Opinión El Mercurio Martes 12 de enero de 2021

El fin de Occidente

Joaquín Fermandois |
Foto: Wiiliam Rojas

Toda la historia de la democracia está marcada por el temor o deseo de su extinción, incluso con un truco verbal, aduciendo que se aspira a una democracia 'verdadera.

El espectáculo en vivo de la toma del Capitolio nos debería remecer a todos, no solo a los que vivimos dentro del círculo cultural del antiguo Occidente. La predicción acerca del fin de este orden ha sido una constante desde que existe, y en los últimos 200 años desde diversas esquinas se ha pronosticado su inevitable declinación. Con la modernidad, Occidente creó una civilización universal —como con acierto la ha denominado V. S. Naipaul—, superpuesta a las otras y muy vital. Va con el pensamiento moderno afirmar que es tanto la culminación de la historia como que es la puerta de entrada a un apocalipsis. Un historiador chileno, Julio Retamal F., ha escrito dos libros sobre este asunto en los últimos 40 años, uno de ellos todavía reeditándose.

¿Es la modernidad una carga para el resto de los pueblos? No parece. Las ideas occidentales y las antioccidentales, incluyendo al fashionable indigenismo, proceden de una sola fuente, la modernidad. Desde sus propias raíces, en especial en los medios y en la academia, surgió la interpretación que la hace ver como una hegemonía maligna, y que es lo que reproducen todos los que se alinean (o dicen que se alinean, la hipocresía aquí es mayúscula) con el antioccidentalismo.

Es que toda gran creación civilizatoria saca a luz una personalidad inconfundible, insustituiblemente propia. A la vez, estas últimas también corresponden a posibilidades inherentes al desarrollo de la humanidad, válidas para todos; es lo que hace que en las “periferias” (nombre horroroso) muchos se puedan identificar no solo con prácticas y productos, sino que con ideas y sentimientos que emanan de ese corazón moderno, pero que puede ser apropiado —y lo ha sido— por otros pueblos, no como mera imitación servil, sino como una recreación. La cultura y la civilización perduran mientras lo hagan en las sociedades donde se originaron y, me atrevo a añadir, cuando estas siguen siendo fuertes, y una parte significativa del resto del mundo las conserva como fuente de inspiración y emulación, para reproducirlas, sublimarlas, intensificarlas.

Entre ellas la democracia. En su origen esta tuvo tres pilares, las dos experiencias anglosajonas, y Francia como modelo del XIX (en ningún caso su mentada revolución). Las democracias constituyen sistemas de manejo de la crisis, que va y viene, e incluso el lenguaje del debate la exacerba. Toda la historia de la democracia está marcada por el temor o deseo de su extinción, incluso con un truco verbal, bastante efectivo, aduciendo que se aspira a una democracia “verdadera”. Pero ha sobrevivido, hasta el momento, si bien no en la mayoría de los países del mundo, debido a que sorteó la crisis y persistió en los países que primero la fundaron y que también son las principales fuentes. En este sentido, el siglo XX demostró hasta la saciedad el protagonismo norteamericano.

Si hay crisis de la democracia, no hay otro sistema político civilizado de reemplazo; al ocaso sin remedio de un orden político le sigue, a la larga, el desgranamiento de la cultura y la civilización. De ahí la centralidad que tuvo esta profanación de un símbolo, violencia que se expía de una manera callada y a la vez implacable. Ello estuvo precedido, eso sí, que no se olvide, por un asomo de arrasamiento de la historia norteamericana en la iconoclasia por derribar a los Padres Fundadores.

No olvidemos que también ocurrió abundantemente en nuestro país, al aniquilarse símbolos de 500 años de historia, el país entero. La sociedad humana siempre tendrá pies de barro y tenemos que construir sobre una base precaria; si la erosionamos, la destruimos a ella y a nosotros mismos.

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