Opinión El Mercurio Viernes 4 de diciembre de 2020

Metamorfosis de los partidos

José Joaquín Brunner |
Foto: William Rojas

Sus vínculos con la sociedad civil son cada día más transaccionales: ofrecen beneficios a cambio de la atención de los electores.

La magra participación en las elecciones primarias es un dato adicional de la crisis de los partidos. Los militantes son escasos y muestran poco entusiasmo. Los dirigentes apenas inciden en la deliberación pública. Entre base y directivos opera la máquina o aparato que mueve las palancas del poder interno y cuyos miembros esperan acceder a empleos del sector público.

Sobre todo, los partidos han dejado de interpelar ideológicamente a la población; no ofrecen marcos de interpretación para entender el mundo en que vivimos y sus posibilidades de mantención o transformación. Sus vínculos con la sociedad civil son por eso cada día más transaccionales: ofrecen beneficios a cambio de capturar, por un instante, la atención de los electores.

¿Qué alternativas hay para los partidos en este ambiente de progresiva desinstitucionalización y desintegración de la acción colectiva?

Fácilmente pueden convertirse en plataformas asociativas para personas con ambiciones emprendedoras en la esfera política, cada una con sus redes locales de poder, que se acoplan sueltamente para alcanzar metas individuales de cargos e influencia. Este modelo del partido-emprendimiento, con gestores a cargo de promover sus propios intereses ante el público televidente, la masa electoral y en las redes sociales, ya está instalado entre nosotros, de derecha a izquierda. Es hijo de la sociedad del espectáculo y los liderazgos mediáticos que construyen su popularidad causando asombro o indignación. Es la antesala hacia una (pseudo)democracia de los carismas.

En contraste con el anterior modelo —en sus antípodas, por así decir—, existe la posibilidad del partido-secta, conformado por un grupo que atesora una fuerte subcultura, una memoria histórica o un sentido misional de poder. Sociológicamente hablando, estos colectivos son habitualmente minorías activas, jerarquizadas, que comparten un sello distintivo y aspiran a una redención comunitaria. Poseen una fuerte disciplina, verticalidad del mando y accionar cohesivo. Su intensa secularización (desaparición del mito fundante) transforma a este tipo de partidos en burocracias de adeptos donde prima la lealtad al aparato orgánico como tal y al estrato de funcionarios directivos. Frente a nosotros tenemos hoy este modelo en diversas fases de evolución: sectas en formación, en estado de conservación o en declinación mecánica.

Ninguno de estos dos modelos ofrece una respuesta satisfactoria para la crisis de la estructura tradicional de los partidos. Ambos apuntan más bien hacia democracias sin partidos, donde los roles de intermediación política son asumidos ya bien por emprendedores que pugnan por visibilizar sus liderazgos personalizados o bien por organizaciones que recorren el camino desde sectas iluminadas a osificadas burocracias.

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