Opinión El Mercurio Viernes 24 de enero de 2020

Normalidad: ¿de qué hablamos?

José Joaquín Brunner |
Foto: William Rojas

La calle aspira a un mejor Estado de bienestar y a un programa socialdemócrata en la medida de lo posible. Aspira, pues, a una normalidad modificada.

Un aspecto importante de la crisis es la disputa en torno a lo normal. “Me apesta tu normalidad”, dispara un grafiti en plena Alameda, invocando un rechazo al orden burgués, sus abusos y la mercantilización de la sociedad.

Normal, sin embargo, es aquello que sirve de norma o regla, volviendo previsibles las interacciones cotidianas. Crea un sentido de lo habitual u ordinario, sin el cual la existencia sería imposible. Para la sociología clásica, normal es lo ajustado a las expectativas socialmente construidas. Actuamos en función de aquello que los demás esperan de nosotros en nuestros roles como profesionales, padres/madres de familia, miembros de un club, empleados, estudiantes, vecinos, ciudadanos.

Somos actores sociales: seguimos reglas, guiones y los ritos de nuestra clase y cultura. “Todo el mundo es un teatro, y todos los hombres y mujeres solo actores”. Según Goffman, el más dramatúrgico de los sociólogos del siglo XX, el poder normalizador de las reglas de la interacción humana sustenta el orden social, pero, además, facilita la cooperación y confianza.

Con todo, hay ocasiones en que la normalidad es percibida como demasiado rígida, estereotipada, clasista, sexista, represiva o estrecha. Según podía leerse en las paredes de la Pontificia Universidad Católica durante los días calientes: “la normalidad es violenta”. Dos analistas comprometidos con la protesta agregan: “violenta normalidad a la que los chilenos no quieren volver”.

El supuesto es que existiría un difundido anhelo de transformación radical que incluye el modelo de desarrollo, el régimen político, a las élites dominantes, las distinciones de estatus y a nuestra cultura autoritaria. Se trataría de “cambiar la vida”, instaurando de raíz una nueva normalidad. “Queremos el mundo... y lo queremos AHORA!!”, dice otro grafiti de la ciudad enrabiada. Es el grito utópico que acompaña cada amanecer de la imaginación revolucionaria, cuando, según el poeta, es una dicha estar vivo y ser joven es celestial.

Tal ideal romántico no inspira, sin embargo, a la protesta chilena según la reciente encuesta CEP. Más bien, la calle aspira a un mejor Estado de bienestar y a un programa socialdemócrata en la medida de lo posible. Aspira, pues, a una normalidad modificada; no a un desorden donde todo va y se impone el más violento.

La vida en sociedad necesita normalizar los comportamientos en torno a expectativas recíprocas, regularidades, roles, contratos. No tolera el fervor revolucionario ni menos la anarquía. Los mismos revolucionarios, cuando acceden al poder, son implacables con disidentes y violentos. Y rápidamente imponen su propio orden policial.

En breve, ni anomia ni un Leviatán dictatorial. Solo necesitamos una normalidad que admita el cambio y la adaptación.

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