Opinión OPINIÓN / La Tercera Martes 19 de noviembre de 2019

Autoridades morales

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: La Tercera

La autoridad moral es aquella sensación que una persona despierta en otras y que se puede resumir en lo siguiente: sus adversarios prefieren pasan de largo.

Cuando la gente grita: basta ya, basta ya de mentiras, de promesas incumplidas, de hurtos, de robos a manos llenas, estafas, simulacros, triangulaciones, de abusos sexuales, abandono, destrucción del medio ambiente y la infraestructura pública, estafas piramidales, discriminación… es motivo de dudas, pero también de honda alegría. De dudas, si es una viga en ojo propio; y de alegría, porque eso podrá significar que el sentimiento moral está intacto. Cuando una persona común, no secundada por ningún coro, expresa una verdad que todos callan, he ahí —como diría el poeta Joseph von Eichendorff— “una cúspide del mundo”, una garantía sin más fundamento que la verdad que expresa.

Que el sentimiento moral esté intacto no tiene nada de trivial. Ha habido muchas ocasiones en que la moral ha sido confundida con un privilegio, una evasión, una impostura, un síntoma que oculta una verdad incómoda.

Pero ¿qué es la moral o, por lo menos, el sentimiento moral? No hay una sola respuesta ni me atrevo a apresurarla. La autonomía moral predicada por la Ilustración, el Sapere aude! (o sea, atrévete a pensar por ti mismo) del poeta Horacio que retomó Kant significa no guiarse sino por la autoridad de la propia conciencia y no por reverencia a una exterior.

Y, sin embargo, de lo que sí puede hablarse tal vez con más propiedad es de las figuras morales, eso que antiguamente se llamaba las vidas ejemplares, lo que en lengua laica se conoce también autoridad moral.

La autoridad moral es aquella sensación que una persona despierta en otras y que se puede resumir en lo siguiente: sus adversarios prefieren pasan de largo.

Que los adversarios prefieran pasar de largo tampoco tiene nada de trivial. Una autoridad moral despierta hasta en esos adversarios un cierto grado de admiración y tal vez de fingida indiferencia. De ahí que todos aquellos que no gozan de autoridad moral, tarde o temprano, se inhiban frente a ellas.

La historia está, a su turno, repleta de autoridades morales. En la vieja Roma lo fue Catón, que predicó la austeridad a los héroes militares; durante el Renacimiento, Erasmo de Rotterdam, quien no tomó partido en las nacientes guerras religiosas. Más recientemente, Martin Luther King fue una autoridad moral, lo fue Gandhi, y lo es Rigoberta Menchú. Sin ir más lejos, el Premio Nobel de la Paz se instauró para fijar esta realidad tan antigua. En la historia de Chile, la autoridad moral se resume en los nombres de Clotario Blest, de Andrés Bello, de Gabriela Mistral, entre tantos otros.

Pero las autoridades no son figuras de enciclopedia. Las hay en los barrios, los trabajos, las oficinas, en los clubes deportivos, en las escuelas, universidades, religiones y medios de comunicación. No son lo mismo que los líderes. Los líderes están destinados a chocar con otros líderes, pero las autoridades morales saben reconocerse entre sí y no precisamente para conjurarse en maldades, o combinar lo peor de sus opuestos mundos. Porque —y esto es primordial— una autoridad moral no se reduce, no se identifica exclusivamente, no se reporta tan solo al grupo al cual legítimamente pertenece, está animada por una liberalidad tan irreductible como inclasificable.

Muchas autoridades morales han sido capaces de pacificar o refundar una sociedad o incluso una nación; han sido, para ello, ayudadas por variables de otro orden, pero, lo cierto, es que se haría difícil imaginar los resultados restando de ellos su influencia. Es el caso del Profeta Samuel en la historia de los reyes, por ejemplo; o el de George Washington en la de la Independencia de Norteamérica.

Ciertamente, los sistemas sociales funcionan prescindiendo de las autoridades morales. Sin embargo, es en los momentos de crisis cuando se nota que les han hecho falta. El Imperio Romano, cuya organización perduró tantos siglos, supo distinguir entre la auctoritas y la potestas, donde la auctoritas no ostentaba necesariamente un poder formal. El deterioro sin retorno de ese imperio coincide con la anulación de sus autoridades morales. Fue el caso del filósofo Séneca frente a Nerón, quien según la leyenda quemaría Roma para inspirarse, o el de la sabia Catalina de Alejandría ante las exigencias del emperador Majencio.

Si revisamos nuestras propias vidas, de seguro encontraremos el rastro de autoridades morales. Y este repaso es clave pues será gracias a aquellas autoridades morales que podrá emprenderse la reconstrucción nacional. Ellas están por todas partes. Habrá que ir y decírselos, y ellas, que saben lo que esto significa —porque serlo les ha costado caro—, sabrán qué hacer.

Pero también, el alto estándar que con demasiada razón han reconocido los chilenos tendrá que seguramente traducirse en líderes que no sean del todo ajenos a la autoridad moral.

Con todo, abundan las falsas autoridades morales. Aquellas que están centradas en la energía, la energía del así llamado “moralismo”.

Pues bien, frente al moralismo no se puede preferir pasar de largo, y no porque no se quiera. Es él el que salta al ruedo. Él no da espacio a la mera admiración o a la disimulada indiferencia, que son tesoros que le resultan poco atractivos. Fue el caso de Robespierre, que con su fama de “incorruptible”, durante la Revolución Francesa, se impuso por el “terror” a la virtud que él proclamaba representar.

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