Opinión El Mercurio Domingo 22 de marzo de 2020

Condición humana y conocimiento

José Joaquín Brunner |
Foto: William Rojas

Aunque la ciencia médica contemporánea responde de manera más certera que siglos atrás, aquí estamos, en medio de una nueva pandemia, siguiendo instrucciones similares a las que recibían nuestros antepasados medievales para la peste negra.

En 1348, cuando Carlos IV de Luxemburgo, emperador del sacro imperio romano germánico, un intelectual y diplomático, consultó a la Universidad de París, cumbre de la inteligencia teológica y filosófica de la época, sobre las posibles causas de la recientemente arribada peste negra que hasta 1400 asoló a la región euroasiática del mundo, puso en juego el valor del conocimiento frente a las catástrofes. En ese caso, la más destructiva plaga, de carácter semiglobal, que afectó a casi “todos los pueblos” (pan + demos).

Presumiblemente había llegado desde China, confundida con las caravanas que transitaban por el camino de la seda y luego de navegar desde Caffa en el Mar Negro hasta los puertos del sur de Italia. Se estima que mató a la mitad de la población europea, del Medio Oriente y África del Norte. Como escribió Bocaccio en el Decamerón, aquel era un tiempo cuando hombres y mujeres que “Galeno, Hipócrates o Esculapio hubieran juzgado sanísimos, almorzaron por la mañana con sus parientes, compañeros y amigos, y cenaron por la noche con sus antepasados, en el otro mundo”.

¿Qué respondieron, entre tanto, los maestros y doctores de la Universidad de París, ante la consulta de su soberano? Que la plaga descendida sobre el reino se debía a la triple conjunción de Saturno, Júpiter y Marte bajo el signo húmedo de Acuario, ocurrida el 20 de marzo de 1345. Admitían, sin embargo, la presencia de efectos “que permanecían ocultos aún para los intelectos más refinados”. La medicina, igualmente, fue impotente para detener la peste.

La conciencia popular, por su lado, recurría a explicaciones religiosas —castigo de Dios por los males del mundo, tesis respaldada por la autoridad eclesiástica— y/o a chivos expiatorios, siendo el más común una conspiración judía (el envenenamiento de los pozos de agua). A la peste se sumaron progroms y terribles inquisiciones. Las epidemias son tiempos de rencor, conjetura un historiador contemporáneo.

La peste negra afectó también a los centros educativos, causando estragos en escuelas y universidades. En Francia, “el clero fue diezmado y era difícil encontrar clérigos dispuestos a instruir a los niños”, revela un cronista. Un estudio británico señala que ciertos colleges de Oxford y Cambridge quedaron prácticamente deshabitados. Y otro sostiene que la generación siguiente a la muerte negra (Black Death) experimentó el “declive de las universidades, una escasez de hombres del saber y la amenaza de una extinción del conocimiento”. Un documento de entonces habla de un “precioso acervo de conocimiento que ha sigo devastado por la loca furia de la muerte pestilente”.

Con todo, no cabe juzgar a la baja Edad Media con el miope prejuicio de un positivismo cientificista del siglo XIX, anacrónico por lo demás. Pues como se lee en las crónicas, aquel tiempo—igual que el nuestro—necesitó hacer sentido de una experiencia límite: debió explicar y comprender la terrible catástrofe con las categorías de su propia época y cultura (religiosa) y dar cuenta así de los males que se abatieron sobre la cristiandad.

La muerte se convirtió en una verdadera obsesión en los sermones, el arte y la literatura. Como sugiere un estudio de las mentalidades, a las gentes de esa época “sólo le cabía acudir a Dios, mas no con la serenidad del que cree ciegamente, sino con la desesperación del que duda y se aferra a un sentido que no encanta, pero en cuya existencia necesita confiar...”.

¿Acaso no estamos nosotros abocados a la misma tarea de hacer sentido y explicar (nos) —con los medios a nuestro alcance— la pandemia que cómo una marea va cubriendo el globo entero?

Sin duda, la ciencia médica contemporánea responde de manera más certera y fundada en evidencia, a la interrogante formulada hace siglos por el emperador. Contamos en el sector salud, como en otros —agricultura, industria, educación, ingeniería, militar, etc.— con un entramado científico tecnológico conformado por universidades, empresas y gobiernos que no solo describe y explica el mundo sino que lo transforma y busca controlarlo metódicamente. La investigación acumula conocimiento pero, además, produce vacunas, robots, productos genéticamente modificados, educación virtual, internet de las cosas, armas de destrucción masiva. Incluso, algunos piensan que los enormes avances del siglo XX en el campo de la medicina llevaron a una suerte de fe ciega en la ciencia médica; por ejemplo, a pensar que las epidemias habían sido erradicadas y solo se preservaban como memoria de nuestro pasado subdesarrollo.

Ahora sabemos que esa autocomplacencia moderna, positivista, secularizada, del control total, no es más que vanidad de vanidades.

Efectivamente, aquí estamos, en medio de una nueva pandemia, siguiendo instrucciones similares a las que recibían nuestros antepasados medievales: estricta cuarentena; limpieza de los espacios habitados; lavado de manos, boca y nariz con vinagre y agua de rosas; dietas blandas, evitar excitaciones y enojos, especialmente a la hora de dormir, y mantenerse a distancia de pantanos y lugares húmedos (Tuchman).

Es cierto, ahora sabemos más y la población es incomparablemente más escolarizada. Existe más información y protección. Hay menos miseria e ignorancia.

¿Significa esto que resulta más fácil también hacer sentido de la enfermedad y dar significado a nuestras vidas en medio de la peste? ¿Que la condición humana, apoyada por las ciencias, habría perdido su fragilidad y fugacidad, elevándose sobre las enfermedades y el miedo a morir?

¿O será, como dice Camus al final de su crónica sobre la peste, que los hombres son siempre los mismos y que en ellos hay, a pesar de sus desvaríos, más cosas dignas de admiración que de desprecio?

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