Opinión La Tercera Miércoles 20 de julio de 2022

Regencias anti-diluvianas

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

Vivamos o no en monarquías: cuando no se renuevan a tiempo los cuerpos gobernantes, acabamos en regencias. Estas, si bien anestesian el órgano político, nos evaden del chasco, no impiden el chaparrón.

No se nos hace del todo claro, porque vivimos en repúblicas, pero en las monarquías del llamado Antiguo Régimen se daba un fenómeno conocido como “regencia” (nada que ver con casas de tolerancia o remolienda).

Era un gobierno provisional, algunas veces en las sombras, que resolvía cuestiones ineludibles. Eso, hasta que el verdadero y genuino gobernante alcanzaba la mayoría de edad, momento en el cual podía asumir las funciones propias de su dignidad. Fue el caso, por ejemplo, del rey Luis XV de Francia.

Los radicalizados no soportan estos arreglos palaciegos, pero no por eso son deleznables. Lo que hacían las regencias era asistir al poder hasta que se educara, se hiciera manifiestamente competente, y pudiera salir a la cancha sin mayores peligros. Se hacían necesarias por la siguiente razón: puesto que el título de rey era hereditario (no se concursaba frente a una comisión ni ante el pueblo), resultaba inevitable que un rey lo fuese por derecho, aunque sin estar preparado.

En las repúblicas, en cambio, fenómenos de esa índole son infrecuentes, ¿pues qué pueblo elegiría, pudiendo evitarlo, a un niño para que lo gobernase? Ninguno, a no ser que la corrupción o desafección de los mayores haya sido tanta, tan clamorosas, que, tras filas y filas de candidatos, solo quedase un infante como alternativa.

Terrible, porque el profeta Isaías había proclamado eso, sí, exactamente eso, de que los pueblos carentes de ley están condenados a verse gobernados por niños. De tal suerte que, visto así, las regencias eran una manera secular de amortiguar el anatema de un profeta y poeta satírico.

Es interesante estudiar el motivo por el cual tuvo lugar la famosa regencia de Luis XV de Francia. Su bisabuelo, Luis XIV, más conocido como “El Rey Sol”, gobernó por tanto tiempo que, como un patriarca antediluviano, sobrevivió a hijos y nietos. Uno de los lemas que se le atribuyen era ese “el Estado soy yo” y otro “Después de mí, el diluvio”. Resumiendo: que sin él no habría Estado, vale decir, orden, de lo que sobrevendría una catástrofe. Dicha catástrofe no fue otra cosa que esa “regencia”, que no digamos que lo fuera tanto. Lo que sí fue un desastre, o sea, un diluvio, fue el estallido social que golpeó a Luis XVI (nieto del XV), la célebre Revolución Francesa, de la cual hubo revivals 1, 2, 3, 4… durante el siglo XIX, sin que constitución alguna haya podido evitarlos.

De ahí que algunos hayan hecho los cálculos y sacado la siguiente conclusión, vivamos o no en monarquías: cuando no se renuevan a tiempo los cuerpos gobernantes, acabamos en regencias. Estas, si bien anestesian el órgano político, nos evaden del chasco, no impiden el chaparrón. Lo que pasa, claro está, es que las regencias pueden posponerlos, una y otra vez y por tanto tiempo, que su amenaza se desestima, y se concluye prematuramente que quien dijo “después de mí…” se creía demasiado importante.

Cuando, en realidad, sí lo era. Pues los diluvios pueden posponerse. Si no, preguntémosle a Noé, que hizo el hazmerreír construyendo el arca hasta que…

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