Opinión La Tercera Miércoles 30 de junio de 2021

Amor propio III

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

La Convención Constitucional vista de esta manera, vale decir, un proceso terapéutico nacional, puede llegar a ser muy positiva.

Como escribió el teólogo evangélico y dramaturgo alemán, G. F. Lessing, quienes no enloquecen frente a ciertos hechos graves es porque nunca estuvieron cuerdos (Emilia Galotti). Ciertamente, puede decirse que muchos chilenos quedaron fuera de sí frente a las denuncias de corrupción, de mentiras, de miles de niños muertos, de doble discursos infinitos. Sin duda, estar medianamente sano significa reaccionar. El problema es que vivir nos va quitando el derecho a renacer, de tal manera que llega a hacerse difícil curarse sin también dañarse, lo que puede aplicarse a un individuo como a una sociedad.

Las historias del amor propio restaurado son variopintas. Van desde las experiencias edificantes de la clase media como las que hallamos en las novelas de Jane Austen, hasta las de sus excesos criminales, como por ejemplo, los de la vida doméstica bajo el nacionalsocialismo relativos a un grupo similar (con su rica simbología, El tambor de hojalata, de Günther Grass, es un buen ejemplo).

Los chilenos quieren sanarse. Saben que la sociedad más o menos próspera de los últimos treinta años descansa sobre crímenes, los miles de muertos y desaparecidos, decenas de miles de torturados, y, en general, el ambiente embrutecedor de la dictadura. Como en el mito griego tratado por Sófocles, al igual que el Teseo que recibe los restos todavía vivos del criminal Edipo, los chilenos le dieron una oportunidad a ese indeseable pecado original, porque como Teseo vieron que, pese a todo, portaba consigo un valor que podía ser aprovechado. Eso hasta hace poco, porque cuando las bases mismas del mutuo entendimiento -tales como la libre competencia- son pasadas a llevar precisamente por quienes las esgrimieron con tanto celo, esos chilenos comienzan legítimamente a preguntarse si acaso ellos mismos, en vez de precavidos y astutos, no fueron más que cobardes.

Porque, en el fondo, el reclamo por dignidad, por la restauración del amor propio, es uno por el buen trato que los en teoría más fuertes deben a los supuestamente más débiles, pero también es un intento de acuerdo, de los subalternos entre sí.

La Convención Constitucional vista de esta manera, vale decir, un proceso terapéutico nacional, puede llegar a ser muy positiva. Pero si se insiste en hacer de ella otra experiencia -de las numerosas que recuerda la historia- de eso que se dio en llamar Poder Constituyente Originario, seguro que caerá en la trampa de una hoja que nunca está suficientemente blanca, porque, a despecho de Hitler y muchos de sus “enemigos”, no hay blanco puro.

En suma, una controlada defragmentación del disco y no un apresurado reseteo.

Quienes hace siglos conocieron por primera vez las amarguras del Poder Constituyente, tal vez no tuvieron más opción que sufrir sus excesos. Nosotros, en cambio, tenemos la fortuna de llegar tarde a esas malas experiencias. Por lo mismo, podemos tomar precauciones, para que no nos hayan creído tontos, vale decir: por amor propio.

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