Opinión El Mercurio Viernes 14 de junio de 2019

La Historia es la libertad

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Banter Snaps

La Historia nos hace saludablemente escépticos. El escepticismo surge ahí donde estamos enterados de un universo muy nutrido de hechos.

Hay al menos seis bienes sociales que el enfoque propio de la Historia ha asegurado a lo largo de los siglos. Estos bienes han sido destacados por grandes pensadores de todos los tiempos; es más, la Historia misma como pensamiento, como método y también como sensibilidad es madre e hija de estos seis bienes.

¿Por qué somos capaces de mencionar tal cosa como la Antigüedad o la Modernidad? Nuestra naturaleza mortal nos impide vivir estas distinciones y sin embargo las ocupamos y nos son muy útiles. Y es que la Historia es una forma preferencial de inteligibilidad, una que desborda los límites temporales de nuestras propias vidas.

¿Por qué somos capaces de saber que entre las mil situaciones que nos rodean algunas son permanentes, otras frecuentes, otras episódicas, algunas circunstanciales, excepcionales o anómalas? Porque es el enfoque propio de la Historia el que nos ha orientado a poder determinar cuál es el núcleo, cuál la pulpa y cuál la cáscara. Gracias a esta orientación que se ha llamado clasicismo es que no nos dejamos arrastrar por modas pasajeras. 

¿Pero cómo sabemos que son pasajeras? Por esta misma orientación, la Historia nos hace reticentes a lo que Rilke llamó “los azares del viento”. Al ser capaces de leerla y ser capaces además de jerarquizar sus hechos, la Historia nos hace saludablemente escépticos. El escepticismo surge ahí donde estamos enterados de un universo muy nutrido de hechos. Él nos inocula contra lo inevitable o lo irreversible, porque nos hace incrédulos ante lo que sabemos es un conjunto de datos que está incompleto, porque estos son temporales y no se presentan de forma instantánea o simultánea. 

¿Y por qué es un bien saber que hay asuntos evitables y otros reversibles? Es un bien importantísimo porque en él se funda el ideal realista de libertad. Los mundos aplastados por lo inevitable, esto es, por el mito y la tragedia, pudieron aligerarse este peso por cuanto apareció en ellos esa indeterminación informada que llamamos libertad. Gracias a ella se hicieron menos manipulables y pudieron ir poco a poco rompiendo los ciclos del mito. Las últimas versiones catastróficas del mito fueron los totalitarismos.

¿Quiere decir esto que la Historia es ciega a las tendencias epocales? Por el contrario, la Historia es una maestra de la anticipación. Su combinación de lectura del tiempo, jerarquización de hechos, incredulidad e indocilidad ante los conjuntos de datos incompletos, sin embargo, le permite adelantarse. Es gracias al enfoque de la Historia que el futuro no es un ignoto total, ella es un espejo retrovisor que mirando hacia atrás nos comunica el paisaje general. 

Finalmente, hay una razón que puede parecer menos importante, pero poderosísima, para cuidar el enfoque propio de la Historia. Desde que los occidentales se fueron deshaciendo progresivamente de la esperanza ultraterrena, fue la Historia el paraíso de los laicos y ateos. En ella pudieron concentrarse las buenas famas, y aunque el honor es cada vez menos significativo para algunos, pensar que pueda vivirse sin desear que se tenga buena memoria de uno mismo, aunque sea al interior del círculo más próximo a un simple mortal, puede ser un error que cueste demasiado caro. 

No dudamos que, en virtud de lo dispuesto por la Ley 20.911 del 2016, haya buena fe en la propuesta del Ministerio de Educación aprobada por el Consejo Nacional de Educación en orden a electivizar el estudio de la Historia en tercero y cuarto medio. Sin embargo, hay una tendencia indesmentible que principió con la supresión de la PAA obligatoria de Historia, medición que como se sabe marca a fuego las prioridades en la educación media. La dialéctica que vemos en la Historia obliga a poner sobre la mesa todas estas consideraciones. La educación consiste precisamente en facilitar las herramientas para la libertad, no en entreverarlas en nombre de la libertad.

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