Opinión La Tercera Viernes 6 de diciembre de 2019

La guerra y la paz

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: William Rojas

En tiempos de supuesta paz, en Chile se mira mal, se señala, se aparta, se deja sin trabajo a personas “conflictivas”. Son estas “personalidades conflictivas” precisamente los termómetros de la guerra y de la paz.

Esta no es una columna sobre la tierra quemada en la novela de León Tolstoi. No.

Trata sobre guerras menos importantes y heroicas.

Samuel Butler, poeta satírico del siglo XVII, escribió que la guerra es la plaga artificial del hombre contra sus propias iniquidades.

La idea de una “plaga artificial” sin duda hace pensar en conspiraciones, pero lo que Butler apuntaba era otra cosa. Este conflicto desmesurado llamado guerra, que acontece con el fracaso de la política (aunque muchos insistan en que no es más que su prolongación), es un hecho colectivamente fabricado, no por fuerza deliberado, de seguro. Varios autores propusieron que el origen de la guerra no era otro que el saqueo. A partir del momento en que un grupo humano se detuvo, sembró, cosechó y acumuló, otro grupo, más movedizo, pero menos provisto, se habría transformado en la plaga del primero. Sin embargo, este tipo de simplicidades pseudo antropológicas, que bien pueden desecharse por sosas, al obscenamente aludir a sentimientos (anti) burgueses como la envidia, tienen un mérito, no tanto por la verdad que envuelven, sino antes bien por la mera reflexión que suponen.

La falta de reflexión acerca de la guerra —es decir, todo conflicto fuera de sí, ingobernable— bien puede contarse entre las causas de la misma. No es casual que grandes enfrentamientos hayan sido precedidos por una mezcla de comentarios frívolos (las tortas de María Antonieta que el pueblo podía comer en vez de pan) y de agoreros mántricos del desastre (que lo profetizan como por si acaso calza con uno). No ha sido exclusiva de Chile esa liviandad existencial con la que se vive la disidencia, el conflicto público o doméstico, la ansiedad, el ausentismo laboral, todos aquellos desajustes cotidianos. El desahogo mal engalanado con juegos y también fuegos artificiales no es raro que fructifique en guerras no trabajadas, no refinadas por la reflexión práctica.

En tiempos de supuesta paz, en Chile se mira mal, se señala, se aparta, se deja sin trabajo a personas “conflictivas”. Son estas “personalidades conflictivas” precisamente los termómetros de la guerra y de la paz. Deshacerse de estas sensibilidades ha sido una política propia de generales que ganan pequeñas escaramuzas pero que pierden indignamente las batallas y para qué decir las guerras.

En resumidas cuentas, la cosa puede quedar así: Dentro de toda paz hay siempre una guerra y de toda guerra, una paz. Por eso, para que pueda haber paz, hay que hablar de guerra durante la paz; y de paz, durante la guerra. Porque si solo hablamos de paz durante la paz, no veremos venir la guerra, y si solo hablamos de guerra durante la guerra, no sabremos encontrar la paz.

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