Opinión La Nación , 11 de abril de 2004.

Las instituciones no funcionan

Harald Beyer |

Las turbulencias en la Alianza por Chile son el signo de fallas estructurales del sector. Y también pueden ser un elemento desestabilizador del desarrollo del país a largo plazo. Así lo plantea uno de los intelectuales más connotados del Centro de Estudios Públicos y, por tanto, voz escuchada en la elite.

La señorial casona del Centro de Estudios Públicos, ubicada en el corazón de Providencia, tiene más un aura de placidez que de poder. Su césped bien cuidado, las Subaru Legacy relucientes y bien estacionadas, en fin, los árboles y enredaderas, determinan el estilo del que es el think thank más influyente entre las élites. Su director, Arturo Fontaine Talavera, es miembro del Consejo de Redacción de El Mercurio, pero a la vez cercano al Segundo Piso de La Moneda. Y su presidente, Elidodoro Matte Larraín, es cabeza de una de las familias más ricas y tradicionales de Chile.
El CEP, ideológicamente hablando, se asume como el reducto de la ‘derecha liberal’, un grupo con más status, reputación y buena prensa, que peso histórico (pienso en el gobierno de Pinochet), o representación política efectiva. Lo de ellos son los papers, la academia, las tertulias sobre literatura filosofía y bellas artes. La reflexión intelectual antes que el proselitismo, el buen gusto antes que el consumo conspicuo, el foro antes que el mall.
En ese reducto, dentro de una modesta oficina, trabaja Harald Beyer, un economista postgraduado en Estados Unidos, que las oficia como coordinador académico. El peso específico que el CEP ha logrado direccionando el debate público, radica en el prestigio de sus investigaciones, las que necesariamente pasan por el escritorio de Beyer. Como pocos, él ha construido una mirada compleja y multidisciplinaria de los temas públicos, donde la política no es la excepción.

-Usted hablaba en su columna en Capital de que el conflicto en la derecha fue una derrota de Longueira en su intento de institucionalizar a la derecha a través de los partidos. ¿Eso es bueno o malo para la democracia?

-Es malo. Más allá del proyecto particular de Longueira, creo que lo que él pretendía era dar una institucionalidad a la derecha, sector que siempre ha carecido de ella. De alguna forma lo estaba logrando y esto es un retroceso.

-¿Y en qué sentido es negativo para el sistema?

-Cuando no hay partidos fuertes, el proceso de deliberación se realiza al margen de los representados, de la ciudadanía. Y entonces priman los intereses de otros sectores, que son intereses privados, visiones únicas. Y en ese proceso es difícil el espacio para detectar la facticidad. Hay también menos espacio para detectar la verdadera intención de los actores políticos y que estos reflejen transparentemente sus intereses. Los partidos políticos, al final son instituciones que se nutren de distintas visiones, y que en el proceso de deliberación de todos los intereses que están dispersos en la sociedad, finalmente responden con su votación en el Congreso. Transparentan el proceso de deliberación, lo hacen público más allá de cuales sean sus posiciones, porque tienen que dar cuenta de esta ante sus electores.

-¿No es una paradoja que la derecha, cuyo valor superior es el orden, sea una fuerza menos institucionalizada que otros actores políticos?

-Creo que el orden es uno de los tantos valores que caracterizan a la derecha.

-Al menos es el principio rector.

-Claro, es uno de los valores centrales. Pero creo que en el fondo es justamente esa demanda por orden la que explica que, frente al menor conflicto, se trate de solucionarlo con un golpe de autoridad. Esa centralidad que tiene el valor orden hace que estos golpes de timón se tomen y no se canalicen por los mecanismos institucionales propios para resolverlos, como deberían ser las elecciones al interior de los partidos.

-¿Ese es un temor a la diversidad, también?

-No, lo que creo grave del fracaso del proyecto de Longueira es que la derecha ha tendido a no institucionalizarse y entonces hay voces importantes que no están en los partidos. Cuando la solución va a través de los partidos ese grupo reclama porque se siente excluido. La solución real para fortalecer a la derecha y fortalecer la democracia debería ser a través de los partidos. Ese grupo tiene que aprender a convivir con el mundo de los partidos y competir con esas reglas, con las que todavía no compiten.
“La derecha tradicionalmente ha tenido candidatos independientes, Lavín es el primero en muchas décadas -y eso es lo paradójico-, que viene del mundo de los partidos. Pero apenas surgen conflictos pasa a ser un candidato independiente, con una estructura donde los partidos entran con dos representantes de un total de cinco”.

-Justamente usted hablaba de que este directorio de Lavín, los samurái, tenía más acciones en el poder total que los propios partidos de la Alianza. ¿Cómo se proyecta eso a un eventual gobierno de la derecha?

-Es muy difícil predecirlo. El punto está en que hay una cierta confusión en el mundo de la derecha que tiene que ver con una visión muy tecnocrática de la política. Da la sensación que creen que van a asumir el gobierno, van a elegir a los mejores técnicos y estos van a poder ordenar a los parlamentarios. Y es discutible que sea así.

-¿Es una ingenuidad?

-Un poquito una ingenuidad. Y también hay un cierto desconocimiento de cómo funcionan los intereses del mundo parlamentario. No es claro que el mundo parlamentario de la derecha tenga incentivos reales de alinearse respecto de todos los temas que los tecnócratas de la derecha estiman que sean buenos para el país. Los intereses de los políticos son muy distintos. Tú puedes ver, con temas como el royalty, que a pesar de que los grandes líderes de la derecha dicen que es un desastre, hay un montón de parlamentarios de la UDI y de RN sumándose a la propuesta de la Concertación.

-Sin duda eso ocurre con los representantes de regiones.

-Por supuesto, porque el electorado de ciertas regiones es partidario de aquello. La dinámica de representación parlamentaria hace que los incentivos de estos parlamentarios no necesariamente coincidan con una visión técnica. Y eso, creo que la derecha no lo ve con suficiente claridad.

-¿Lavín y su círculo son cuadros tecnocráticos por excelencia?

-Claro, por eso no ven con claridad este problema. En el fondo el político tradicional que ellos se imaginan es Julio Dittborn, que también es tecnócrata. Pero no están pensando en el político que viene de regiones, que está más alejado de esta tradición. Ellos se armaron por su trabajo en el gobierno militar, por los que estudiaron juntos, etc, pero el mundo político es un poquito más complejo.

-¿De ahí tal vez viene la crítica de la falta de peso de Lavín como estadista?

-Claro, hay una falta de conocimientos de todas estas personas de lo que es una democracia real, de cómo se tiene que alinear la coalición en un sistema binominal. Está visión de la derecha de mirar supuestamente temas técnicos, no es cabal. Las fuerza de los partidos permitía que la derecha comenzara a entender esto mejor y que se tradujese en una forma distinta de hacer política. Es cierto, al descabezar los partidos Lavín eliminó todos los roces que había, y eso tiene un beneficio a corto plazo evidente. Pero desde el punto de vista del funcionamiento a largo plazo de la derecha, y de un eventual gobierno, no es tan bueno.

El empresariado ideológico

-Desde el punto de vista del desarrollo estratégico del país ¿es bueno que el empresariado tenga tan inclinados sus afectos políticos hacia la derecha?

-Creo que no es bueno, pero eso va a cambiar en el futuro y de hecho está cambiando.

-Pero en Icare, la semana anterior, aplaudieron a Longueira a rabiar y pifiaron a Martner...

-Eso tiene que ver con la historia del país. En países como Francia o España tampoco hay una gran proporción de empresarios con sensibilidad de izquierda, pero son menos ideológicos.

-Lo extraño de esto es que durante los gobiernos de la Concertación el gran empresariado ha ganado mucho dinero.

-El país ha crecido mucho y la Concertación no ha logrado capitalizar el gran crecimiento económico que ha tenido el país. Patricio Navia, en su último libro, en el fondo le atribuye el crecimiento a Pinochet y eso te revela algo sintomático, porque sí tú miras bien, los datos de Pinochet son pésimos: el consumo per cápita del año 88 era más bajo que el del año 72. Esta es una diferencia que tengo con los economistas: aquí no solamente importan las instituciones económicas, sino que las políticas. Lo que atrajo inversión a Chile fue la combinación de políticas económicas con la democracia. Porque antes había las mismas políticas económicas, y la inversión fue bajísima. Entonces el éxito del crecimiento económico chileno es en estricto rigor de la Concertación, pero no lo ha capitalizado. Tú haces una encuesta y preguntas: ¿quién cree usted que está más preparado para manejar el país? Y te dicen la derecha. Entonces hay un problema, una percepción equivocada. El empresariado se ha ido dando cuenta de esto y por lo tanto hay una evolución en los nuevos liderazgos empresariales.

-¿O sea, el tic derechista del empresariado es más bien algo ideológico?

-De hecho, en el país la elite está totalmente ideologizada. Sí miras la historia de Chile desde los ’50 en adelante, en las encuestas que se hacían se veía una población relativamente poco polarizada, pero la elite sí era tremendamente polarizada. La crisis de la democracia chilena es una crisis del poco contacto que había entre la elite y su electorado. Esto no se ha logrado cambiar, es un tema pendiente hacia el futuro y se nota, por ejemplo, en la escasa renovación de los liderazgos. Los líderes de la Concertación son casi todos pre-Pinochet y los de la Alianza son todos líderes pinochetistas, por así decirlo. Hay muy poca renovación.

-Todos vienen de la Guerra Fría.

-Claro, pero si tú ves, Felipe González gobierna en España y luego desaparece del mapa, hoy no es una figura política importante, cumple un ciclo y se renuevan los liderazgos. Chile sigue con los mismos liderazgos y eso demuestra la crisis de representación.

-Hay análisis de largo plazo que dicen que, así como Lagos tuvo que gobernar dando permanente examen al empresariado, un gobierno de Lavín tendría que dar pruebas a los grupos de presión social.

-Es súper complejo esto, depende de la estrategia que siga la izquierda. La Concertación tiene la posibilidad de refugiarse en los gremios y ‘combatir’ a Lavín desde ahí. Pero tengo la sensación de que lo que Lagos va a dejar es un camino de mucho atractivo para la izquierda. La popularidad de Lagos va seguir por las nubes, no creo que haya riesgo de caída; el empleo está aumentando; va a lograr pasar su reforma de salud, el AUGE va a empezar a funcionar, va a tener problemas pero va a cambiar un poco la estructura, que son temas que le preocupan a la gente; el consumo va a aumentar, el salario va a aumentar. Quedan dos muy buenos años y para la izquierda va a ser muy atractivo mantener ese esquema.

-Pero usted no tiene en cuenta que el Estado es la fuente de trabajo de mucha gente. Si gana Lavín se van a ir a la calle, y ahí son potenciales activistas de conflictos. Pienso en funcionarios medios por cierto.

-Tomando el fondo de la pregunta, creo que el gran error de la Concertación durante estos de años de gobierno es no haber mantenido las organizaciones mediatizadoras que durante la dictadura permitieron un diálogo, lo que fue la sociedad civil articulada. La Concertación una vez en el gobierno desarmó todo eso, no lo protegió. Hoy día la Concertación no está en las universidades o lo está muy debilitadamente, no ha construido universidad. Y eso no es porque no haya podido, sino porque no querían.
Esto podría haberse pensado mejor. Para mucha de esa gente su lugar natural para volver habría sido el mundo universitario, algunas oenegés, ahora no sé que va a pasar.

“Desconfían de Lagos”

-¿Qué le parece el veto a Oscar Godoy?


-Horrible. Creo que es un error político de proporciones de la derecha. Esta elección va a ser muy estrecha y la estrategia hay que pensarla en términos de los votantes marginales, no en términos del núcleo duro. Es un error en términos electorales porque detrás de Oscar Godoy hay cien mil votos y si esos votos hubieran estado en la elección pasada, Lavín gana. Lavín opera en la práctica pensando en estos votantes marginales, en todos estos actos con los travestís en el fondo está pensando en eso. Pero en esta instancia se le olvida, hay cierta inconsistencia en la estrategia política.

-¿Existen diferencias entre la llamada derecha liberal y la conservadora?

-Creo que existen y se reflejan fundamentalmente en temas valóricos y políticos. Se percibe a través de la idea de pedirle al Estado injerencia en cuestiones que son del ámbito individual, como la ley de divorcio. Y te diría que hay también una diferencia importante respecto de los dos grupos con Lagos. La derecha conservadora tiene la percepción de que el gobierno de Lagos es muy ineficiente, y la derecha liberal cree que tiene cosas buenas y otras malas. La derecha liberal no desconfía de Lagos, puede tener discrepancias pero entiende que está actuando en beneficio del país.
La derecha conservadora, en cambio, desconfía visceralmente. Lo ven como una amenaza a sus modos de vida y eso explica el crecimiento de grupos religiosos que en el fondo dan legitimidad a estos modos de vida. En ese sentido, todos estos movimientos religiosos me parecen positivos porque descomprimen un poco las tensiones sociales. Dan la sensación de pertenencia, de que el mundo no les va a pasar por encima y así dejan de bloquear ciertas iniciativas que son importantes para el resto de la comunidad.

Mirko Macari

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