Opinión La Segunda Miércoles 20 de mayo de 2020

Evento histórico

Juan Luis Ossa S. |
Foto: William Rojas

En el libro "Logics of History", William H. Sewell Jr. planteó que los “eventos históricos” son algo distinto -y algo más- que una “coyuntura histórica”.

Para que un hecho -como la Toma de la Bastilla- se transforme en un “evento”, sus consecuencias políticas, económicas, sociales y culturales deben ser suficientemente profundas para cambiar la vida hasta allí conocida. En efecto, los “eventos” no son sólo mecanismos de expresión individual o colectivo. Son, también, secuencias de ocurrencias que transforman estructuras (es decir, pueden durar días, tal como aconteció con la Toma de la Bastilla, la que el autor fecha entre el 12 y el 23 de julio de 1789), cuya importancia debe ser, además, aceptada por los actores de la época.

La Revolución Francesa provocó tanto una mudanza de régimen como la construcción de un orden administrativo original. Esto comportó varios tipos y grados de incertidumbre, mezclando de forma desordenada y azarosa lo cierto con lo desconocido. Cuando el 4 de agosto de 1789 se abolió el feudalismo, los revolucionarios decretaron asimismo el fin del antiguo régimen. La política tomó, en consecuencia, un curso indeterminado; con muchos elementos de continuidad, tal como dijera Alexis de Tocqueville, pero abriendo la puerta a que lo allí pactado fuera diferente de cualquier experiencia previa.

¿Hasta qué punto es plausible y aconsejable utilizar la metodología de Sewell para comprender lo que ha sucedido en Chile desde fines de 2019? La tentación es grande: el “estallido social” de octubre remeció la convivencia política de una forma que no habíamos experimentado desde el regreso de la democracia; el país se encuentra en medio de un proceso constituyente que, es altamente probable, rebarajará las relaciones de poder; y es factible que las consecuencias de la pandemia se sientan por un buen tiempo.

Pero de lo anterior no se desprende necesariamente un cambio de época ni la emergencia de un “evento histórico”, según lo entiende Sewell. Para saberlo necesitamos que las cosas amainen y que el tiempo, ese aliado anónimo de las ciencias sociales, permita una reflexión académica de largo aliento. Como ha planteado Aldo Mascareño en un trabajo reciente publicado por el CEP, la literatura futurista suele tener un tinte apocalíptico y moralista, en especial cuando de ella se desprende una indisimulada aspiración normativa sobre cómo debería ser el comportamiento de la ciudadanía.

Así, pues, cabe la posibilidad de que los historiadores del mañana consideren lo ocurrido en los últimos seis meses como un gran y abarcador “evento histórico”. Sin embargo, cabe también la posibilidad de que nuevos momentos de incertidumbre rivalicen y superen lo que estamos viviendo, ya sea en términos políticos, económicos o sanitarios. Más vale, entonces, pecar de precavidos y cautelosos que de pitonisos.

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