Opinión El Mostrador Sábado 4 de julio de 2020

Cínicos e hipócritas

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

La vida es complicada y darle cierta regularidad la hace todavía más complicada… supuestamente.

Desde muy antiguo, hay quienes han dicho encararla tal como es y han optado por asumirla, confesando con desparpajo lo que han llegado a pensar sobre ella. Sin callarse nada, no hay para ellos otra lealtad que no sea la soltura de su propia lengua,

Pero también, desde muy antiguo, hay quienes han optado por lo contrario. La vida es tan compleja que debe ser tratada con pinzas. No se puede estar en ella sin precaución. Es necesario, ante todo, darle una forma habitable. Si a veces se cae a pedazos, no hay que contribuir a su caída. Hay que ser el contrafuerte de la vida.

A los primeros se los ha llamado cínicos. A los segundos, hipócritas. Ambas palabras, que suelen ir por mala costumbre acompañadas entre sí, han derivado en otra cosa, pero conservan algo de su sentido primitivo.

Los cínicos no están dispuesto a dejar de verbalizar lo que creen cierto en servicio de ninguna causa. En los casos extremos, los hipócritas mantienen que es precisamente esa causa la que entrega cierto orden que hace posible hablar de una verdad, o acaso, decir algo que tenga sintaxis. Visto así, todo cínico sería el parásito de un hipócrita, pues es fácil atacar, rigurosamente, las certezas cuando no se ha sufragado nada en pos del rigor que ellas suponen. En casos extremos, también, un hipócrita puede volverse tan formalista, tan renuente a la realidad, que todo lo que predique con su ejemplo caerá en saco roto. El hipócrita puede pasar fácilmente de parecer un gran prohombre a parecerse a un gran ridículo.

No se exagera si se dice que la vida humana ha estado marcada por cínicos e hipócritas como por sus versiones híbridas.

Lo que pudiera verse como un asunto de mera especulación filosófica cobra su temible realidad cuando acontecen crisis.

Mientras los hipócritas hacen como si nada pasara, los cínicos se entregan a una orgia de sinceridad, que incluye una inusual coprolalia. Y, por supuesto, ocurre al revés: muchos hipócritas exageran todos los defectos ajenos, rasgan vestiduras a la primera provocación, mientras que los cínicos, con una mueca que es una semi sonrisa, observan que esas cosas pasan, que no hay que exagerar.

Las citas citables que describen a cínicos e hipócritas abundan. En ellas casi siempre hay, sin embargo, una latente mueca cínica, un reconocimiento de que, en el fondo, el cinismo al final triunfará y que los seres humanos nos volveremos en los animales que siempre fuimos. Nuestra humanidad será entonces nada más que una mala actuación y los hipócritas, pésimos actores poco creíbles.

Pero si nos adentramos en la literatura menos estridente, no en el aforismo sino que en la reflexión de largo aliento, resulta que la hipocresía emerge como un verdadero Atlas, una fuerza que ha debido cargar constantemente con la siguiente certeza: una excepción convertida en una regla puede ser fatal, una falta muchas veces tolerada puede volverse una costumbre y una serie de malas costumbres pueden corromper hasta la médula una sociedad. Y siempre bajo el argumento de que son una realidad. La hipocresía debe salir a bloquear la infantil renuncia a todos esos ideales que, a despecho del cinismo, han hecho del teatro del mundo un mundo en que puede haber teatro, vale decir, un mundo en que es posible eso tan vapuleado que se llama civilización.

Pues la civilización, en tanto ideal, es y seguramente será una obstinación, sí, pero una obstinación pragmática, un intento por equilibrar la verdad con la mentira, o mejor dicho, la crueldad con la compasión.

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