Opinión La Tercera Miércoles 7 de octubre de 2020

Ensayo general

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

Más que de “casas”, “hojas en blanco” y materiales genéticos las metáforas del teatro quizá iluminen mejor la escena en la que estamos inmersos.

Los académicos constitucionalistas nos ocultan un hecho esencial: el gran pensador de los fundamentos del orden social democrático fue un dramaturgo, un libretista y compositor de óperas. Jean Jacques Rousseau, ese genio de la “voluntad general”. En su escandalosa autobiografía abundan metáforas del teatro. De niño se hizo experto en el de títeres, hasta que lo abandonó para infiltrarse en otras bambalinas.

Más que de “casas”, “hojas en blanco” y materiales genéticos las metáforas del teatro quizá iluminen mejor la escena en la que estamos inmersos.

Hartos de sus crudas tragedias, los griegos las amortiguaron con eso que se llamó en latín deus ex machina, un dios —un actor haciendo de tal— que aparecía a último minuto para dar una salida al conflicto. Este recurso fue un seguro catastrófico. Activado, se neutralizaban o aminoraban los daños sufridos por los protagonistas.

Ocurre algo así con nosotros. En el proceso constitucional que vivimos hay un libreto que como todo buen libreto incluye soluciones alternativas. De resultar victorioso el “apruebo” ocurrirá que pronto tendremos dos constituciones en competencia: la actualmente vigente y la que los convencionales redactarán. Es decir, la ciudadanía podrá asegurarse dirimir entre ambas. La gracia del libreto es que la segunda podrá regir en virtud de la primera, es decir, de su rival.

Pero no seamos ingenuos. Cuando Calderón de la Barca acuñó “el gran teatro del mundo” daba a entender, entre otras cosas, que los teatros no son solamente aquellos edificios de los que cuelga un cartel que los anuncia como “teatro”. Que el mismo mundo sea un teatro significa que lo que hemos previsto como un seguro no es un logro, sino nada más que un dato. Un dato en el juego de la política que es también un tablado, un retablo y un tablero.

Con Rousseau se vio venir el menudo problema de la obra de arte total (que tuvo en Wagner un caso de autoría intelectual paradigmática): el dramaturgo se acercaba a un dios: controlaba el conjunto y el destino.

Ya Rousseau fantaseaba con la vida social como obra de arte, Cito: “En los cambios de decoración de esos grandes teatros reina un desorden desagradable, bastante prolongado; todo anda revuelto, por todas partes se ve un penoso vaivén, parece que todo se derrumba; sin embargo, poco a poco todo se compone, no falta nada, y se queda uno sorprendido al ver que a tan prolongado desbarajuste sucede un espectáculo maravilloso”.

Lo que “asegura” que tras ese prolongado desbarajuste acontezca un espectáculo maravilloso es que exista un “libreto”. Sin embargo, para que haya democracia no se puede abusar de los libretos. Estos no son más que las reglas mínimas, seguros que no son a todo evento.

De ahí que lo más sensato sea observar fríamente qué hacen los dramaturgos, directores, actores y tramoyistas, cómo reacciona el público, y principalmente en qué casos los roles coinciden en una misma persona. No hay otro seguro para el ensayo general.

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