Opinión El Mercurio Martes 9 de marzo de 2021

Insurgencia, contrainsurgencia

Joaquín Fermandois |
Foto: Wiiliam Rojas

Se requiere de estrategia, que aquí ha faltado. También de constancia —es raro que tenga éxito antes de 10 años— y sistematización, virtudes algo ajenas al Chile actual.

En estas páginas se ha insistido en que desde hace 30 años comenzó la incubación sistemática del llamado conflicto mapuche. Posee analogía con el nacimiento de Sendero Luminoso. Se inició por medio de una mentalización inducida por intelectuales y activistas. Luego vino la violencia de baja intensidad: quema de camiones y de edificaciones solitarias, para seguir con atentados y asesinatos a personas y grupos; en la última década fue escalando hasta la insurgencia descontrolada de hoy.

Ninguna de las estrategias de los sucesivos gobiernos —sin mucho orden ni concierto— ha dado el menor resultado; ni siquiera la entrega generosa de tierras, ya que se trataría, se supone, de un tema “territorial”, consigna usada por doquier para cualquier situación, una forma de encender conflictos artificiales que cunde en este mundo. Su resultado no sería el surgimiento de grupos sociales o étnicos “liberados”, sino la atomización de cualquier país, y casi siempre la creación de pequeñas y hasta terribles tiranías.

El conflicto no procede desde el fondo de la historia —por lo demás, todo es historia—, sino que emergió en todo el mundo después de la Guerra Fría, y ha sido un reclamo preferido de la contracultura, pretendiendo ser vanguardia de lo originario. Es más que cuestionable que sea una consecuencia necesaria y legítima de hechos remotos en Chile, en el XVI o en el XIX. La idea proviene de una falacia al pensar la historia humana y la existencia misma como problemas “no resueltos”. El ser humano es lo irresuelto en sí mismo, su condición básica e inalterable. No podemos arreglar el pasado; es metafísicamente imposible. Los problemas solo se manejan a partir de la realidad presente, no como utopía retrospectiva.

Nadie nació sobre un terreno en el que nacieron todos sus antepasados. El desplazamiento y las ocupaciones han sido pan corriente en la historia universal. Ni árabes ni judíos son originarios de una tierra por la que han combatido encarnizadamente por más de cien años. ¿Habrá entonces que verlo como parte de un hecho cotidiano, una fatalidad, como se veía la guerra hasta el albor de la modernidad? Aunque no ha aminorado la violencia, en los últimos siglos ha ingresado a la conciencia de los humanos el que deban organizar la paz entre Estados y al interior de estos. La idealización de lo originario no es caso único, sino que pan corriente a lo largo del mundo, como identificación global; también, una moda.

Crear especies de reducciones es como darse un gustito de museo antropológico; y cuando se marchite la moda, la minoría quedará en la más absoluta desprotección. Civilización, de eso se trata, es intentar conjugar los aparentemente contrarios, integrar los grupos. Por ello es necesaria la paz y jamás se entendió por qué una muerte hizo trizas la iniciativa del ministro Alfredo Moreno. Con la ola de violencia desatada es extraño que no haya habido todavía más víctimas.

Existe también el recurso, que se debería poner en acción, de sana contrainsurgencia. Destaco lo de “sana”, porque tiene feo nombre al entendérsela mal. No está reñida con la búsqueda de la paz, y fue la lección que, por ejemplo, llevó al desarme de ETA o del IRA. Se requiere de estrategia, que aquí ha faltado. También de constancia —es raro que tenga éxito antes de 10 años— y sistematización, virtudes algo ajenas al Chile actual. Se discutirá si requiere la participación de las fuerzas armadas. Lo que no puede quedar fuera del cuadro es que la estrategia debe dosificar con simultaneidad dos factores: lo político en un amplio sentido (incluyendo economía y cultura), y la seguridad por parte del Estado.

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