Opinión La Tercera Miércoles 14 de septiembre de 2022

Una arista del Rechazo

Joaquín Trujillo Silva |
Foto: Wlliam Rojas

Lo que seguramente ha quedado claro es que en Chile la mayoría juiciosa prefiere medias tintas, o lápiz grafito, porque no se puede de otra manera enmendar rumbos.

Cierto. Chile es un país sensible a la soberbia. También la gente más ruda desarrolla un sensor de precisión nipona a toda muestra de superioridad. Un favor hecho con cierta altanería puede volverse en contra. La paz debe ser sincera si no quiere guerras nuevas. Es uso antiguo, se remonta a tiempos inmemoriales. Ni es cosa de erradicarlo con un experimento académico a guisa de constitución obtenido con la mitad + 1.

Quienes se creyeron la tesis de “la muerte del autor” se preguntarán si acaso los chilenos son incapaces de valorar una obra, un texto constitucional, en este caso, sin ponerse a pensar en la mano fea y odiosa que lo escribió. ¿Sabrán aprovechar un efecto beneficioso nacido de una torpe causa? Parece que no, quizá en buena hora. Porque, planteado en esos términos, lo que la mayoría de Chile sostiene es que la obra es una máscara de otra obra, y puesto que el único Autor propiamente tal es bueno y sus obras a veces malas, ¿qué obras se podrá esperar de autores malvados? Unas mucho peores. Al revés de San Mateo: por sus árboles conoceréis los frutos.

¡Y cuidado! Las razones del corazón son adecuadas para los análisis psicopolíticos, pero pueden ser pésimas consejeras. Si en el caso del plebiscito de salida se quiere aplicar la canción de Luis Miguel según la cual “Si no supiste amar, ahora te puedes marchar”, puesto que lo que se reprochó a los coautores es que no habían escrito su ópera magna con amor, sino odio, no vaya a ser que esos despechados coautores puedan cantar “Vissi d’arte, vissi d’amore”: Viví por el arte y el amor que soy capaz de dar y ¿qué recibí a cambio de mi ópera? ¿Una canción de Luis Miguel cantada por dueñas de casa o por camioneros mientras almuerzan en picadas de carretera? ¡No es justo!

El ambiente argumentativo que envolvió al plebiscito fue que se requerían medidas para mejor resolver, que no bastaba con un texto malogrado ni siquiera para corregirlo, pero que no por eso había que olvidarse del tema constitucional. Es verdad, las declaraciones del gobierno, embarcado en una campaña al filo de la ley, contaminaban dicha atmósfera, pues esas declaraciones nos recordaban (muy ajustadas al artículo 142) que el resultado cerraba el proceso (pésimo chantaje que ahora ordeñan sus opositores más duros). Sin embargo, lo que seguramente ha quedado claro es que en Chile la mayoría juiciosa prefiere medias tintas, o lápiz grafito, porque no se puede de otra manera enmendar rumbos.

Si hasta el Quijote, al regreso de una de sus aventuras, tuvo que recibir los peñascazos de un niño al que había salvado de su agresor en el comienzo de las mismas, ¿qué quedará para hazañas de inspiración lúgubre, sin la santidad del ingenioso hidalgo? Una actitud decente. Como dijo el sabio emperador Octavio Augusto, la mejor venganza es no imitar. Pues lo que están esperando los soberbios escritores de la mala obra es eso, ser emulados, que aflore la soberbia en sus enemigos, de tal suerte que nuestro hipersensible sensor les vuelva a ser propicio. Así, tal cual, como ha sucedido tantas veces.

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