Opinión El Mercurio Martes 30 de julio de 2019

Migración total

Joaquín Fermandois |
Foto: Internet

La existencia de países desarrollados y con Estado de Derecho es la única esperanza de poblaciones forzadas o tentadas a migrar.

Hace pocos días en estas páginas apareció una información sobre el hambre en el mundo. Al menos unos 2 mil millones de habitantes sufren hambre constante o están subalimentados; otros mil se hallan en precariedad. Es una fuente de la oleada migratoria que, junto al empequeñecimiento del mundo por la intensificación de los medios para movilizarse, ha creado gigantescos desplazamientos de poblaciones que tienen conmovidos a tantos países. En estos momentos, parece que nos hallamos en otra etapa de esta recurrencia de la historia universal: junto a las sociedades asentadas en determinado lugar, la traslación o migración es una de las formas de existencia de la población de nuestro planeta. El ser humano se originó en África y de ahí se expandió por doquier. Las migraciones vivifican a las diversas sociedades; también las pueden dislocar o producir su colapso.

Porque si esos más de 2 mil millones deciden en un momento dado emigrar a los países donde hay un mínimo civilizado para subsistir en lo material, pondrían en entredicho —o en aniquilación segura— la misma fuente que los puede salvar. Los países a donde se dirigen son en lo principal dos regiones: Europa Occidental, EE.UU.-Canadá, y algunos más. Con una fracción de los 2 mil millones ya serían inviables. ¿Fantasía? ¿Alarmismo? Retruco que quienes abogan por la inmigración irrestricta no saben lo que dicen, están lejos de esa “ética de la responsabilidad” que tanto se ha recordado este año.

Existe otra fuente de la explosión migratoria, que es la del “Estado fallido” y de la pobreza del Estado de Derecho, que vuelve inseguros o insoportables a tantos países, y es casi inseparable del factor del hambre que la incentiva. Aquí escasea la capacidad política para establecer procedimientos e instituciones que organicen y hagan dinámicamente rutinario al cuerpo político, incluyendo al Estado. El subdesarrollo que conlleva pobreza solo ha sido superado cuando existe ese marco de un sistema político funcional al “orden espontáneo”, celebrado por los defensores de la economía de mercado; solo emerge con creatividad cuando se ha establecido un orden político eficaz y con legitimidad duradera. 

Gaddafi era un tirano; lo que lo sucedió ha desencadenado una tragedia mucho peor. Incluso hasta los autoritarismos más despóticos, si funcionan de una manera eficaz en ese orden mínimo, despiertan preocupación interna y externa sobre los derechos humanos que tenga sentido, como, por ejemplo, es el caso de Ruanda en la actualidad (no en la época del genocidio). La existencia de países desarrollados y con Estado de Derecho es la única esperanza de poblaciones forzadas o tentadas (con razón) a migrar, o por justo asilo político. Por algo ningún país marxista recibió jamás a inmigrantes. Y nadie se molesta en señalar el problema de los derechos humanos en Afganistán o Somalia, con décadas de conflicto interno, sin horizonte de arreglo. ¿Alguien sigue clamando por Siria? O ese conflicto invisible en varios países de América Latina, carcomidos por la violencia criminal. 

Lecciones para nuestro país: cuidémoslo. Tenemos un deber hacia los hermanos latinoamericanos —y deuda con los venezolanos— que se asumió en gran medida. Para la encrucijada actual se requiere un acuerdo equitativo con el resto de los países sudamericanos. Nuestra capacidad de absorción está directamente relacionada con el probable progreso económico y estabilidad política. Preocuparse de los problemas originados en la inmigración no es ignorar las catástrofes humanitarias, sino recordar los factores que primero las precaven. Cuidemos a Chile.

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