Opinión El Mercurio, 27 de agosto de 2017

La madre Rusia

Ernesto Ayala M. |

"Icarus", un documental recién estrenado en Netflix, es un buen ejemplo. La cinta, dirigida por el debutante Bryan Fogel, es particularmente impresionante...

Icarus
Dirigida por Bryan Fogel
Con Bryan Fogel, Nikita Kamaev, Grigory Rodchenkov.
USA, Netflix, 2017, 121 minutos.

El documental, como lo conocimos, está cambiando, y muy rápidamente. Hasta fines del siglo XX, era típicamente el resultado de largos años de laborioso y silencioso trabajo, destinados a obtener una película muy cuidada, con tanta atención a su contenido como a su forma. Su formato eran los 16 o 35 milímetros y, su pantalla, los festivales de cine independientes o especializados. Un documental rara vez llegaba a las pantallas comerciales, rara vez era un fenómeno cultural y rara vez era conocido más allá del círculo de entendidos. El registro digital en alta calidad, la radical disminución del costo de la memoria y las cámaras, junto con las nuevas formas de distribución, cambiaron esta realidad. Fuera de su nicho político, artístico y existencial, hoy un documental puede ser un fenómeno de masas de una manera inimaginable veinte años atrás. Ahí están los ejemplos de "La marcha de los pingüinos" (2005), "Una verdad inconveniente" (2006) o las películas de Michael Moore. Al mismo tiempo, hoy en Youtube o Netflix es posible acceder a una cantidad de documentales difícil de creer, abrumadora de abordar.

El costo, por supuesto, es la pérdida en el refinamiento de la mirada y la cualidad cinematográfica. El documental hoy se mimetiza cada día más con el reportaje televisivo. Todo califica como documental, pero no todo es cine propiamente tal.

"Icarus", un documental recién estrenado en Netflix, es un buen ejemplo. La cinta, dirigida por el debutante Bryan Fogel, es particularmente impresionante. En 2014, después de ver la caída de Lance Armstrong, Fogel, un dramaturgo y productor audiovisual, competidor amateur de bicicleta, decide documentarse a sí mismo en el ejercicio de doparse con anabólicos para subir su rendimiento y, a la vez, intentar pasar impunemente las pruebas antidoping . Como Fogel mismo cuenta, Armstrong fue sometido a más de 500 de estas pruebas y salió limpio en cada una de ellas. En la búsqueda de asesoría para este "experimento", Fogel da con Grigori Rodchenkov, el director del Centro Antidopaje de Moscú, con quien traba una cálida amistad. Lo impresionante es esto: a medida que es asesorado en su tratamiento, Fogel observa cómo un reportaje de la televisión alemana y luego una investigación independiente encargada por la Agencia Mundial Antidopaje ponen a Rodchenkov en el centro de la noticia. Rusia, concluye la investigación hoy bien conocida, hizo del dopaje de los deportistas de élite una política de Estado, política que en los últimos años llevó adelante el encantador Rodchenkov.

"Icarus", producto de la fortuna, entonces se convierte en una cinta sobre Rodchenkov, un personaje perfecto para un documental: el protagonista de una conspiración a gran escala dispuesto a hablar. Fogel se da cuenta de lo que le cayó en las manos, y la cinta, en consecuencia, es especialmente fina en ir armando el retrato de Rodchenkov. Así, vemos cómo es simpático, abierto, espontáneo, elusivo, despojado de toda culpa o arrepentimiento. Al mismo tiempo, su estilo, sus declaraciones, la sofisticación y la escala de las trampas que realizó nos hablan, más que decenas de reportajes, de la Rusia actual, de una nación que vive sobrepasada por las expectativas que tiene de sí misma y, a la vez, improvisa con una habilidad propia del Tercer Mundo. Que el dopaje es tan corriente en el deporte de alta competición como inútiles son las pruebas que buscan detectarlo es una certeza que uno obtiene de la película, pero más rica y sabrosa es quizás lo que, de forma no completamente calculada, transmite sobre Rusia.

Ahora, Fogel, de cine, entiende poco. Aunque la cinta tiene look , no tiene misterio. El montaje es efectista, ondero, rápido, pero su cámara resulta incapaz de detenerse, de mirar con profundidad, de transmitir las emociones de un momento. La historia de Rodchenkov es una tragedia, pero él la relata como una aventura. Es difícil imaginar que vuelva a tener otro acierto como este.

 

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