Opinión El Mercurio Domingo 27 de junio de 2021

Educación superior en tiempos inciertos

José Joaquín Brunner |
Foto: William Rojas

Es posible, desde ya, prever que los tiempos que vienen traerán consigo cambios fundamentales de los parámetros dentro de los cuales se desenvuelve, forzándola a reinventarse.

Nuestra educación superior (ES) enfrenta un escenario plagado de incertidumbres. Por lo pronto, en lo inmediato, el gradual tránsito hacia un estadio pospandemia. ¿Significa volver al lugar de donde se partió, o sea, a marzo de 2020? ¿O será, más bien, continuar —bajo otras circunstancias— con la misma falta de certezas de hoy, en una nueva anormalidad? Es probable que el próximo futuro sea más parecido a esto último que a un retorno a la normalidad del statu quo ante covid-19. ¿Por qué?

Porque más allá del control y la domesticación del virus que anda suelto por las ciudades, es posible, desde ya, prever que los tiempos que vienen traerán consigo cambios fundamentales de los parámetros dentro de los cuales se desenvuelve la ES, forzándola a reinventarse.

En el plano docente, su función más propia, se espera un ajuste en profundidad de los modos tradicionales de enseñanza. Internet y la educación en línea serán un vector de este cambio, proceso que ya comenzó, acelerado al máximo por el confinamiento impuesto por la pandemia. En pocos meses hemos aprendido lo que en circunstancias normales habría tomado una década o más. Mas este es solo un aspecto del cambio: habrá que digitalizar el currículo y los métodos pedagógicos; crear centros de preparación de profesores y de objetos de aprendizaje; reorganizar la temporalidad de los cursos y las carreras; rediseñar la evaluación y cultivar fuertemente el auto aprendizaje de los estudiantes. La experiencia formativa en su conjunto mudará.

Será necesario reconfigurar los espacios, los momentos y el sentido de la presencialidad, que seguirá siendo un componente esencial de la experiencia estudiantil. Pero habrá que acomodarla al nuevo régimen de enseñanza y aprendizaje, reconfigurando sus funciones formativas. De modo que, en vez de empobrecerse la jornada de estudio como algunos temen, ella será más variada en cuanto a modos y métodos, lugares y tipos de interacciones, medios y organización de los procesos.

Lo anterior requerirá crear una nueva arquitectura de títulos y grados. La Subsecretaría de ES organizó días atrás una conversación sobre este tema; fue un acierto. Pues como se dijo allí, hay inquietud respecto al futuro diseño de dicha estructura, junto con una gran inercia del edificio heredado. En medio de esa tensión aparecen algunas certezas, sin embargo: la actual estructura de títulos y grados es pesada, engorrosa, anacrónica y demasiado rígida. Hay pues que flexibilizar, alivianar y dar mayor espacio a la diversidad de especializaciones académicas y laborales. Los certificados otorgados deberán ser modulares para adaptarse a los itinerarios formativos que cada persona desee recorrer a lo largo de su vida.

¿Cómo abordar los cambios en curso del trabajo y los mercados laborales? ¿Qué habilidades y tipos de conocimiento requerirá nuestra economía y convivencia social durante el siglo 21? ¿Cómo hacerse cargo de los actuales desajustes entre destrezas demandadas y ofrecidas? ¿Dónde dar cabida a los retos medioambientales, de la diversidad cultural, la cooperación, la responsabilidad democrática, la autodisciplina y el diálogo entre las ciencias, las humanidades y las artes? Responder a estas preguntas desde un punto de vista curricular, pedagógico y de los diplomas es también un desafío cargado de incertidumbre.

Mas no solo faltan certidumbres en el ámbito docente. Las otras funciones de la ES también se encuentran en ebullición y necesitan remodelarse de cara al futuro. ¿Cómo producir nuevos conocimientos necesarios para la innovación? ¿Qué hacer para contribuir más eficazmente al desarrollo local y regional? ¿Cuáles son los mejores medios para contribuir con evidencias a resolver problemas complejos y a la formulación de políticas?

Como ejemplo de lo que puede venir, basta ponderar la crucial importancia adquirida durante la pandemia por las instituciones de ES —universidades, institutos técnicos y tecnológicos, laboratorios y centros de investigación— para concluir que su influencia aumentará en el futuro al convertirse en una pieza esencial del complejo científico-técnico que pugna por tomar el mando de la evolución. Más bien, el riesgo es el de la hubris; la arrogancia y desmesura de creer que el mundo puede y debe ser controlado exclusivamente por la razón técnico-científica y por redes tecno-burocráticas que, como anticipaba Max Weber, desembocaría en una jaula de hierro. Y una larga noche polar.

A todo lo anterior se agrega el hecho de que nuestra ES se mueve incierta en medio de fallas sistémicas. Tenemos un marco normativo contrahecho y una ausencia casi completa de políticas de medio plazo. El financiamiento del sistema perdió dinamismo y sus elementos centrales —costos, precios, subsidios, inversiones, créditos e incentivos— se encuentran desalineados, no aseguran criterios de justicia distributiva, no estimulan la eficiencia y, por el contrario, dañan la efectividad e intensifican el endurecimiento de los intereses corporativos de las instituciones.

Por último, reina una incertidumbre política generalizada; un momento constitucional, de competencia presidencial y parlamentaria y de agitación ideológica que repercute con particular intensidad en las universidades. Ellas son lugares de ideas donde conviven preferencias ideológicas, diferentes generaciones y se preparan dirigentes y modelos de conducción del país. Esto las vuelve especialmente sensibles a la efervescencia política y a los cambios de dirección en la esfera intelectual.

En efecto, la ES ha dejado de ser el hogar de las élites. Como nunca antes se ha convertido en parte del estado llano. Ha salido del paraninfo para envolverse en los ruidos de la calle y hacerse parte de los aparatos de producción. Ha abandonado pues la seguridad —si alguna vez existió— de los claustros para volverse parte de las incertidumbres de nuestra época.

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