Opinión El Mercurio, 28 de noviembre de 2016

Ideología ciega frente a hechos positivos

José Joaquín Brunner |

Durante los últimos días, dos fuentes de reconocida independencia -una internacional, la otra local- ofrecen datos que confirman el dinamismo de la educación superior chilena y su favorable comparación dentro de América Latina y en el mundo.

No debe extrañar que un estudio independiente externo valore positivamente el desempeño del sistema chileno. Anualmente, el ranking internacional de Universitas 21.

La revista inglesa Times Higher Education, en conjunto con un prestigioso centro de educación global del University College de Londres, concluyen que hay un grupo de naciones cuyos sistemas nacionales de educación superior poseen un interesante desarrollo y potencial. Se trata de los países que forman el grupo que allí se denomina TACTICS: Tailandia, Argentina, Chile, Turquía, Irán, Colombia y Serbia. Todos muestran un fuerte crecimiento de sus tasas de participación en este nivel de la educación y significativos avances en el número e impacto de sus publicaciones científicas y técnicas.

Chile destaca especialmente dentro de este grupo. A su turno, el informe subraya la superioridad relativa de este grupo respecto de los países BRICS -Brasil, Rusia, India, China y África del Sur-, en este ámbito crucial para el futuro de las naciones.

No debe extrañar que un estudio independiente externo valore positivamente el desempeño del sistema chileno. Anualmente, el ranking internacional de Universitas 21, un consorcio integrado por igual número de prestigiosas universidades de investigación del mundo, ubica a Chile en una posición expectante. En 2016 aparece justo debajo de Hungría y Polonia y a la cabeza de los cuatro países latinoamericanos evaluados; esto es, delante de Brasil, Argentina y México, además de una serie de otros países, como Grecia, Serbia, Rumania, Tailandia, Turquía, Croacia e Irán.

Este ranking incluye variables de recursos, medio ambiente regulatorio, resultados de la docencia e investigación, y de vinculación con el medio local e internacional.

A su turno, el jueves pasado se publicó el Ranking de Calidad de las Universidades Chilenas 2016, elaborado por el Grupo de Estudios Avanzados Universitas y "El Mercurio". Este estudio compara la trayectoria de nuestro sistema durante el último lustro. Confirma su dinamismo, un gradual mejoramiento de su calidad y un número cada vez mayor de universidades preocupadas por la investigación académica, la enseñanza de posgrado y la acreditación institucional y de carreras.

Más allá de las limitaciones que poseen estos tipos de rankings , resulta sorprendente observar qué tan positivos análisis de nuestro sistema no forman parte del diagnóstico del Gobierno y se hallan ausentes del debate sobre la reforma universitaria. ¿Se debe esto a que el dinamismo registrado por estos estudios y las alentadoras comparaciones serían muy recientes y, por ende, no se conocen suficientemente?

¡Para nada! Reportes similares vienen apareciendo desde hace un buen tiempo. Y pueden corroborarse con una amplia batería de datos provenientes del Sistema de Información de la Educación Superior (SIES), las estadísticas de Índices -ambas fuentes nacionales oficiales- y de organismos internacionales, como la OCDE y la Unesco.

Más bien, la ceguera frente a este tipo de información y análisis procede de una resistencia ideológica, en el sentido de una falsa conciencia, de prejuicios infundados y de una preferencia por diagnósticos negativos que justifiquen medidas ya adoptadas o por adoptar.

Exactamente así ha procedido la autoridad educacional y sus técnicos asesores. Los documentos ministeriales y propuestas legales -proyectos de ley y glosas- carecen de una justificación racional, no se basan en la evidencia disponible y no consideran los análisis locales e internacionales que contradicen dicha ideología.

Los resultados de haber aplicado este sesgado enfoque son conocidos. El sistema está confundido y comienza a perder dinamismo, según muestra el ranking local citado anteriormente, cuyos indicadores más recientes retroceden o se estancan tras cuatro años de progresiva alza. A su turno, esto podría explicar por qué en 2016 Chile desciende dos lugares en la tabla de posiciones del ranking internacional Universitas 21, aunque mantiene el liderazgo regional.

Además de frenado y perplejo, nuestro sistema se halla dividido en torno a los intereses corporativos de los diferentes grupos de instituciones; la colaboración para la gobernanza del sistema ha retrocedido y este arriesga perder el rumbo.

En efecto, los complejos desafíos surgidos como producto del crecimiento y el mejoramiento del sistema se encuentran desatendidos. El modelo de enseñanza, rígido y costoso, no se ha renovado. La política y administración de las ciencias se desordenó y da señales de una aguda fatiga burocrática. El régimen de acreditación necesita ponerse al día. La enseñanza técnica debe vincularse con los sectores productivos. El esquema de financiamiento ha perdido coherencia con efectos desestabilizadores. La gratuidad implementada adolece de problemas de diseño y financiamiento. La gestión ministerial parece estar completamente desbordada. El proyecto de educación superior -pieza vital de la reforma- se ha convertido en una tragicomedia de improvisaciones.

Llega, pues, la hora de reponer un diagnóstico realista y de trabajar en un proyecto serio de reforma.

Será necesario rectificar la política de la actual administración que tensiona al sistema y daña su dinamismo y potencial de desarrollo. Y reemplazarla por una estrategia sustentable de mediano plazo, que haga frente a los nuevos desafíos.

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