Opinión La Tercera Sábado 4 de julio de 2020

Idolofobia

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

La destrucción de las estatuas y la de toda laya de monumentos conmemorativos nada tiene de nuevo. Es una supuesta hazaña tan vieja como Occidente.

Si las imágenes y figuras en la forma de estatuas dignas de pública reverencia no hubiesen despertado en el pasado tanta aversión quizá demasiadas hubiesen sobrevivido al transcurso del tiempo e incluso a las sociedades que se identificaron con ellas.

Pero no todos sus enemigos han pertenecido al mismo piño.

Desde que Moisés descendiera del monte Sinaí trayendo consigo las tablas de la ley, y se encontrara al pueblo que había sacado de Egipto, adorando un becerro de oro, sabemos de tales monumentos y de sus fieros detractores. Moisés lo quemó y lo redujo a polvo.

La idolofobia es antigua. El judaísmo como también buena parte del islamismo y el cristianismo han sido sus renombrados representantes. El llamado Cisma de Oriente, que dividió a la Cristiandad entre católicos romanos y ortodoxos, estuvo en los siglos VIII y IX precedido por la polémica de las imágenes. Los iconoclastas, que era el apelativo que se dio a los destructores, no solo derribaron estatuas sino también destrozaron obras de pintura. Varios emperadores bizantinos fueron ellos mismos inflexibles iconoclastas. Al final, la iglesia ortodoxa admitió las representaciones gráficas, no los volúmenes. De ahí el precioso predominio de la iconografía ortodoxa.

Más tarde, a partir del siglo XVI, los reformadores de las iglesias nacionales en la Europa que sería protestante protagonizaron una gigantesca ola arrasadora de imágenes en el culto. Los templos protestantes quedaron tan desvestidos que hablar de minimalismo tal vez sea poco.

Esta idolofobia —como metáfora— entró también en la filosofía. Lord Francis Bacon, en su Novum organum scientiarum, identificó los cuatro ídolos que impedían el verdadero conocimiento. En el siglo pasado, el filósofo Peter Sloterdijk describió la historia de la razón como la de ocho desenmascaramientos sucesivos. En Moscú, puede visitarse un parque que es a la vez un cementerio de estatuas soviéticas, las que fueron derribadas durante la década de los noventa. Pues la caída de aquellos regímenes estuvo acompañada por multitudes echando abajo los hasta anteayer ídolos de la lucha de clases.

Y, sin embargo, aunque formado en la religión anglicana, el huésped del conde Drácula se aferra a un crucifijo por inútil e idolátrico que lo sepa, acaso porque los fetiches sean monumentos en miniatura.

Sin bien en todas las épocas y lugares en que se han erigido monumentos, un poder que los ha levantado ha sido seguido por otro que, bajo distinto signo, los ha derribado, la idolofobia en sí misma no ha sido siempre una estrategia para levantar ídolos alternativos. Es más, casi siempre derribó imágenes de sus santos más incuestionados por considerarlas una suplantación.

Así, mientras algunas civilizaciones vieron en las ruinas de sus monumentos la ruina de ellas mismas, culturas menos dadas al vestigio arqueológico entendieron muy tempranamente el papel que cumplirían los textos en la preservación de los valores primordiales.

El libro es eso, una síntesis de malas experiencias históricas. Los libros son piezas muy discretas que pueden transportarse en el bolsillo, y ni hablar de los formatos digitales. Pues los libros no llaman la atención de quienes no se detienen a leerlos. Los libros son artefactos propios de la discreción de los sabios y no del exhibicionismo de los gobernantes.

En ese contexto destructivo, que en cámara rápida tiene algo de histérico, los libros han sido capaces de contener todo lo que es frágil. Pues el bronce, el mármol o el concreto son más frágiles que el papel.

No es descabellado entonces conjeturar, sabiendo de tantos ídolos caídos, que después del siglo XVI (cuando tuvimos la última gran razzia) toda estatua pública no tiene otro fin que distraer la atención de los analfabetos para que no se empecinen con lo realmente importante de la cultura: las bibliotecas. Y es que los libros tampoco han estado a salvo.

Hay quienes, al tanto de su valor, se han obsesionado con ellos y los han quemado en sus piras. Curiosamente, los últimos grandes quemadores de libros que conoce Occidente, que fueron los espíritus totalitarios, fueron también grandes realizadores escenográficos, veneradores de conjuntos escultóricos, mientras más colosales, mejor.

En suma, la historia de Occidente puede ser descrita como la historia de sucesivas oleadas de gente derribando estatuas. Y, sin embargo, entre los enemigos de los ídolos, hubo una vieja sabiduría que preservaron las religiones abrahámicas, la que prefirió los textos a los monumentos.

El discretísimo poder de los libros, en tanto, a veces sale incólume de este río revuelto. No debe pasarse por alto que, en aquel episodio del becerro, tras reducirlo a polvo y hacerlo beber al pueblo, Moisés intercede por aquél, diciéndole a Dios: “perdona su pecado, y si no, bórrame del libro que has escrito”. Y Dios le responde: “Al que haya pecado contra mí, lo borraré de mi libro”.

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