Opinión Revista Santiago Miércoles 22 de abril de 2020

Andrés Bello, a pesar del desorden

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

Mientras acontecían estos terremotos en Europa, en América, en Chile y en su propia casa, Bello apenas se movió. Fue de Caracas a Londres en 1810 y de Londres a Santiago en 1829. Nunca regresó ni a Caracas ni a Londres.

El orden fue uno de los temas que cruzó la vida intelectual de Bello y el germen de esa inquietud quizás estuvo en su natural tendencia a este. Frente a la desmesura del trópico, que ofrecía sus frutos en abundancia sin reclamar organización alguna, se preguntó, por ejemplo, sobre el sentido de la agricultura. Asimismo, estudió con ahínco el castellano, que como producto del desorden medieval, le pareció una “imitación” caótica del latín, una transgresión a la lógica pétrea de esa lengua. No es posible tal cosa como un orden genuino y definitivo, pensaba Bello, consciente del desorden esencial del mundo.

Andrés Bello vino al mundo en un momento en que el mundo se caía a pedazos. Contaba ocho años al comenzar la Revolución Francesa, 24 al diezmar la peste en Caracas, 27 cuando Napoleón puso bajo arresto al rey Fernando VII, de quien Bello era súbdito; 33 años al revertirse el curso de los ríos con el inicio de la Restauración; 49, para la Revolución Francesa de 1830, y 67 para ese cataclismo que fueron las revoluciones liberales, socialistas y étnicas de 1848. Asimismo, contaba con 48 años para la Batalla de Lircay de 1829; 70 y 78 para los alzamientos revolucionarios de 1851 y 1859 que buscaban derrocar a Manuel Montt. En rigor, su época fue la de un quiebre milenario: el de la crisis que devaluó al sistema monárquico, fuera absoluto o constitucional. Además, considérese que mientras América se emancipaba, Europa comenzaba recién el proceso de colonización que alcanzaría el 85% de la superficie planetaria y que colapsaría a partir de 1914. Mientras tanto, el contraciclo de descolonización americana convertía a Sudamérica en una inmensa “perrera hidrofóbica”, en palabras de Thomas Carlyle. Como si esto fuera poco, en 1821, 1830, 1845, 1850, 1851, 1854, 1860 y 1862, Bello vio morir a ocho de sus hijos: Juan Pablo, José Miguel, Francisco, Ana, Carlos, María Ascensión, Juan y Luisa.

Mientras acontecían estos terremotos en Europa, en América, en Chile y en su propia casa, Bello apenas se movió. Fue de Caracas a Londres en 1810 y de Londres a Santiago en 1829. Nunca regresó ni a Caracas ni a Londres.

Sin embargo, logró un entendimiento del desorden. Y la capacidad de no abandonar, pese a toda circunstancia, su tendencia tal vez natural al orden podemos verla tempranamente. Así, enfrentado al desorden del trópico, fruto de su desmesura y prodigalidad, se preguntó en su silva La agricultura de la zona tórrida acerca de esta franja del mundo en la cual no era estrictamente necesario el trabajo para sobrevivir, un mundo en el cual la agricultura parecía una farsa inútil. Para decirlo de forma más clara, el trópico daba sin pedir a cambio, sin requerir de una estructura que lo ordeñase. ¿El orden, en este caso de la agricultura, estaba entonces demás? ¿Sobraba?

A través de su vida Bello intentó dar respuesta a esta pregunta —pregunta primordial, vale la pena subrayar— que de alguna manera resumía su propia manera de ser: él era un bicho raro. Sin pecar de escatológico, bien puede decirse que toda la estadía de Bello en Londres no fue sino la investigación de esta cuestión tan preocupante. Sus estudios sobre la Edad Media permiten conjeturarlo. Aquella época oscura poco a poco comienza a mostrarle sus coherencias profundas, el ideal imperial carolingio (Carlomagno es el nombre propio más repetido entre sus notas londinenses) aparece como superfluo; una de entre muchas lenguas apócrifas, el castellano, emergido del desorden medieval, llega a parecerle la “imitación” del latín, el otro latín, el del por entonces caído imperio español en América.

¿Qué era la selva del castellano comparada con la lógica pétrea del latín?

Bello trabajará en la lógica del castellano en su gramática, en la regularidad de lo irregular, en el orden que puede ser engendrado por el desorden. Sin ir muy lejos, su investigación que llegará a convertirse en su portentoso libro Principios de derecho de gentes, responde a esa misma preocupación obsesiva: las ilegales repúblicas americanas debían volverse armónicas junto al —tras Napoleón— devaluado orden mundial, y que la Santa Alianza, en un acto de obstinación, intentaba derechamente restaurar.

Esta flexibilidad histórica del aparentemente atemporal orden bellista podemos observarla incluso en sus opciones prosódicas: al momento de decidir cuál acento preferir en una palabra de etimología latina o griega, Bello optará por la acentuación de uso y no la etimológica. Asimismo, al momento de optar por la acentuación del uso latino o la de la etimología griega de una palabra en latín, Bello optará por el uso latino.

De esta manera, el “orden” de Bello está consciente del desorden del mundo, y de que no es posible tal cosa como un orden genuino y definitivo. En el famoso verso insertado por el propio Bello en su Discurso de instlación de la Universidad de Chile, dentro del cual se refiere a las letras como “la flor que hermosea las ruinas”, se trasunta precisamente la tesis según la cual el mundo, en cualquiera de sus apariciones, yace en ruinas, y que lo que hace el lenguaje es, en vez de restaurarlas, “hermosearlas”: imprimirles un sentido que no depende de la realidad última, un sentido que es a la vez superfluo e imprescindible.

En sus categorías literarias hay un concepto que se repite y que es el de “imitación”. La “imitación”, que podría pensarse que alude a la “imitación de la naturaleza” es, en realidad, una imitación de una obra ya existente, una que puede florecer, darse (como las dalias en su carta a Javiera Carrea), en un territorio distinto. En la década del 40 del siglo XIX, sus “imitaciones” de poesías de Victor Hugo, entre las cuales sobresale la célebre “Oración por todos”, ejercita esta recreación americana; se trata de una forma de agricultura, de ensayar, probar la semilla, no de consolidar la irreductible obra romántica. Bien podría decirse que las imitaciones hugolinas de Bello son actos de humildad poética, en los que el romanticismo es enaltecido con la imitación pero a la vez reducido a ella. Si esta era una recuperación solapada de la artesanía neoclásica, entonces Bello estaba con ella otra vez reordenando el desorden, así como cuando, llorando de emoción mientras leía Los miserables del mismo Victor Hugo, se quejaba de que estaba mal escrita.

Pero el orden de Bello no estaba centrado en sí mismo, en su capacidad personal de alcanzarlo. Toda su actividad alrededor de la imprenta —esa máquina de constitución de prueba— lo muestra como un obseso por la aparición objetiva de aquello a lo que él mismo había dado forma. La caligrafía en las escuelas, la gramática de la lengua, la tipografía de la imprenta… eran etapas en la construcción de un orden gramatócrata, centrado en la letra, pero en todas las letras, las bellas y por sobre todo las letras útiles, aquellas que rendían un servicio a la actividad probatoria de la república que, recordémoslo, debía ser consolidada con hechos repetitivos que llegasen a lucir la regularidad del derecho.

Ahora bien, aunque Bello sí practicó el orden que podríamos llamar analítico —codificando siempre que pudo lo que debía y no debía ser— es preferible entenderlo como un ordenador existencial. Emergido de lo que había de clase media entre los mantuanos, tímido y no bravucón, funcionario de la Corona a temprana edad, Bello pretendió el orden desde muy niño, y se allegó al magnífico orden de la monarquía ilustrada de los Carlos III y IV de España. En 1759, Carlos III se transformaría en el patrono de las excavaciones que pusieron al descubierto las ruinas de Pompeya. Esa efeméride es paradójica, pues desde la caída del dominio de la casa de Borbón en América —a la cual pertenecía Fernando VII, nieto de Carlos III—, todo lo que Bello vio fueron ruinas: las ruinas de Caracas, las ruinas del Imperio Español, estudió las ruinas del Imperio Romano y la ruina del latín, vio las ruinas del estilo claro y distinto del siglo XVIII disolverse en las oscuridades del romanticismo. Pero, ante las ruinas, Bello no reaccionó como un joven romántico. No las coleccionó ni desechó, sino que ideó siempre para ellas un orden posible, una regularidad, un estándar emergente, un quicio siempre presente en todo desorden.

Como Goethe —con quien fue comparado por Ángel Rosenblat durante la década del 60 del siglo XX—, Andrés Bello vivió lo suficiente para conocer el rococó y el ferrocarril. Su longevidad lo hizo tal vez escéptico de todo orden y preciso tasador de las ruinas. Bello no fue un nostálgico de viejos órdenes que le eran menos hostiles, como tampoco un entusiasta de algún nuevo orden que parecía imponerse o que prometiese acunar un ideal. Alcanzó un grado de sabiduría que le impedía enamorarse de lo que él veía como pasajero. En ese sentido, su porvenir de estatua —contra el cual escribió su bisnieto Joaquín Edwards Bello— no hizo más que hacer palpable su carne de mármol.

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