Opinión El Mercurio, 22 de noviembre de 2016

Un mundo para la civilización

Joaquín Fermandois |

Días después del triunfo de Trump apareció en estas páginas un excelente artículo de Joseph Nye sobre las posibilidades creativas para una política exterior del nuevo Presidente.

Quizás este reputado internacionalista pretendía ser parte de un esfuerzo por domar al macho cabrío y canalizar su energía ciega hacia un fin positivo.

Extraña de todas maneras la falta de referencia a valores fundamentales para asociar a los países que consideremos con suficiente espesor civilizatorio, los llamemos sociedades abiertas, mundo libre o democracias, y que respondan en lo social y económico a un horizonte "desarrollado", por ambigua que sea esta categoría. Si es que Trump o su equipo poseen una lectura acerca del orden mundial, parecen aproximarse a asumir uno de sus rasgos actuales, la tendencia a retornar a un sistema de equilibrio de poder indiferente al tipo de sistema social y político que impere. Era el tipo de relacionamiento del balance of power de la historia europea desde el siglo XVIII hasta 1914.

En el siglo XX, en cambio, en la era de las guerras mundiales y totales, y en la época del totalitarismo, la civilización solo fue posible por la convergencia de las democracias occidentales y la expansión de su paradigma a unas pocas pero decisivas naciones en Asia, en Japón en especial, con lo que ya no se basan en exclusiva en el mundo eurocéntrico. Sus valores y costumbres políticas, sin embargo, solo perdurarán si lo hacen en su lugar de nacimiento, Europa Occidental y EE.UU. Cuando ahí tambalean las cosas, con mayor fuerza lo harán en otras regiones; el resto del mundo será inmune a la misma idea de democracia. No solo ahora hay crisis de la democracia; por definición está amenazada desde fuera y desde dentro; es parte de su ser y hasta de su gracia. Los enemigos más constantes son la agitación como fin en sí mismo, y la indiferencia como dejación y egoísmo.

La democracia moderna adquirió fuerza porque arraigó en algunas grandes potencias (economía, sociedad, cultura, capacidad estratégica). Por ahí surgió y por eso sobrevivió. El siglo XX les enseñó a ser solidarias, aunque con las contradicciones internas y externas. De las segundas está la alianza y muchas veces solidaridad por buenos o perversos motivos con las no democracias de diverso pelaje (entre otras razones, porque nunca jamás todos los países del globo llegarán a ser democracias, pero hay que tratar con el mundo). Además, esto era posible porque EE.UU. no solo era una potencia, sino porque representaba una idea, con todas las inconsecuencias que trae consigo ser adalid de una idea en la época de las guerras mundiales y de la Guerra Fría.

La tendencia a que el mundo internacional se articule únicamente según el interés nacional -entendido estrechamente- de las grandes potencias es una de las posibilidades del orden actual; la preferencia de Trump -deduciendo de sus consignas desordenadas aunque políticamente efectivas- por profundizarlo nos pone en un callejón sin salida. No será bueno para el proceso civilizatorio (la mejor sociedad posible según cada época) ni tampoco para los países medianos y ni qué decir para aquellos modestos (¡en especial el nuestro!). Se sabe que también el proteccionismo comercial hace que todos se pisen la cola. Si se escoge el aislacionismo, al final el mundo tocará de todas maneras sus puertas y no por los buenos motivos. Por limitada y muchas veces hipócrita que sea la validez del derecho internacional en la práctica, su puesta en congelamiento desata la ley del más fuerte, en la que incluso el fuerte perece, como bien lo supo el Tercer Reich. Mejor construir un mundo para la civilización.

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