Opinión La Tercera Miércoles 22 de junio de 2022

El efecto Alfio

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

En los cuentos de Giovanni Verga las injusticias sociales son desesperantes: el abuso de los patrones no tiene fin. El problema es que la dureza de muchos pobres entre sí, tampoco.

“Cavalleria rusticana”, un cuento del escritor italiano Giovanni Verga, es aparentemente muy simple. En los campos de la Sicilia de fines del siglo XIX, Turiddu, que ha vuelto de la milicia, se encuentra a Lola, su pinche, ahora de novia con Alfio, un seriote carretero con el cual pronto se casa. Para celarla, Turiddu corteja a la hija de un rico vecino, Santuzza. Como éste y Lola son infieles a Alfio y Santuzza, la segunda le cuenta al primero. Alfio reta a duelo a Turiddu, quien le muerde la oreja, sellando el acuerdo. Tras despedirse de su madre, ambos se acompañan hasta un sitio apartado. Durante el combate, Alfio coge un puñado de tierra y lo arroja en los ojos de su rival, aprovechando para matarlo.

El cuento forma parte de una colección que guarda un aire de familia con los de Baldomero Lillo. Y no. En los de Verga hay una más que inquietante conflictividad dentro de un mismo grupo social.

El compositor Pietro Mascagni convirtió este cuento en una ópera breve (1890). En ella, antes de acusar a Turiddu, Santuzza se debate y atormenta. Sin duda el anuncio de un nuevo mundo desquiciante es lo que hace de esta obra del llamado “verismo” una pieza magistral. Si bien se combinan los típicos, aunque exagerados, números de la ópera italiana, con sus arias, coros y un intermedio que hoy se escucha en terapias de relajación, es el final, que bien podría calificarse de “torture porn”, su broche de oro. Unos gritos de mujer, mezclados en el tumulto del coro, anuncian que “han matado al compadre Turiddu”. A continuación, la interjección ensordecedora e inarmónica de todos los personajes cierra, o mejor dicho, desmorona el telón,

“Cavalleria rusticana” obtuvo miles de representaciones durante el régimen fascista italiano. Su compositor, uno de los primeros bicicleteros de la historia, fue un seguro partidario.

La trama, que podría considerarse perfectamente pedestre, adquirió en el ampuloso tratamiento musical de Mascagni una connotación más ominosa.

Santuzza, que en el cuento apenas aparece, es la protagonista. Desde un primer momento sospecha la infidelidad, pero su decisión se tarda, alarga la trama. Cuando finalmente lo denuncia a Alfio, ha dado un paso terrible. Alfio es aquella gravedad del mundo que es la última en enterarse. Su ira significa la destrucción. Es aquel monstruo de sueño pesado que habita en el pueblo llano, que despierta pocas veces, casi siempre para devolver al mundo el orden, y no cualquiera, el menos liberal, coqueto, leve de todos, el del fascismo.

Concluida la Segunda Guerra, vencido aquel monstruo popular, los teóricos del marxismo, como por ejemplo György Lukács, se preguntaban por qué los padres fundadores de su ciencia no habían visto venir ese tipo tan especial de fenómeno. No les bastaba simplemente con hablar de “reacción”, “pequeñoburguesía”, y todas esas respuestas automáticas del rimario.

En los cuentos de Giovanni Verga las injusticias sociales son desesperantes: el abuso de los patrones no tiene fin. El problema es que la dureza de muchos pobres entre sí, tampoco.

 

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