Opinión OPINIÓN / La Tercera Viernes 25 de octubre de 2019

Se hará justicia

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Internet

Sin orden no habrá justicia, pero sin sed de justicia cualquier orden será frágil, cualquier fanático podrá arrastrarnos hacia su callejón, hacia la lógica en que él es lo único que cuenta.

Descartada la tesis de la guerra, o sea, en tiempos da paz, la justicia continúa en el centro de muchas cosas. Los desesperados por causa de la justicia y los fanáticos de la misma no son lo mismo. Los primeros necesitan respirar, los segundos, insuflar; los primeros tienen en el futuro un callejón sin salida; los segundos ofrecen al futuro una única salida. Si se lo piensa detenidamente, esta diferencia, en el momento que vivimos, hace una gran diferencia, pues los primeros son los más y los segundos los menos.

Desde tiempos remotos, la sociedad se remece por grupos radicales que intentan imponer las reglas del juego. Casi siempre, alegando un profundo y escandaloso desequilibrio del que ellos, era que no, son el antídoto. La estrategia ha sido siempre parecida: mostrar la incapacidad manifiesta de quienes detentan algún grado de poder para controlar, precisamente, al grupo culpable de aquel escandaloso desequilibrio, o sea, el grupo contrario. Pero, curiosamente, en la medida que uno crece el otro también, de tal suerte que se va haciendo forzoso complacerlos, o lo que es lo igual, empoderarlos. Esta es la lógica del círculo vicioso de la polarización que es muy difícil de romper cuando se instala. Existe, por supuesto, toda una estética, o mejor dicho parafernalia, que colabora: los casos extremos ocupan todo el espacio, los héroes y los mártires hacen palidecer de vergüenza a los simples mortales, un montón de cobardes que ni conocen su propio domicilio. Todo esto es un viejo negocio que no tiene nada de malo en tanto no olvidamos lo que es y representa, como también, que descansa sobre detalles, que son reales, y que deberían llamarnos a reflexionar, pero no a perder el sentido de la proporción.

La epistemología de los fanáticos, sean de derecha, izquierda, arriba o abajo, está en que ellos no se escuchan más que a sí mismos, o, en el mejor de los casos, a los mismos de siempre. Cada vez que surge una voz disidente la aplacan con la omisión, la indiferencia, la audiencia simulada, el desquite a destiempo o la represión blanda o dura. En rigor, el provecho que puede sacarse en un momento de convulsión como éste, es que todos aquellos no fanáticos —que por cuanto tales se han autocensurado— hablen. Pues, ante los fanáticos, ante su mera presencia censuradora, todos los no fanáticos, todos los que han callado, callan otra vez. El problema es que ellos, quienes precisamente con su moderación custodian la paz del mundo, son los que terminan por estallar, al verse desesperados.

Las definiciones de la política dicen que ella es el arte de lo posible, de lo imposible, pero también de la combinación, que es muy distinto del simple canje. Y el arte de la combinación tiene que ver con evitar los purismos, las soluciones óptimas, es decir, hacer de los fanatismos lo que son: caminos aledaños.

Según se lee, por ejemplo, en su Discurso de instalación, la Universidad de Chile fue erigida con esa premisa, al punto que Andrés Bello colocó en su centro la cita de Andrea Chénier, el poeta revolucionario guillotinado por defender la moderación en tiempos revolucionarios. La revolución es un acto perpetrado por fanáticos, mas con ellos no basta: hace falta, como señala James Madison, la desesperación de los “desgraciados”, pero también la de los “mejores”, agregó Hannah Arendt. Una vez arranca, los fanáticos se hallan por fin a sus anchas. Es entonces cuando los desesperados de protagonistas pasan a espectadores, a títeres, y muchas veces, víctimas.

Porque —y esto es lo fundamental— un desesperado no es siempre y en todo momento un fanático. Un desesperado es el que tuvo que escuchar demasiado a quienes se escuchan solamente a sí mismos. De ahí que los equilibrios nacidos de la alta combinación sean tan fundamentales para un gobierno de la moderación, esto es, para que los desesperados sean los menos aun cuando los fanáticos sean tantos.

Sin embargo, los caminos de la justicia no son baladí, y quienes observaron procesos revolucionarios, como el francés (uno de los más paradigmáticos), entendieron que en esos caminos el orden estaba estrechamente ligado a ella.

El poeta alemán Heinrich von Kleist dijo que la injusticia es el peor de los desórdenes es decir, quien se niega al clamor de justicia, por desordenado que este sea, en definitiva se niega al orden, aun cuando parezca que sí lo pretende. Su compatriota, el también poeta, Johann Wolfgang von Goethe, declaró que el desorden era peor que la injusticia, pues sin él ella no era más que una promesa, con él, una promesa  que podía cumplirse. El primero, que fue un justiciero, fue un suicida. El segundo, en cambio, llegó a viejo e hizo crecer una ciudad, en la que prosperaron el arte, el comercio, la libertad y por sobre todo la justicia.

Sin orden no habrá justicia, pero sin sed de justicia cualquier orden será frágil, cualquier fanático podrá arrastrarnos hacia su callejón, hacia la lógica en que él es lo único que cuenta.

Sin la justicia toda calma es demasiado tensa, descansa sobre los desesperados, esos a cuya capacidad de resistirse ante fanatismos debemos el orden, la paz.

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