Opinión El Mercurio, 20/7/2011

Heterogeneidad en educación superior

Harald Beyer |

En algunos aspectos el debate de educación superior se confunde con el que ocurre en educación escolar. Así, se cuestionan a menudo las diferencias entre universidades o se las evalúa con una vara muy similar. Ello no tiene mucho sentido, porque la educación terciaria es selectiva y, por tanto, segmentada. Un conjunto limitado de instituciones concentra a los estudiantes que, de acuerdo a los instrumentos de selección utilizados, consideramos de mayores habilidades cognitivas. Por ejemplo, en el proceso de admisión 2011 los estudiantes seleccionados por las universidades de Chile y Católica tuvieron un puntaje promedio en la PSU que fue 60 puntos superior al de la universidad inmediatamente siguiente, y entre ésta y la menos selectiva del Consejo de Rectores hay casi 100 puntos adicionales. Esta realidad las hace obviamente instituciones muy distintas. Las más selectivas suelen ser las que tienen más investigación y un número elevado de buenos docentes con altos grados académicos. Obviamente hay un fenómeno de concentración de talentos que genera círculos virtuosos que son muy difíciles de modificar.

Esta realidad se repite en distintas latitudes. En Inglaterra, por ejemplo, 20 de las 170 universidades concentran gran parte de los recursos destinados a investigación (del orden del 70 por ciento) y generan casi un 80 por ciento de la producción científica y aplicada de esa nación. También atraen a los mejores estudiantes. En Estados Unidos menos del 10 por ciento de las instituciones de educación superior son complejas, es decir, tienen niveles de investigación elevados y sistemáticos en el tiempo, y también son las más selectivas en lo que se refiere a estudiantes. Las demás instituciones producen una investigación más bien ocasional, otros bienes públicos de carácter muy específico o docencia. Por la misma razón, suelen recibir a los estudiantes que no tienen las habilidades más altas o que son de menor esfuerzo personal. Este fenómeno se repite en diversas latitudes.

Cualquier institución nueva que quiera acceder al club de las universidades más selectivas requiere de grandes aportes por períodos muy largo. Por eso las universidades que forman parte de él son de larga data, típicamente estatales o sin fines de lucro que recibieron importantes donaciones. Esa ventaja obvia les permite seguir accediendo a nuevos fondos públicos y privados destinados a la generación de investigación y desarrollo. Por cierto, ese mayor acceso no garantiza un buen uso de los mismos. Por eso es tan importante cuidar la forma como se distribuyen recursos públicos a esas instituciones, algo que ha formado muy tangencialmente parte del debate actual. Tampoco significa esto que las universidades menos selectivas y con escasa producción científica no puedan cumplir un papel valioso. Es obvio que también podría optarse, como han hecho algunos países, por limitar la oferta de universidades -aspirando a que todas ellas sean parecidas y de excelencia-, dejando a los estudiantes que no son de altas habilidades la posibilidad de elegir sólo entre instituciones técnicas.

En nuestro país, donde la posibilidad de elegir en educación es altamente valorada, es probable que un modelo con una oferta universitaria más restringida sea cuestionado por la población. El modelo actual tenderá a prevalecer, lo que significa la presencia de universidades de distinta complejidad con estudiantes de características diferentes y, por tanto, segmentado. No tiene sentido, entonces, evaluarlas con una misma vara. Puede haber buenas universidades docentes o con esta vocación como prioridad, pero con nichos de investigación puntuales. Universidades con fines de lucro podrían desempeñarse bien en este segmento como también podrían hacerlo instituciones de naturaleza distinta. Para evaluarlas no tiene sentido utilizar los indicadores de los rankings tradicionales que ponen el peso, como es obvio, en indicadores académicos. Corresponde evaluarlas por factores como deserción, egreso oportuno y proyecciones laborales de sus egresados, entre otros, obviamente tomando en consideración las características de sus estudiantes, que suelen ser de menores habilidades y, atendidas las lamentables inequidades de nuestro sistema escolar, de ingresos más reducidos. Esa evaluación debería retroalimentar el sistema de financiamiento de los estudiantes. En cualquier caso, descalificar a priori a las universidades menos selectivas, estatales, con y sin fines de lucro, sin reconocer la heterogeneidad y la segmentación del mercado universitario, es un ejercicio que, al menos, es descuidado.

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