Opinión El Mercurio, 7 de julio de 2013

El Instituto Nacional en la UTI

Sergio Urzúa |

Recuerdo vivamente cuando en 1988 mis padres se enteraron que había sido aceptado en el Instituto Nacional. El tiempo me ha sabido explicar sus emocionadas reacciones y me ha enseñado que las mismas embargaron a la gran mayoría de los padres de mis amigos institutanos.

Entre los 12 y los 17 pude presenciar cómo funcionaba el emblemático establecimiento por dentro. Con los años he visto con admiración cómo, con esfuerzo, capacidad e inteligencia, niños de origen humilde se transformaron en líderes y referentes, empresarios y académicos, miembros activos de la sociedad con ideas propias, críticos y con un sentido país admirable. No conozco institución en Chile más eficaz en generar movilidad social. Y para qué hablar de inclusión y diversidad, pues en sus salas compartían niños de todas las clases sociales.

¿Era difícil sobrevivir entre 4.300 alumnos? Por supuesto, ¡era terrible! El ambiente en momentos era hostil, duro y frío, no muy distinto de la vida real -he ahí su secreto.

Es por todo ese aprecio que he seguido con tristeza -sentimiento de seguro compartido por miles- el deterioro del establecimiento. Los números son claros: mientras en 2003 el número de postulantes alcanzaba a 3.800, en 2007 eran 3.008 y en el último proceso llegó a 1.929. Probablemente la oferta de nuevos liceos emblemáticos ha acelerado esta dinámica -un signo de pérdida de su competitividad-, pero sin duda las repetidas interrupciones de clases han alterado la percepción de muchas familias respecto del colegio. Tome por ejemplo 2011: el año escolar tuvo solo 71 días de clases, la asistencia alcanzó a 31%, y la tasa total de repitencia llegó a 17,1% (41,5% en 3° medio). En este contexto, los buenos resultados en Simce o PSU se transforman en anécdotas. De no mediar sorpresas, la caída en el número de postulantes continuará y el éxodo desde el colegio se acrecentará. Las familias preocupadas de sus hijos talentosos votarán con los pies, para no arriesgar su futuro. Las menos preocupadas no se darán por enteradas. Un pésimo equilibrio.

¿Responsabilidades? Múltiples. La histórica incapacidad del municipio de hacerse cargo de los desafíos del establecimiento y su reacción a grupos de interés han sido un factor, a lo que debe sumarse la imposibilidad de tender puentes de comunicación entre directivos, docentes y estudiantes.

Pero me quiero centrar en estos últimos. Si en algo ha fracasado el Instituto Nacional en su historia reciente (y los liceos emblemáticos en general), es en inculcar un sentido de sobrevivencia entre sus alumnos. Florecen exigencias, sin asumir responsabilidades. Es increíble que, consciente o inconscientemente, ellos fomenten la destrucción de un establecimiento que ha sido un pilar fundamental de la educación pública en Chile. Me temo que el primer foco de luz de la nación se está apagando, y con él, la educación pública en Chile. Espero equivocarme.

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