Opinión El Líbero Miércoles 24 de febrero de 2021

Frente Amplio: una trayectoria malograda

José Joaquín Brunner |
Foto: William Rojas

Estamos ante un Frente que se agita continuamente, cuya identidad es borrosa, cuya composición no logra estabilizarse y que, en vez de crecer y expandirse, se fragmenta y va dejando tras de sí restas y siglas que desaparecen sin siquiera hacer ruido.

Según puede apreciarse, estamos ante un Frente que se agita continuamente, cuya identidad es borrosa, cuya composición no logra estabilizarse y que, en vez de crecer y expandirse, se fragmenta y va dejando tras de sí restas y siglas que desaparecen sin siquiera hacer ruido. El resultado es que nadie sabe, a ciencia cierta, en qué consiste en cada momento el FA, cual será su próximo desprendimiento y qué representa dentro de la sociedad. He ahí el segundo problema.

Por un breve tiempo, el Frente mostró ante el público un elenco de figuras mediáticas; un abigarrado conjunto de imágenes de TV: Jackson, Boris, Mayol, Beatriz, Florcita Motuda, Pamela Jiles, Jorge Sharp, Pablo Vidal y unos pocos más. Varios ya no están siquiera  bajo el mismo techo. La idea de que se trataba de una elite de ‘nuevas caras’ que venía a renovar la política chilena con su espíritu juvenil, sin las mañas de los viejos políticos y sus desgastados hábitos, todo eso—que por un momento brilló en las pantallas y reverdeció el espectáculo de la política—hoy se ha desdibujado y el crédito  del FA se ha ido al suelo. Los liderazgos se han vuelto opacos y la elite misma del FA, a pesar de la encendida prédica anti-elitaria, se ha convertido en una administradora de pequeñas cuotas de poder. Últimamente los propios dirigentes han fracasado en movilizar a sus esmirriadas bases para obtener de ellas su mandato o un voto de respaldo. La gobernabilidad del Frente y de sus varios componentes aparece así mínima y cuesta imaginar a sus dirigencias a cargo de tareas más complejas de conducción del Estado. Y, está claro, esa inmadurez no se debe a la edad ni corresponde al de una generación que haya carecido de oportunidades de formación política. Al contrario, han gozado de una abundancia de ellas durante los treinta años de democracia.

Lo cual nos lleva a un tercer problema: la identidad del FA como fuerza política de izquierda se ha deteriorado rápidamente, en especial después del estallido del 18-O. En ese momento el Frente quedó atrapado en el dilema del oportunismo frente a la violencia; si acaso rechazarla frontalmente junto con las demás fuerzas progresistas en defensa de la democracia, o bien, restarse mientras la violencia andaba suelta por las calles y no se podía saber si abriría un atajo revolucionario hacia el poder. El resultado fue la división interna del FA y, externamente, quedar situado próximo al polo comunista con su idea—ya una vez fracasada—de combinar todas las formas de lucha, incluida las violentas, para  imponer un cambio de régimen a la sociedad.

Ese giro del FA no fue, sin embargo, un producto del momento sino que venía precedido de un error de visión que constituye el cuarto problema del FA. Esa visión equivocada corresponde a la sensibilidad de un sector de la izquierda chilena cuyo relato es que el país vive, desde hace treinta años, una continuación apenas velada de la dictadura, bajo un mismo modelo neoliberal de desarrollo y una democracia que no es tal y por lo mismo no merece defenderse. Tal diagnóstico, cada vez más alejado de cualquiera comprensión racional de las transformaciones de la sociedad chilena, paraliza al FA ante el fenómeno de la violencia y lo mantiene en una suerte de limbo intelectual, sin poder decidirse entre la ruptura o la reforma democrática, el polo socialdemócrata o el comunista, la renovación de los métodos de la política o su sustitución por un movimientismo social que invoca a un ‘nuevo pueblo’ nacido de las muchedumbres que protestan en las calles.

Alli anuda el quinto, y último, problema que atraviesa al proyecto del FA, junto con su inestable organicidad, ausencia de liderazgos, confusa identidad ideológica y equivocado diagnóstico de la sociedad. ¿Cual es? Encontrarse situado hoy, como resultado de los anteriores problemas, en una zona de alta turbulencia del campo político chileno; esto es, en la zona de lucha por la reconstrucción de las izquierdas cuyo proyecto histórico aparece agotado, no sólo en Chile, sino a nivel internacional, al menos en Occidente. Pero allí, en esa zona de lucha político-cultural, su posición, como vimos, es inestable y marginal, debido al debilitamiento de su cuadro orgánico e ideológico interno. Adicionalmente, su escasa gobernabilidad y el bajo rendimiento de su elite lo ponen en desventaja. Y sus limitados e inorgánicos militantes y recursos e intelectuales, por último, le restan peso y capacidad de maniobra.

En vez de lo que imaginó el Frente al nacer hace tres años, de que sustituiría al progresismo de las tres décadas anteriores y, en la pugna entre lo viejo y lo nuevo, rápidamente sobrepasaría al PC en inserción social y proyección de masas, la verdad es que hoy se ve con escaso dinamismo y estacionado a la sombra del polo comunista, donde concurre sin candidata o candidato, sin ímpetu renovador, sin burocracias partidarias efectivas y sin organización en el seno de la sociedad civil. Es un socio menor. 

Simultáneamente, su constante campaña contra la ex Concertación y los partidos de centroizquierda, a los cuales busca arrinconar y sitúa, absurdamente, del lado de la derecha y la dictadura, ha alienado al FA de la cultura democrática de centroizquierda que derrotó a la dictadura y transformó a la sociedad chilena. Presa de una suerte de euforia generacional, el Frente rompió con el pasado progresista y terminó enclavado, como una expresión posmoderna, junto al vetusto PC. 

Poco se puede esperar en el futuro inmediato de esta alianza entre lo más leve y lo más anticuado, sobre todo en el terreno ideológico. Apunta hacia una suerte de rebelión de las muchedumbres que daría a luz una ruptura, abriendo paso—no se sabe cómo—a un vago socialismo estilo siglo 21, cuyas expresiones iniciales—chavismo en Venezuela, orteguismo en Nicaragua, correismo en Ecuador—parecen todo menos un modelo a imitar.

Para las izquierdas chilenas es una ocasión-de-renovación más desperdiciada por la lógica de fracciones, grupúsculos, movimientos y líderes políticos más preocupados por imponerse unos sobre otros que de ganar mayorías para el cambio democrático de la sociedad.   

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