Opinión El Mercurio Jueves 26 de noviembre de 2020

Arriba de la pelota

Leonidas Montes |
Foto: William Rojas

Hoy la discusión y el ánimo oscilan al ritmo de la confrontación entre un presidencialismo débil y un Congreso desatado. Y presos de cicatrices históricas que impulsan este vértigo pendular.

Hace unos años The Economist nos definía como el buen alumno del curso, el país aburrido del barrio. Sebastián Edwards solía hablar de “la estrella más brillante del firmamento latinomericano”, advirtiéndonos que había que cuidar y pulir ese brillo. Vivíamos equilibrados arriba de la pelota. El estallido social nos golpeó fuerte. Se lesionó el estado de derecho. Y en seguida nos cayó encima el Covid-19. Quedamos golpeados y magullados. Tan golpeados que, en medio de esta crisis económica y política, ahora vemos estrellitas.

La relación entre la economía y la política es veleidosa. Es un equilibrio frágil y delicado. Y en Chile, esta virtuosa relación está en riesgo. Algunos políticos e intelectuales miran con cierto recelo o desdén a la economía. Incluso critican la influencia de nuestros economistas. Pero si la economía caminaba de la mano de la política, hoy la política ignora a la economía.

Milton Friedman, en su famoso y controvertido "Essays in Positive Economics" (1953), distingue entre la economía positiva y normativa. La primera se relaciona con “lo que es”. La segunda, con “lo que debería ser”. Para Friedman la economía positiva sería una ciencia. La economía normativa, en cambio, se relacionaría con la ética. Quizá durante mucho tiempo vivimos al alero de la economía positiva, guiados por una ciencia económica. Ahora vivimos bajo una economía normativa, gobernados por una especie de fantasía moral.

Estamos en una colosal crisis económica. Sin embargo, la economía se esconde bajo la alfombra de la crisis política. La dura y cruda realidad económica se pierde y distorsiona al calor del debate. Ya no importa cuánto se ha esforzado el país para enfrentar esta crisis. Tampoco lo que han hecho otros países. Ni siquiera los consejos de la OCDE en materia de pensiones encuentran eco. Si hasta las prudentes palabras del presidente del Banco Central – un socialista - se evaporan en los pasillos del Congreso.

La teología y primacía de la política parece ser más fuerte que la realidad económica. Ya vamos por el segundo retiro. Como lo advirtieron varios economistas, se abrió esa puerta donde la inmediatez es más importante que el futuro, donde el gasto aparece como una nueva vacuna contra el ahorro. Así, la sana economía se nos escurre entre los dedos.

En nuestra historia reciente el éxito económico fue acompañado del crédito político. Economía y política jugaron como una dupla goleadora en el período más exitoso y próspero de nuestra historia republicana. Nuestras políticas públicas – hijas de esa saludable relación entre economía y política - inspiraban a otros países. Eran un ejemplo. Sin embargo, pareciera que todo eso ya es historia.

En este ambiente donde la política es reina y la economía peón, la realidad se disfraza con propuestas que hace poco eran difíciles de imaginar. Algunas discusiones parlamentarias son difíciles de creer. Las promesas falsas, junto a las acusaciones y los desvíos constitucionales, están a la orden del día. Es cierto que la economía sin política se queda muda, pero la política sin economía es ciega.

Nuestro país, es un país de contrastes, de extremos. Un país largo y diverso. Angosto y ensimismado. Nos creemos excepcionales. Únicos en muchos aspectos. Peculiares en otros. Nos gusta ser los campeones del barrio. Y si no lo somos, nos inventamos alguna historia. Pero también nos gusta movernos y transitar entre los extremos. Hoy la discusión y el ánimo oscilan al ritmo de la confrontación entre un presidencialismo débil y un Congreso desatado. Y presos de cicatrices históricas que impulsan este vértigo pendular, saltamos con soltura del coronavirus a la euforia, del binominal a la atomización política, del presidencialismo al parlamentarismo de facto, y ahora, de la economía a la política. En definitiva, somos arriesgados acróbatas parados sobre una pelota.

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