Opinión La Segunda, 10 de diciembre de 2013

Depende de ella

Leonidas Montes |

Se acerca el gran día y, con ello, un nuevo gobierno. Esta semana, hay que reconocerlo, ha sido políticamente tranquila. Quizá demasiado. Pareciera que el calor hubiera reemplazado el fervor electoral. Es como si ya todo estuviera dicho. O escrito. La derecha, humillada y derrotada por la maligna fortuna, debe hacer su catarsis. En cambio, la Concertación ha sido tocada por la buena fortuna. Esa diosa Fortuna de los clásicos que representa la suerte, la abundancia y la fertilidad, ha bendecido a la coalición opositora. ¿Se imagina usted a la Concertación sin ella? Sólo recuerde los problemas que tenía la oposición. Parecía destruida, sin norte. No había orden y cundía la desesperación. Algunos próceres de la vieja guardia auguraban que nunca volverían al poder. Pero ella volvió. A un nuevo Chile donde campean la desconfianza y el hastío hacia los políticos y la política. Bachelet ha bajado desde los cielos de Nueva York para enmendar el rumbo. Su imagen y figura inspiran esa confianza que se ha visto vulnerada, abusada. Si hasta su nombre ahora lo pronunciamos con un acento reverencialmente afrancesado.

La Concertación, rescatada y anestesiada por “Mishelle Bashelet”, se convirtió en la Nueva Mayoría. La única diferencia es que se agrega el Partido Comunista. Es cierto que el PC chileno es algo anacrónico. Algunos camaradas deben ruborizarse al recordar la carta que firmaron y enviaron a Kim Jong-un, el joven líder de la dinastía comunista que sucedió a su padre Kim Jong-il que también sucedió a su abuelo Kim Il-sung. El joven dictador recién destituyó a su tío y mandó a fusilar a sus colaboradores. Pero el caso de la dinastía castrista no es tan diferente. Ese dictador, que algunos jóvenes idealistas todavía consideran como un “faro de esperanza”, sigue tras las bambalinas del poder. Convertido en una leyenda, Fidel Castro todavía hace de las suyas. En la Cuba revolucionaria suceden cosas raras. Ocurren accidentes extraños. Y la policía secreta hace lo que quiere. Pero en esa isla, donde el régimen castrista envejece y agoniza, hay buenos médicos. Nadie podría negar que, en ese paraíso de la igualdad, la atención médica que recibe el anciano líder es excepcional. Pero estos detalles no nos interesan enChile. Tampoco nos importan las excentricidades de la señora K. O las locuras de Maduro. Somos como otra isla.

Lo positivo es que el PC, al entrar a la arena política, se institucionaliza. Y finalmente evolucionará como lo han hecho los comunistas en Europa. Que el PC local se adapte a la realidad democrática es una buena noticia. Pero que entiendan el valor de la verdadera democracia, es otra historia. Ya no tienen a Rusia, ni a la RDA. En lo concreto, sólo les queda Fidel y, a lo lejos, esa figura vergonzosa y caricaturesca de Kim Jong-un. Pero la realidad del Congreso y del país se debería imponer por sobre esos discursos que mantienen encendido el dogma y la fe comunista.Como esa verdadera religión que es, seguirán pregonando sus ideas con esa convicción que sólo les entrega la fe, esa fe que impone un orden férreo entre sus militantes. Porque al final, lo único que no pierde un ateo ideológicamente convencido es su fe.

La buena fortuna de la Nueva Mayoría es ella, Michelle Bachelet. Ella decide. Ella envía las señales. La lealtad y el silencio son la clave. En su comando rondan el misterio y el hermetismo. Su círculo cercano se cuida. Nadie quiere quemarse o que lo quemen. En definitiva, como todo es ella, dependemos de una persona. Y eso, a cualquier liberal, le genera cierto desasosiego y desconfianza. Esta es la verdadera incertidumbre. No sabemos si se corrió mucho a la izquierda o si sigue siendo moderada. Si elegirá a fulano o fulana para tal ministerio. Todo depende de ella, de su intuición, de su instinto. A ella le tincaba que el Transantiago no iba a funcionar. Algo le decía que no lo hiciera, nos confesó. Y esa vez, tenía razón. Pero puede que no siempre la tenga.

Es cierto que ha moderado su discurso. No hará tonteras, nos dice. Ya se tragó el Transantiago, insiste. Ojalá que ahora no se equivoque. Pero para que así sea, lo más importante es votar. Y así no depender tanto de una sola persona.

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