorar los indicadores sociales y hoy tiene indicadores de este tipo que sobresalen a nivel regional y mundial. Entre éstos destacan los indicadores de mortalidad infantil, acceso a agua potable y electricidad, tratamiento de aguas servidas y esperanza de vida al nacer. En este último indicador, Chile actualmente se encuentra al mismo nivel que el de EE.UU., país cuyo ingreso per cápita es más de cuatro veces el de Chile.

En paralelo, el porcentaje de la población que vive bajo la línea de pobreza se redujo sustancialmente durante este período llegando a sólo un 13% en el año 2009. Estos avances se han logrado con políticas económicas que han seguido ciertos principios centrales: estabilidad macro, apertura externa, mercados competitivos, un sistema financiero bien regulado y supervisado y focalización del gasto público en los grupos más vulnerables.

Sin embargo, hay un área donde Chile tiene una importante tarea pendiente y ésta es la baja calidad de la educación que reciben los niños provenientes de los cuatro quintiles de menos ingresos de la población. En esta área se han hecho grandes intentos, pero los resultados no han sido los deseados aunque sí se han hecho avances como lo muestra el progreso en los resultados de pruebas de conocimiento. De las razones detrás de esto se ha hablado mucho y no voy a ahondar en ellas. El propósito de esta columna es referirme a sus consecuencias para la distribución de ingreso, el crecimiento y el desarrollo de largo plazo.

La mala calidad de la educación que reciben los quintiles de menos ingresos reduce sus posibilidades de romper el vínculo de hierro existente entre el nivel socioeconómico de sus padres y sus oportunidades para adquirir capital humano y de generar ingresos. En paralelo, con los avances de la globalización y la tecnología de la información y las comunicaciones, la demanda por capital humano de buena calidad supera su oferta lo que provoca un aumento, en forma importante, de la brecha entre el salario de un trabajador calificado y otro que no lo está.

Esto redunda también en que, en contraste con las mejoras sustanciales en los indicadores sociales, el progreso en mejorar la distribución del ingreso haya sido muy reducido. En esto hay que tener cuidado con las cifras. En particular, en un estudio reciente de Bravo y Valderrama, publicado en Estudios de Economía, los autores muestran que usando datos más comparables la distribución del ingreso de Chile es una de las mejores de América Latina, pero igual ésta sigue siendo bastante desigual a nivel mundial, particularmente en comparación a países desarrollados. Reducir la desigualdad puede ser un objetivo en sí mismo, pero también sabemos que una alta desigualdad en la distribución del ingreso limita la acumulación de capital humano de las familias menos favorecidas actuando como una barrera al acceso a educación de calidad para las familias de menores recursos y de esta manera dificulta el progreso en mejorar la distribución del ingreso a lo largo del tiempo. Adicionalmente, en su reciente libro Claudio Sapelli muestra que las generaciones más jóvenes en Chile tienen una mejor distribución de ingreso, y que esto estaría relacionado a un mayor acceso a educación, resaltando el hecho que se han hecho avances y que la educación es la variable clave para seguir mejorando en esta dirección.

De otra parte, estudios recientes han documentado el efecto negativo de una mala distribución del ingreso en el crecimiento y en la duración de episodios de alto crecimiento (Berg, Ostry y Zettelmeyer, 2011, y Berg y Ostry, 2011, éste último en la revista Finanzas y Desarrollo del FMI de Septiembre). Así, una mayor duración de episodios de alto crecimiento estaría asociada tanto a variables tradicionales que afectan el crecimiento -calidad de las políticas e instituciones, grado de apertura externa, estabilidad macro, y otras- como a una mejor distribución del ingreso. Aunque no es claro cuáles son los mecanismos, los autores resaltan que los efectos de una mayor desigualdad en la inestabilidad política y en la capacidad de los gobiernos de mantener buenas políticas y de llevar adelante reformas con costos de corto plazo, pero con efectos positivos en el crecimiento de largo plazo, como un potencial mecanismo.

Sin embargo, y como muy bien lo señalan los autores, hay que ser muy cuidadosos al diseñar políticas para intentar mejorar la distribución del ingreso porque éstas pueden distorsionar los incentivos y afectar en forma negativa al crecimiento. No obstante, como también lo señalan los autores, hay iniciativas que reducen la desigualdad con efectos positivos en el crecimiento como acceso a educación de mejor calidad para los más pobres, políticas activas en el mercado laboral para promover el empleo de los más pobres, y subsidios mejor focalizados.

¿Dónde están las oportunidades para lograr mayores avances en Chile? Numerosos estudios muestran que están en mejorar la calidad de la educación preescolar, prebásica, básica y media, y que aunque también hay problemas a nivel universitario, como lo es su costo y su financiamiento, éstos son bastante menores que los que se derivan de las abismantes diferencias en la calidad de la educación entre los estudiantes que asistieron a escuelas públicas (municipales y privadas subvencionadas) y los que se educaron en colegios particulares. El menor acceso al mercado financiero de parte de los grupos de menores recursos no hace sino aumentar esta barrera, ya que también afecta su capacidad de emprender y de ahorrar como mecanismo de protección.

Lo más probable es que una estrategia en esta dirección requiera de más recursos públicos, pero es necesario contar primero con un proyecto claro y con una capacidad de ejecución acorde antes de inyectar nuevos recursos. Además debemos ser capaces de diagnosticar las debilidades y no arriesgar el progreso en áreas donde hemos avanzado de manera importante en las últimas décadas.

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