Opinión El Mercurio, 23 de junio de 2013

El demonio está en los detalles

Sergio Urzúa |

¿Para qué sirven los estudios económicos? Para darse cuenta de que el mejor momento para haber hecho algo fue el año pasado.

Algo de cierto tiene el chiste. Los economistas tratamos de predecir el futuro, mirando el pasado. Tratamos de entender el funcionamiento de los mercados y el comportamiento humano sobre la base de datos históricos y un conjunto de reglas provenientes de la teoría. Tenemos, además, una visión particular de las cosas. Vemos problemas de incentivos y fallas de mercado en lo que para el público general pueden ser detalles sin importancia. Interpretamos como graves errores de diseño a ingredientes que pueden pasar inadvertidos o incluso ser considerados positivos por quienes implementan políticas públicas.

Y aunque Ud. no lo crea, el trabajo del economista es más científico que cuanto parece a primera vista, al menos para quienes se lo toman en serio. Al buscar desenfrenadamente al demonio en los detalles -frecuentemente aparece-, tratamos de mostrar la importancia de las instituciones, las reglas del juego y la naturaleza humana al interpretar la evidencia. Con esto, contrariamente a lo que plantea el chiste, nuestros estudios buscan contribuir a la discusión presente y futura.

Así, solo economistas podrían pensar, por ejemplo, que el acceso de jóvenes de menores recursos al sistema de educación podría generar inercia en la pobreza (antes ellos trabajaban, generaban recursos en el hogar; hoy, a la espera de que su inversión sea rentable, estudian). Ellos tampoco se sorprenderían al observar que, por aumentos en las pensiones no contributivas, como la última reforma previsional, las personas tengan menores incentivos a trabajar, aumentando su inactividad. O que, al ser las universidades responsables del crédito universitario (CAE) de un estudiante que no termine sus estudios superiores, ellas tendrían los incentivos para asegurarse de que el título se otorgue, incluso a costa de menor calidad y, consecuencialmente, menores salarios. Y solo el pragmatismo de un economista podría llevar a preguntarse si los recientes resultados del Simce de 2° básico, que muestran que uno de cada cuatro niños no sabe lo que lee, pueden deberse a que casi no existe repitencia en 1° básico, momento crítico en la vida del estudiante, pues allí se generan las habilidades y capacidades básicas utilizadas en los años futuros.

Pero, lamentablemente, el debate económico actual es ajeno a todos esos detalles que preocupan a la profesión. Se discuten reformas tributaria, educacional, de pensiones y salud, en un ambiente que parece más bien un debate ideológico, en que muchos apuestan a que el enfermo se mejorará luego de una operación a corazón abierto, sin sentarse a pensar que quizás la solución sea una aspirina. Pero, ¿quién puede preocuparse de los detalles en un año electoral? Lo necesario es juntar votos.

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