Opinión La Tercera Viernes 17 de enero de 2020

ACAB

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: William Rojas

Y hablando de Moby Dick… (que acaba de saltar a la palestra por ACAB), en esta novela teológica su protagonista, el capitán Acab, es el esclavo de un símbolo del cual él se hace parte.

Si con el 6% de aprobación del presidente Piñera, y un estallido social del que no teníamos registro, permitimos que este señor presidente termine su período, nos habremos convertido en el pueblo más extraño y a la vez más democrático e institucional de la historia humana. Y no es un chiste, es más bien una constatación de hasta dónde podría llegar el orden —¿cósmico?— que a todos nos conviene. Así, una mala noticia para el oficialismo —y la clase política en general, también menospreciada— podría significar una buena noticia para Chile.

Porque, sin duda, los contrafuertes de esa regularidad a la cual llamamos orden son muchos, pero entre ellos hay uno que se olvida: el símbolo.

Decir que desde el siglo XIX Chile fue símbolo de orden es un cliché, pero un cliché que en tanto tal envuelve una cuestión digna de atención. Nuevamente: el símbolo.

La civilización liberal ha sido fecunda disolviendo espejismos. Tal actividad espectricida tuvo la delicadeza, al menos tras la alianza contra el comunismo, de no cargarle la mano a la religión cristiana en Occidente. Pero, despejado el frente del Este, la civilización liberal continuó la tarea que el auge de los totalitarismos había dejado inconclusa, o sea, prosiguió su vocación espectricida.

El problema —y vaya problema— es que había en la religión occidental un componente estabilizador que no era esencialmente suyo, pero que ella cumplía con administrar en detalle: el de los símbolos.

El olvidado filósofo Ernst Cassirer advirtió en el siglo XX que la existencia humana era eminentemente simbólica. Heredera de las pruebas de fuego preferidas del derecho germánico y la ética de Kant, la filosofía de Cassirer bien pudo haber pasado desapercibida en los tiempos en que la dio a conocer. Las teorías centradas en la división insoslayable que las pseudociencias de entonces observaban entre, por ejemplo, factores económicos y raciales, contaban con no solo universidades, sino que también partidos, industrias y una multitud convencida y dispuesta a dejarse matar por asegurarles el triunfo, o sea, hacerles de abono bélico, orgánico y por sobre todo simbólico.

Los índices económicos hicieron pensar a la civilización liberal que los símbolos habían quedado definitivamente bajo la superficie, como aquellas ciudades sumergidas, cubiertas por el polvo o vestidas por la selva, de las cuales se puede hacer turismo, o si no rinden, historia, pero que el porvenir se veía despejado de su injerencia.

Los sucesos que Chile ha vivido a partir de octubre de 2019 no permiten concluir nada respecto de los símbolos, pero sí muestran tal vez algo así como la potencia de que son capaces, lo cual engendra, o resucita, preguntas acerca de su inteligibilidad.

Desde las banderas alternativas, himnos, jingles, eslóganes, hasta la más elaborada historiografía del lado b, los símbolos son evidentes a veces en la simbología e incluso la señalética que los antecede. El símbolo es capaz de hacerse tan exorbitante que con mucha dificultad las razones espectricidas logran abrirse camino en su templo amenazador. Un ejemplo es el de la Constitución. Muchos que hace un año declaraban que la actual carta ya no era la de Pinochet, a consecuencia de las muchas reformas que la habían refaccionado, hoy la descartan por íntimamente ligada al dictador. ¿Mienten? No ¿Dicen la verdad? Tampoco. ¿Son oportunistas? Tal vez. ¿Incoherentes? No hay para qué ofenderlos… Y es que no es ese un asunto de verdad o falsedad, o que pueda reducirse a defectos o vicios. Es, más bien, un asunto de símbolos. Y es que las observaciones semánticas se vuelven irrelevantes al lado del símbolo. No es que el símbolo sea enemigo de la razón, es que funciona en una racionalidad paralela, con sus propias claves, contraseñas, privilegios e investiduras.

Una tarea pendiente es tomarse en serio la dimensión simbólica de todas las disciplinas humanas, En sus monumentales tomos, Ernst Cassirer buceó hasta el fondo de ese océano. Muchos siguieron tras él, muchos más no supieron nunca —como dijera el narrador de Moby Dick— acerca de esta “parte acuática del mundo”.  Y hablando de Moby Dick… (que acaba de saltar a la palestra por ACAB), en esta novela teológica su protagonista, el capitán Acab, es el esclavo de un símbolo del cual él se hace parte. El leviatán bíblico cuya pista indaga a través de los mares para darle caza con sus arpones es tan irreductible como el símbolo, ese al que se reduce inevitablemente la novela toda. El nombre del capitán —Acab— no es casual que sea también el del rey del Primer Libro de Reyes, un monarca idólatra que equivocó el símbolo ante el cual postrarse.

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