Opinión El Mercurio Domingo 10 de julio de 2022

Violencia escolar: desorden en la sociedad

José Joaquín Brunner |
Foto: William Rojas

El profesor, cuando ya no es autoridad y renuncia a ejercer su rol magisterial, no puede cumplir su función de educación moral. ¿Cómo se restituye un orden (simbólico, moral, formativo) en estas condiciones?

Últimamente, la violencia en los centros educacionales ocupa un lugar destacado en la agenda pública. Sin embargo, ella no es más que un síntoma de una alteración del cuerpo social; no la causa de esta.

En efecto, hay un estado anómico (sin normas) en nuestra sociedad, un desorden de base, que se expresa, entre otros, por comportamientos violentos, incluso en la esfera educacional.

Desde su origen en el siglo XIX, la sociología viene lidiando con esta cuestión: la construcción, mantención y destrucción del orden en las sociedades modernas. Como dice un famoso sociólogo contemporáneo: la sociología trata sobre el problema del orden (J. Alexander) y sus transformaciones.

A su turno, la educación tiene un rol fundamental en la creación del orden tanto a nivel personal (conducción de la propia vida), como a nivel interpersonal (integración social).

Pues bien, ¿qué decía la corriente principal de la sociología sobre el orden hasta mediados del siglo pasado? Sostenía que en Occidente, aquel y su contenido normativo se apoyaban en una tríada de instituciones: familia, escuela e iglesia. Estas funcionaban como anclas al sujetar a las personas a un fondo cultural compartido.

El sociólogo Ralf Dahrendorf habla de “ligaduras”, vínculos asociados a ciertas unidades básicas a las que los individuos pertenecen no por elección, sino por inscripción forzada: hogar, sexo, generación, clase social. La escuela comparte este último carácter, al socializar e integrar a los individuos en unos lenguajes, códigos, disciplinas, tradiciones, hábitos, relatos y comprensiones del mundo y de sí mismos.

La idea con que trabaja la sociología actual es que este orden triádico se ha ido desvaneciendo a medida que ingresábamos en la posmodernidad.

La familia ha mutado hacia una variedad de tipos y situaciones de relaciones humanas inestables; la escuela ha cedido parte de su espacio a los medios de comunicación y a las redes sociales; las religiones se han secularizado y las iglesias perdido crédito institucional. Todo se vuelve optativo, líquido, contractual.

El psicoanalista y ensayista italiano Massimo Recalcati (“El complejo de Telémaco”, 2014) da cuenta así de la nueva situación educacional: el lugar de los adultos queda vacío, hay ausencia del padre (símbolo de la ley), su figura se evapora, dice él. La función simbólica de las instituciones desaparece.

Los síntomas distintivos del malestar en la cultura juvenil son toxicomanía, pánico, depresión, adicciones patológicas, anorexia, bulimia, etc. Las formas de violencia —física, moral y simbólica—, agregamos nosotros, hacen parte de la misma sintomatología. Hay, para decirlo en breve, un desvanecimiento del sentido y significado de la autoridad.

Freud señala por ahí en sus escritos que las personas sienten vacilar el mundo entero cuando la autoridad parece amenazada, fenómeno que entre los adolescentes y los jóvenes es todavía más agudo y complejo. ¿Por qué? Porque la falta de orden simbólico —autoridad, jerarquía, límites y rangos— implica que frente a ellos solo tienen la imagen de sí mismos y que sus deseos y demandas pueden expandirse ilimitadamente, sin resistencia alguna. Cuando se ahogan las jerarquías, síguese el caos, exclama el Ulises de Shakespeare en “Troilo y Crésida”.

La institución educacional corre la misma suerte. El profesor, cuando ya no es autoridad y renuncia a ejercer su rol magisterial, no puede cumplir su función de educación moral. ¿Cómo se restituye un orden (simbólico, moral, formativo) en estas condiciones?

Hay quienes ven un grado tan avanzado de disgregación del orden que solo conciben acelerar su destrucción. Según decía Bakunin, revolucionario anarquista ruso (siglo XIX), en vez de recuperar instituciones enfermas, había que terminar por desmantelarlas.

De esa manera podía acabarse con el gobierno y luego seguir con la iglesia, las Fuerzas Armadas, los colegios y la banca. A ratos, el espíritu de nuestro octubre de 2019 andaba por ahí; los muros del centro de la ciudad son testigos.

Durante el último medio siglo, pero desde una perspectiva pacífica, dos visiones plantean aspiraciones similares. Por un lado, desescolarizar la sociedad, propuesta de Ivan Illich (1971), acompañada por la creación de múltiples espacios formativos privados en el seno de la sociedad civil.

El propio Illich la desahució al final de su vida. Por otro lado, la utopía neoconservadora/neoliberal de radicar la educación en los hogares (home schooling) o en los mercados, sin intrusiones del Estado.

En dirección opuesta se movilizan los regímenes que aspiran al control ideológico total sobre la población. En este caso, una educación fuertemente institucionalizada y gobernada burocráticamente debe hacerse cargo de socializar valores, ideales, motivos, conocimientos y conductas exigidos por el Estado.

Así las grandes revoluciones del siglo XX, tras alcanzar el poder total, rápidamente rejerarquizaban las sociedades, creaban rangos, reclutaban elites y sometían a la población a intensos procesos pedagógicos. El orden lo era todo; las autoridades se volvían inexpugnables.

En medio de estas utopías y distopías, las democracias liberales buscan crear contextos para que la educación opere como una fuerza centrípeta de integración social en un cuadro cultural pluralista donde coexisten dioses, valores, orientaciones e ideologías en un ancho espectro cultural. Intentan, por tanto, igual como nosotros —sin éxito por ahora— asegurar un clima de orden, estabilidad y disciplina para los colegios y respaldar, por todos los medios posibles, la autoridad de los profesores y la profesión docente.

Los fenómenos anómicos y de violencia destruyen estos esfuerzos, tornando aún más difícil la construcción de un orden que asegure la integración social. Sin él, también la educación se desordena.

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