Opinión La Segunda, 27 de mayo de 2014

Corazón y razones

Leonidas Montes |

Los historiadores suelen hablar de la “excepcionalidad” chilena. El Presidente Frei Montalva, con su consigna “Revolución en Libertad”, solía destacar este hecho en sus discursos. El primer Presidente marxista, Salvador Allende, también se vanagloriaba de nuestra excepcionalidad. Y hay algo de cierto en todo esto.

En medio de la Guerra Fría, Chile se convirtió en un laboratorio socialista. El mundo seguía con atención este fenómeno social y político. Cuando el sueño socialista se imponía por las armas o las revoluciones, en Chile lo hacía en las urnas. El experimento social parecía promisorio durante el año 1971, Chile era una verdadera fiesta. Como la dura realidad económica no se deja esperar, las consecuencias de la farra comenzaron a hacerse visibles en 1972. En 1973 la economía ya estaba al borde del colapso y en agosto la inflación alcanzó un 1.000%.

La vía chilena al socialismo fue excepcional, pero terminó muy mal. Después de una crisis económica y política en que la polarización fue extrema, vino el golpe militar. El simbólico bombardeo de La Moneda marcó el fin de la UP, pero el régimen militar también fue bastante excepcional. Se impuso la corriente de los Chicago Boys, el péndulo giró completamente. Del control de los medios de producción, con un Estado omnipotente, nos movimos hacia el mercado y un Estado subsidiario. Con una serie de reformas, Chile fue un país pionero. Y aunque a algunos les cueste reconocerlo, el régimen militar también fue bastante excepcional. En 1980 se aprobó una Constitución que prometía elecciones y las hubo. El triunfo del “No” dio paso al regreso a la democracia. Aunque a regañadientes, Pinochet le entregó la banda a un Presidente elegido democráticamente.

El prudente gobierno de Patricio Aylwin también fue excepcional. Inició la transición con un llamado a “crecer con equidad”. Se construyó sobre las grandes reformas y además sacó adelante, no sin problemas y pataleos, el contundente Informe Rettig, de 1991. Ricardo Lagos también fue excepcional, un republicano que supo profundizar y corregir una economía social de mercado. Se opuso, por principios, a la invasión de Irak, arriesgando y sacando adelante el tratado de libre comercio con Estados Unidos. Chile cierra el ciclo político de la Concertación con Bachelet, una mujer al timón del país. Algo también excepcional. Después llegó el turno de la centroderecha con Sebastián Piñera. Chile, en su excepcionalidad, eligió a un billonario. El país volvió a crecer a tasas cercanas al 6% y Piñera lanzó el polémico y necesario concepto de los cómplices pasivos. A ojos de cualquier espectador imparcial, Chile es realmente excepcional.

Ahora comienza un nuevo ciclo cargado de excepcionalidad, pero también de emocionalidad. Se habla del FUT como el corazón de la reforma tributaria y el ministro Arenas se aferra a él a pesar de que ha recibido cuestionamientos muy contundentes. Promete oír, pero no escucha. Por otro lado, el corazón de la reforma educacional es el fin del lucro, del copago y de la selección. Y mientras el corazón late al ritmo del coro de estudiantes, la reforma no se toca.

Siempre es sano escuchar al corazón. Bachelet lo sabe. Pero en políticas públicas también hay que escuchar las buenas razones. Los sentimientos, vaya novedad, pueden nublar lo razonable. Pascal decía que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Este es el riesgo que corre el gobierno de Bachelet.

Al parecer, hay dos tipos de excepcionalidad. La primera se guía por el corazón que no tiene razones. La segunda se mueve por buenas razones. “The Economist” tituló nuestra situación con un irónico “The lady´s for turning”. Sólo cabe esperar que el giro de Bachelet sea racionalmente excepcional y no sólo emocionalmente excepcional. Porque, al final, hay una delgada línea que separa la convicción, que obedece a buenas razones, del dogmatismo, que suele atender al

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