Opinión El Mercurio , domingo 10 de octubre de 2004.

¿Dónde está el corazón de los más educados?

Harald Beyer |

La política está evolucionando. Tarde o temprano, el peso electoral de los jóvenes que han recibido educación superior se hará sentir y, considerando los estrechos ambientes actuales, zanjará cualquier discusión.

Uno de los cambios más notables de los últimos años ha ocurrido en la escolaridad de la población. En 1992 alrededor de un 13 por ciento de los mayores de 18 años había cursado al menos un año en la educación superior. El año 2002 esa proporción había crecido a un 23 por ciento. Como es lógico, esta tendencia es especialmente evidente en las generaciones más jóvenes. En el grupo de 25 a 29 años la población con estudios terciarios ha subido en este período desde un 15 a un 33 por ciento.

Estas tendencias tienen importantes efectos y hay algunos indicios de que los políticos pueden ser muy significativos. Por cierto no en lo inmediato, entre otras razones porque una gran proporción de los jóvenes, donde se observa la mayor concentración de personas con educación superior, no se ha inscrito en los registros electorales. Sin embargo, tarde o temprano su peso electoral se hará sentir. Pero, ¿hacia dónde se inclina ese peso? Si bien se distribuye en todos los sectores políticos, la izquierda parece estar más cerca de su corazón. En la última encuesta del CEP, por ejemplo, un 30 por ciento de las personas con educación superior se identifica con la centroizquierda, proporción que supera en diez puntos porcentuales a la que se observa en el resto de la población. En cambio la derecha atrae al 21 por ciento de este grupo de mayor educación, proporción que no difiere de la que se observa en los demás ciudadanos. (Las cifras siguientes provienen de la misma encuesta.)

En los estrechos ambientes electorales actuales, esta inclinación puede ser clave a la hora de decidir las elecciones futuras y, de hecho, las diferencias de opinión de este grupo educacional respecto de otros en temas electorales son notorias. Por ejemplo, los hombres con educación básica o inferior que les gustaría que Lavín fuese el próximo Presidente duplican a los que les gustaría que Bachelet lo fuese. En el caso de las mujeres con este bajo nivel educativo las que les gustaría que Lavín fuese el próximo Presidente triplican a las que se inclinan por Bachelet. En cambio, en el caso de las personas con estudios terciarios son más las que les gustaría que Bachelet fuese Presidente. En el caso de las mujeres estas diferencias llegan a 12 puntos porcentuales.

No deja de ser interesante que en Estados Unidos -país al que, guardando las proporciones, pareciera que nos asemejamos cada vez más- las mujeres de alta escolaridad son, después de las minorías, la principal base de apoyo del Partido Demócrata.

Pero éste es un grupo que, a pesar de sus sensibilidades, poco tiene que ver con la izquierda de antaño. No tienen mayores problemas con la economía de mercado y están básicamente satisfechos con el modelo de desarrollo en el que se encuentra embarcado nuestro país, tanto así que poco más del 70 por ciento cree que el país va por un buen camino. En la población con menor nivel educacional esa proporción no supera el 60 por ciento. Aspiran eso sí, con mayor fuerza que otros grupos, a un país con mayor equidad e igualdad de oportunidades. Pero no parecen estar demandando las tradicionales políticas redistributivas. Valoran el desarrollo económico y no quieren ponerlo en riesgo. En otras palabras, quieren una sociedad más justa, quieren una acción más decidida en esa dirección, pero sólo están abiertos a considerar políticas más sensatas para lograr ese objetivo.

Pero antes de que la Concertación comience a frotarse las manos con la evolución de la escolaridad en el país hay que señalar que éste es un grupo cuya principal preocupación es la delincuencia y ve a Lavín mejor preparado que las alternativas oficialistas para lidiar con este problema. De hecho, en la elección presidencial pasada parece haberse inclinado, aunque marginalmente, por Lavín antes que por Lagos. Sin embargo, todo indica que el alcalde de Santiago ha tenido ahora dificultades para retener un apoyo similar en este grupo. Paradójicamente, si se quiere, los ciudadanos con mayor escolaridad parecen haber sido marcados por la gestión del Presidente Lagos. Se los ve muy cuadrados detrás de ella. Casi un 70 por ciento la aprueba, proporción que sólo llega al 57 y 51 por ciento en el caso de las personas con educación media y básica, respectivamente. Por cierto, en la medida en que la sensibilidad de este grupo esté particularmente influida por la sintonía que ha evidenciado tener con Lagos no es para nada evidente que la Concertación pueda más adelante apoderarse de ella. Hay ahí una oportunidad para que la oposición recupere terreno entre los votantes de mayor escolaridad. Pero para ello es fundamental que muestre una mayor preocupación por la equidad y la igualdad de oportunidades.

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