Opinión El Mercurio, 13/02/2011

La caída del Faraón

Harald Beyer |

Hace tan sólo unos meses nadie podía haber anticipado lo que ocurrió el pasado viernes en Egipto. Después de treinta años en el poder Hosni Mubarak abandonó la presidencia. Entregó el poder al ejército y su situación dejó en evidencia que los regímenes autoritarios tienen cada vez menos posibilidades de contrarrestar la voluntad ciudadana. Un período de 18 días de protestas en general pacíficas, aunque salpicadas de algunos episodios violentos, demostró ser un instrumento poderoso para frenar a esos regímenes. Por cierto, sería ingenuo pensar que este camino siempre producirá los resultados deseados. Después de todo hay todavía muchos gobiernos no democráticos en el mundo que están lejos de ser amenazados por levantamientos populares. No hay una única razón para ello, pero el caso de Egipto sugiere que una vez que se asienta un impulso democratizador en la población este es muy difícil de detener, aun si las grandes potencias, como parecía suceder en este caso, estaban cómodas con el equilibrio que ahí se había alcanzado en las últimas décadas.

Ahora que se inicia una etapa de incertidumbre, propia de los procesos de transición, las potencias y, sobre todo, Estados Unidos, lamentarán haber aceptado la inercia que suponía el gobierno de Mubarak y no haber empujado más por reformas democráticas. Como consecuencia de ello su capacidad de influencia será muy limitada. Hace un tiempo, en un interesante ensayo, Francis Fukuyama explicaba su distanciamiento del movimiento neoconservador estadounidense. Uno de los puntos que levantaba era la renuncia de este a influir por medio de las ideas y el apoyo a organizaciones pro democracia en diversos países autoritarios o dictatoriales para generar conciencia respecto de la relevancia de las instituciones de la democracia representativa y crear capacidades para liderar una transición cuando emergiera la oportunidad. Esa mirada tan central en los inicios del movimiento neoconservador influyó mucho en la política exterior estadounidense y fue clave en procesos democratizadores en distintos lugares del mundo. Chile fue, en su momento, un ejemplo exitoso de esa forma de actuar. Es muy probable que los futuros eventos en Egipto dejen en evidencia que fue un error significativo haber renunciado a ese importante ingrediente de dicha política.

Son tres los actores relevantes para definir el futuro político de esta nación de más de 85 millones de habitantes: el ejército, la Hermandad Musulmana y, en menor medida, la Asamblea Nacional para el Cambio dirigida por el Premio Nobel de la Paz, Mohamed el Baradei. El ejército, al legitimar el movimiento ciudadano al término de la primera semana de protestas, abortó cualquier intento de Mubarak por aferrarse al poder. Desde ese día las posibilidades de que éste permaneciese en su cargo se redujeron significativamente y aumentó la presión nacional e internacional para que la transición comenzase a gestarse de inmediato. Su relevancia, tanto en términos de personas como recursos, y la legitimidad alcanzada en el último tiempo, hacen impensable que no juegue algún papel en la transición. Un aspecto positivo es que su liderazgo no parece estar pensando en una solución alternativa a la democracia.

La Hermandad Musulmana es la organización política y de la sociedad civil con más influencia y adherentes en la sociedad egipcia. Es quizá la fuente de mayores dudas, porque conviven en su seno diversas visiones, algunas radicales, que hacen temer por la estabilidad de la región que Mubarak de alguna manera garantizaba. Sin embargo, la historia de esta organización no necesariamente describe su presente ni menos su futuro. Sus miembros más jóvenes valoran la democracia y la estabilidad de la región y, de hecho, aparentemente el modelo turco les resulta de interés. Algo de esta mirada más moderna estuvo presente en los días pasados. El movimiento estuvo disponible para discutir reformas constitucionales democratizadoras en algún momento durante estos dieciocho días de protesta. Si ese espíritu se mantiene la posibilidad de que se asiente una democracia en Egipto crece, proceso que podría impulsar una ola democratizadora en una región que tanto se ha resistido a ella.

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