Opinión El Mercurio, 27 de octubre de 2013

El porfiado ranking de los rectores

Sergio Urzúa |

El Consejo de Rectores parece que se saldrá con la suya. Ha hecho oídos sordos a los llamados de expertos, de la ministra de Educación, de los rectores de los principales liceos públicos y de los mismos jóvenes: los cambios en la utilización del ranking van sí o sí. Están en todo su derecho, pero la señal es pésima.

Hace más de un año, en estas mismas páginas planteé mis dudas de que el simple uso del ranking pudiese mejorar la equidad en el sistema de admisión universitario, y ellas aún persisten. Algunas fueron confirmadas en el proceso de admisión 2013, donde no fue posible comprobar que el uso del nuevo instrumento generase los efectos esperados. ¿Es el uso del ranking una mala idea? Por supuesto que no, pero como planteé en su momento, las dificultades están en su diseño e implementación, elementos poco importantes en un debate demasiado ideologizado, plagado de intereses subterráneos (¿quién dijo AFI y liceos de excelencia?), y la evidencia desinteresada brilla por su ausencia. Por eso creo que el Consejo de Rectores dejó pasar una gran oportunidad. Pudiendo haber dado una lección de cómo hacer cambios en políticas educacionales, optó por el camino contrario. En vez de utilizar el año 2013 para crear más evidencia y liderar el debate sobre el ranking, esperó hasta pocas semanas antes de la PSU para anunciar nuevos cambios en el proceso de admisión. Así, terminó sumando otro atrincherado debate a la ya polarizada discusión respecto del futuro de la educación.

¿Cómo se habría hecho algo como el ranking en naciones más avanzadas? ¿Hubiese olido a tanta a improvisación? Difícil saberlo, pero considere, por ejemplo, el actual ?debate en torno al horario de inicio ?de clases de los liceos públicos en uno de los distritos educacionales más importantes de EE.UU., Montgomery (Maryland). Allí, la autoridad desarrolló un plan de mediano plazo para analizar sus sospechas de que la temprana hora de inicio de clases (7:25) explicase las pocas horas de sueño de los estudiantes (6,9 versus las 9 recomendadas), lo que podría afectar su rendimiento académico, salud física y mental. Así, se formó una comisión que por nueve meses revisó y buscó nueva evidencia, escuchó a expertos y, con conclusiones en mano, se están haciendo hoy las consultas a padres y alumnos para conocer sus opiniones a cambios que, de producirse, no tendrían efecto antes de 2015. Nada más distinto a the chilean way.

En lo relativo al uso del ranking, el Consejo de Rectores tiene la potestad para hacer y deshacer como le parezca. Pero hay formas y formas de hacer las cosas. ¿No eran ellos los que hace poco se quejaban de no haber sido informados de una “arbitraria” fórmula para asignar fondos basales? Los rectores, pudiendo dar una lección, han optado por seguir improvisando. Ojalá esta vez les funcione.

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