Opinión El Mercurio Martes 1 de diciembre de 2020

Capitalismo, desarrollo y vallas culturales

Joaquín Fermandois |
Foto: Internet

Se hace ineludible la incorporación, necesariamente inestable, de los propósitos de desarrollo al marco de la vida social.

Mario Góngora sostenía en 1967, acerca del origen de la frustración desarrollista, que en Hispanoamérica “la consagración al trabajo, la innovación y el afán de perfeccionar actividades” existen, pero solo aliados al placer personal. “La transferencia fundamental de la religiosidad interior a la moral económica que realizara la burguesía nórdica, es algo impensable en Castilla y sus colonias”.

Se refería a lo que entonces se llamaba “neocapitalismo”; lo mismo podría ser el neoliberalismo, conceptos que se demonizan, metamorfosis de “capitalismo”, en el fondo una manera de nombrar a la moderna economía de mercado. Hay palabras que son como ideas-fuerza, a las que se apega una condena instintiva, sea lo que sea lo que se quiera decir con ellas. Al capitalismo se le adhirió desde un primer momento esa maldición. Se le suma el que la mayoría de los países no han arribado al estatus de desarrollo y quizá muchos jamás lo logren. ¿Por qué? Una respuesta que hay que atender es la de Góngora, de integrar una apreciación de la economía y su lógica en una relación inestable pero fecunda con otras esferas de la sociedad y la cultura.

El capital está en el origen de la experiencia humana, si lo definimos como aquella producción que no se consume, sino que se guarda, se ahorra. En este sentido, solo muy pocas agrupaciones humanas —si es que alguna— no han sido acumuladoras de capital. Ya hace miles de años se desató el proceso de complejización —como la moneda y el préstamo a interés—, que a veces percibimos como un monstruo y es parte de la construcción civilizatoria.

Lo que aportó la economía moderna —lo que comúnmente llamamos capitalismo— fue no solo un largo proceso de abstracción del dinero —el sistema financiero—, su gradual alianza con la ciencia y, sobre todo, conjugarse con la revolución industrial y los inauditos saltos tecnológicos; una transformación social sin parangón en la historia de la humanidad. Fue también lo que en el curso del siglo XX permitió que se avizorara la posibilidad del fin de la pobreza (cuya definición es siempre relativa), al menos en los países que lograran adoptar el desarrollo económico. Transformó la cultura y la sociedad; y la tierra, que, ahora vemos, corre serio peligro por lo mismo, aunque esta misma síntesis de economía, ciencia y técnica es la única que la puede salvar.

Ese desarrollo se encuentra en dos zonas del mundo, en parte de Europa y algunas reproducciones a lo largo del globo; y en una amplia franja de la cultura confuciana. Ello muestra que las fronteras culturales no constituyen barreras infranqueables, pero bajo ciertas condiciones no fáciles de ser apropiadas. Nuestra América sigue dando la hora. Tras doscientos años permanece como repúblicas incompletas; y le añadimos el que tampoco ninguna de sus economías alcanzó el desarrollo, pero reclamamos airados por sus frutos. Hace 100 años Argentina navegaba con majestad en esa dirección; encalló antes de arribar y de ahí no sale.

¿Qué ha sucedido con Chile? Lo mismo que en tantas partes. Crecieron la indigencia política, entendida en sentido amplio, en un país que tiene una tradición al respecto, y el decaimiento de la educación, tanto institucional como sobre todo de ideales de formación que se vivan como carne propia en la sociedad toda; llevaron a que el shock de modernización —mejoría en todo lo que es mensurable, salvo en las pensiones— produjera este carnaval de autodemolición. Se hace ineludible la incorporación, necesariamente inestable, de los propósitos de desarrollo al marco de la vida social. Desde ahí podremos rearmar al país que se hace añicos en reveladora regresión.

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