Opinión La Tercera Miércoles 10 de marzo de 2021

Malabarismo 3/3

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

El pangermanismo de Kleist tiene mucho de insoportable para quien no se deje inspirar por lo inexplicable.

En dos entregas anteriores dijimos que la sociedad liberal y democrática tiene una impronta malabarista. Que las filosofías modernas hayan intentado combinar la libertad con la seguridad, por ejemplo, poniendo a veces a ésta por sobre aquella y viceversa, nos muestra que el arte de asir y soltar trata principalmente de eso: combinar.

Hay, sin embargo, en la masa una vocación si es que no un delirio de infalibilidad que pocas sociedades han sabido deconstruir. Recordemos: la coexistencia de dos derechos, el de origen romano (más complejo y especializado) y el germánico (más simple y popular) durante la Edad Media encarnó no pocos choques en torno a la justicia. Catalina de Heilbronn o la prueba de fuego de Heinrich von Kleist, repasa los dilemas de ese doble estatuto. Mientras el derecho oficial de inspiración romana vive ahogado entre documentos, la intuición popular, manifestada simbólicamente en el sonambulismo de una muchacha, a través de pruebas de Dios, de eventos ordálicos, revela la verdad y hace justicia. El pangermanismo de Kleist tiene mucho de insoportable para quien no se deje inspirar por lo inexplicable.

Es notable, por contraintuitivo, que mientras la Inquisición juzgó a supuestas brujas, legando a la posteridad toneladas de documentos procesales, las justicieras turbas, en cambio, que predominaron en el mundo protestante, las hayan quemado por miles sin mayores miramientos. La capacidad del pueblo -que es la voz de la divinidad según el clásico vox populi vox dei- para dictar sentencia es innegable y no por nada la democracia ha sabido aprovecharla. El sistema jurídico ideado por los ingleses entendió pronto que los administradores de la justicia debían compartir la culpabilidad existencial con el pueblo. De ahí que su sistema combinó veredictos populares (el jurado declara inocente o culpable) con precisión tecnocrática (el juez fija la pena). El malabarismo de la civilización inglesa le hizo ver al pueblo que si la justicia terrenal cometía errores lo hacía a cuenta suya. No queda lejos de la consideración de Karl Popper según la cual la voz del pueblo no es la voz de Dios, porque “gracias a Dios las personas raramente coinciden”, lo cual no significa que la opinión general deba ser desoída, sino que no debiera sacralizársela. Muchos jurados han errado y, sin embargo, echando a perder han aprendido. El malabarismo es así, requiere audacia, confianza y, por sobre todo, concentrarse en los detalles de un problema. Siempre queda la alternativa de recurrir al viejo terror, ese que según Robespierre hace de la virtud un hecho y no un deshecho, pero ese bombardeo a mansalva nunca nos retrotrae al cero del Edén: cada nuevo acto de barbarie planta en el paraíso un mal ejemplo, un árbol prohibido adicional. Por eso el malabarismo es en apariencia caótico, impuro pero sabio. Quienes lo practican, como dice Rilke, están permanentemente dispuestos a vivir, aunque se los vea tan presos de sí mismos, tan ajenos al qué dirán.

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