Opinión La Tercera Sábado 24 de agosto de 2019

Discurso y violencia institutana

Aldo Mascareño |
Foto: La Tercera

¿Cual es el mejor camino para descomprimir la crisis del Instituto Nacional?

Lo acontecido en el Instituto Nacional es una fragmentación absoluta del poder, incubada por años a raíz de una cada vez más alta discrepancia entre el discurso del “ser un institutano” y la realidad que observan los estudiantes en el colegio mismo y cuando salen de él.

El Instituto siempre ha sido, y espero lo siga siendo, un espacio que invita a tener las más altas expectativas de uno mismo y del propio futuro.

Mueve a entender la igualdad y libertad de cada uno de modo radical, es decir, asumiendo que el mundo puede ajustarse a uno y no al revés. El Instituto llama en los discursos de bienvenida, en encuentros con profesores, en momentos de reunión de la comunidad y en las conversaciones de los propios estudiantes, a doblegar el mundo y no doblegarse ante él. Esta es una gran ventaja cuando hay que enfrentar las adversidades de la vida, pero es una desventaja cuando la fuerza del mundo se impone.

La primera discrepancia entre ese discurso y la realidad que se debe enfrentar es estar por horas sentado en un banco con pintura sobre pintura que no ha sido renovado hace casi 40 años, con ventanas rotas o mal puestas que dejan entrar el frío y salir el calor. Aquellos exalumnos que sobrevivieron aportan a la renovación de las salas. Pero, ¿qué pensarán quienes siguen en la sala de hace 40 años? Piensan que no tuvieron suerte.

En el Instituto actual hay espacios y patios cerrados, porque no hay capacidad para renovarlos. El auditorio es espectacular, pero el discurso de la excelencia institutana no se siente al estar fuera del auditorio.

La segunda discrepancia entre discurso y realidad es la que ven algunos de los estudiantes al salir del colegio y volver a una situación frágil y desgastada en barrios y poblaciones en los que la violencia domina y la precariedad es similar a la del colegio. Esto no puede producir sino frustración, frustración social, aquella que solo se sacia despreciando socialmente, moralizando la propia situación como un acto violento del mundo y atacando al mundo violentamente.

La violencia es la negación del poder. Emerge cuando a quien la ejerce ya no le importa la sanción que podría sufrir, porque quien detentaba el poder ya no encuentra legitimación que oriente la conducta.

La violencia es consecuencia de la fragmentación y deslegitimación del poder, no solo de las autoridades formales institutanas, sino también de sus propios estudiantes con múltiples agrupaciones, de sus apoderados con tres centros de padres, de sostenedores que proponen esconder el problema acabando con el año escolar, de las autoridades políticas que permitieron el predominio de la violencia en una organización pública dentro del estado de derecho.

Nadie lo ha hecho bien en el Instituto. Pero lo primero es acabar con la fragmentación que produce la violencia. Se esperó más de lo prudente. Lo segundo es tarea institutana.

El cambio de autoridad formal contribuye, pero también estudiantes y apoderados deben elegir nuevos centros que logren legitimación general, pues solo de ese modo se puede controlar la explosión de violencia y obtener avances materiales y educativos. Tercero, sin perder el discurso de igualdad y libertad institutana, hay que hacer saber a estudiantes que el mundo actual es más incierto que antes.

Hoy se requiere resiliencia, para que los golpes del mundo sean una motivación para hacerlo mejor en la siguiente oportunidad.

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