Opinión El Mercurio, 30 de marzo de 2014

El gran torturado

Ernesto Ayala M. |

Quizás es una debilidad del gremio, pero los críticos de cine tendemos a ser agradecidos cuando nos encontramos con una mala película en que se pasa bien. Es comprensible después de todo: solemos ver tantas películas malas, derechamente ramplonas, que insultan nuestra modesta inteligencia con un descaro alevoso, que cuando una tiene cierto respeto por el espectador, da una mínima densidad a los personajes y entrega un producto bien armado, relativamente coherente, se siente algo parecido a la gratitud. Sí, a veces somos felices con poco.

La recién estrenada “Sin escalas” cae en esta categoría. Cuenta la historia de un ex policía (Liam Neeson), que ahora es uno de los cuatro mil comisarios aéreos que, de acuerdo a la cinta, el gobierno de Estados Unidos puso arriba de aviones comerciales después del 11 de septiembre con el fin de prevenir nuevos ataques. Alcohólico, cansado, algo deprimido, con un miedo permanente a volar, Bill Marks va por la vida de mala gana, con hastío y no poca irritación. Sin embargo, el hombre guarda cierta dignidad y, más aún que volar, teme hacer mal su trabajo. De esta forma, cuando en medio de un vuelo de Nueva York a Londres, recibe mensajes de texto con la amenaza de que comenzarán a matar pasajeros, Marks se da cuenta de que, miserable y todo, no puede darse el lujo de fallar. La cinta, dirigida por el catalán Jaume Collet-Serra, tiene el cuidado de no remarcar mucho este punto, pero Liam Neeson se las arregla para trasmitirlo con pequeños gestos, con ciertos énfasis de voz. Neeson, de hecho, se las arregla para echarse la película a los hombros casi por completo, para darle elocuencia y textura a una narración que de otra manera, con un actor más joven o blando, hubiera seguramente sucumbido.

Es extraña la vida. Neeson, que filmó esta cinta a los 61 años, seguramente nunca imaginó que terminaría su carrera manejando grandes pistolas y golpeando tipos de las formas más inimaginables posibles. Por la elección de sus papeles veinte años atrás, uno intuye que le hubiera gustado proyectarse como un actor de carácter, en dramas de gran escala, a lo “Lista de Schindler” (1993), por la que estuvo postulado a un premio de la Academia, o de carácter más íntimo, como en “Maridos y esposas” (1992). Pero la vida, su carrera, diría otra cosa. Después de “La amenaza fantasma” (1999) y especialmente después de “Batman inicia” (2005), Neeson se enfocó en papeles de acción, en películas respetables o a veces muy repudiables, donde sin embargo ha construido una figura, una marca, una impresión cuyos adjetivos no son la simpatía de Bruce Willis, el pesar de Harrison Ford o el estoicismo de Eastwood, sino una especie de combustión interior contenida, una rabia apenas sometida, donde sus personajes suelen buscar una redención frente a sí mismo, frente a los errores de su propio pasado. En ese sentido, “Sin escalas”, como la serie de “Búsqueda implacable” (2008 y 2012) o “Unknown” (2011) son ejemplos perfectos. Casi todo es cine B, pero B de cierta dignidad y estilo, donde Neeson tiene buena parte de la responsabilidad en que las películas resulten más o menos bien.

Este amor o vocación por la acción y el cine más pop quizás no es tan raro, después de todo. Uno de los primeros papeles protagónicos de Neeson estuvo en “Darkman” (1990), de Sam Raimi, una película B por donde se la mire, donde el actor británico era un científico que volvía de la muerte para vengarse de sus asesinos. Era una cinta oscura, sucia, inolvidable, donde Neeson vivía en un perpetuo estado de tortura interior. No muy distinto de ahora.

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